Héctor Antón

En el 2008, LeBron James se convirtió
en el primer hombre de raza negra que Vogue
sacaba en portada y tercer varón en el trayecto de la revista, tras Richard
Gere y George Clooney. El galáctico alero de los Cleveland Cavaliers aparecía
junto a la supermodelobrasileña Gisele
Bündchen. Aunque el montaje desató polémicas, ya que medios especializados y
redes sociales lo compararon a la escena de King
Kong
sujetando piadosamente a su frágil criatura. Causa y efecto mediático eran
obra y gracia de la fotógrafa de origen judío Annie Leibovitz (Waterbury,
Connecticut, 1949).

Algo que obviaron los cronistas es
que esa mezcla de virilidad y belleza podría ser un retrato simbólico de la
pensadora y activista Susan Sontag (1933-2004), a quien también se le recuerda
por ser la mujer que mejor lució un mechón de pelo blanco en contraste con su
pelo negro y, por sus relaciones sentimentales con hembras de swing heavy, entre las que se incluye Annie
Leibovitz, con quien anduvo unos dieciséis años de su vida.

Annie Leibovitz documenta
plásticamente esa fusión de radicalismo y sensualidad que distinguió a la
postura intelectual de Sontag, feminista que evitó centrarse en militancias de
género. Annie es un remake light del
primer Richard Avedon, incapaz de sobrepasar el listón fantasioso de clásicos
como Irving Penn o Helmut Newton. Ella plasma un mosaico de situaciones donde
no hay por qué ir a los extremos. La ausencia de canon ideológico rige la “actitud
como accidente” de Leibovitz, sin arriesgarse a negar el diálogo visual entre
lo privado y lo público, negociación y espontaneidad, farándula y hegemonía.                           

Una mañana de diciembre de 1980,
Annie se presentó en el piso de Jhon Lennon en Manhattan para fotografiarlo e
ilustrar una portada de Rolling Stone.
Horas después de concluir la sesión, el músico que le cantaba al amor fue baleado
por un psicópata afanoso de pasar a la historia. Luego de una controversia
editorial, se publicó la tapa (sin titulares) con la imagen de Lennon desnudo,
acurrucado junto a su esposa vestida. Todavía Yoko Ono era “la artista desconocida más
famosa del mundo”. A los cuarenta años, John casi terminaba de
preguntarse: “¿Y ahora qué me va a pasar?”.   

“La vida es siempre la muerte de
alguien” –dijo un paranoico iluminado nacido para los manicomios errantes como
Antonin Artaud.    

La biografía de un personaje
convertido en personalidad tiene aura de novela por entregas. Cursos en el Art Institute de San Francisco;
inclinación por la fotografía en el cuarto oscuro de una base militar en
Filipinas, destino de su padre como Teniente Coronel de las Fuerzas Armadas
durante la Guerra de Vietnam; temporadas en un kibutz israelí participando en
una excavación realizada en el tempo del rey Salomón; el colofón sería recibir
el Premio Príncipe de Asturias (2013) de Comunicación y Humanidades, galardón
obtenido en 2003 por su mentora “Osama Bin Sontag”, ícono de la contracultura.                

Demi Moore desnuda mostrando siete
meses de embarazo en Vainity Fair.
Mijaíl Gorbachov sentado en un automóvil con los restos del Muro de Berlín al
fondo para una campaña de Louis Vuitton. Fotomontaje de Leonardo DiCaprio y el
oso polar Knut (Berlín, 2006-2011) en un glaciar de Islandia. George W. Buch y
su Gabinete posando en la Oficina Oval de la Casa Blanca tras los atentados de
las Torres Gemelas. Suri, hija de los actores Tom Cruise y Katie Holmes,
revelando su existencia mediante la cámara de Annie.

Ni a favor ni en contra de nada está quien
condujo el retrato a su máxima expresión comercial. Su epitafio podría ser: “Aquí reposa, en paz con su
conciencia fashion, una eterna amante
del show”. A pesar (o debido) a los
encargos millonarios, sagas y deudas, Leibovitz llegó a ser el segundo fotógrafo
vivo (y primera mujer) en exhibir una muestra retrospectiva en la Galería
Nacional de Retratos de Washington D.C (1991).

En el apogeo contestatario de los
sesenta, Susan Sontag fue arrestada por manifestarse contra la Guerra de Vietnam.
Gracias a ella, Annie visitó Ruanda y Sarajevo para luego dejar de reírse tanto
del mundo. Alguien sin pruebas testimoniales aventuró que, para Sontag, las
mujeres valientes eran mujeres sin patria. Quizás tenga razón.

“Si no te comprometes con
nada, te comprometes con todo el mundo” (Europa
51
. Roberto Rossellini).

Durante el mes destinado a la 12
Bienal, Annie llegó a La Habana en avión privado para cumplir otra misión de Vanity Fair. El objetivo era un
fotorreportaje a la cantante de sangre caribeña y cabello restaurado Rihanna.
Frente al mercado agropecuario Vietnam
heroico
del Cerro, desnuda en una cama o en La Guarida, paladar de agenda turística-cinematográfica. Ahí estaba
el ojo de Leibovitz inmortalizando a la estrella pop,contaminándose del
intercambio cultural Cuba-Estados Unidos fuera de peligro comercial. De paso, cenó
en el restaurante particular La Fontana
de Miramar donde probó comida criolla, bebió daiquirí y bailó al son de La Guantanamera que cautivó a Beyoncé.

¿Sería posible colocar a Sontag al
lado de Annie, aunque ésta fuera la antípoda de ese catálogo de mutilados,
dementes y prostitutas que Susan distinguía en Diane Arbus? Por supuesto que
sí. Cualquier analogía es posible en la “sociedad del espectáculo”, regida por la “emoción publicitaria” que absorbe al triunfador
dócil y agobia a perdedores intransigentes. Y quién sino la apasionada Susan
Sontag estimuló la “irreprimible excentricidad” que nutre el lente
travieso y nada rabioso de Annie Leibovitz, “porque la humanidad puede
está contenida en el idiota de la aldea o en el gran Picasso”.                  

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