Elvia Rosa Castro

Al Guille, otro isleño que me prestó

su cama en Londres y regaló

 libros claves.

El sueño es un calidoscopio de pesadillas. La angustia enfática, la causa de los desvelos de Virgilio Piñera, es la omnipresencia absoluta y por tanto ordinaria del agua. De existir un “poema nacional”, siguiendo el ritmo absurdo de las nominaciones, ese debía ser, por fuerza, La isla en peso. La tristeza de Casal, precisamente por ser moderna, únicamente es superada por el fastidio rotundo, cáustico e irrevocable de Virgilio, el nuestro: “La maldita circunstancia del agua por todas partes/me obliga a sentarme en la mesa del café./Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer/hubiera podido dormir a pierna suelta”.

El poeta no pudo someter su vigilia-Virgilio y optó por el insomnio voluntario: la cafeína, la alteración, la hiperactividad.  El tedio y la enfermedad del agua hecha centro y la claustrofobia generada por ella solo es ¿aplastada? por el alboroto amotinado de los márgenes. Para vencerla, busquemos todos los ardides menos la solemnidad tradicional. Jodedera, y luego, más jodedera delirante. Trance. Soma y más soma. He ahí el ritual que se impone. El único posible. ¡Pero si ya lo dijo quien lo dijo!, escribiera Antonio Benítez Rojo. No gastemos municiones neuronales en lo que es obvio. Tales de Mileto, allá entre el 624-546, había identificado al agua como el principio de todas las cosas. Mas no nos llamemos a engaño, estamos frente a un principio que trasciende tanto a la sustancia física como a la especulativa, lejos de la representación que del agua tenemos. “El agua de Tales es una unidad inmediata de lo sensible y lo no-sensible. Y es esa indistinción originaria lo que caracteriza, justamente, el pensamiento del Arché” (1). No es lo que vemos, por supuesto.

Pequeñísima y puede que hasta pedante objeción a Benítez Rojo, autor de esa delicia ensayística titulada La isla que se repite (2). Texto al que debemos volver una y otra vez  gracias a esa mezcla de lucidez, rigor investigativo y sabrosura retórica. Si me permiten una opinión: de existir un “ensayo regional”, siguiendo el ritmo absurdo de las nominaciones, ese debía ser, lógicamente, el libro de Benítez Rojo.

Sin embargo, poema y ensayo, aunque despiden el mismo aroma, están escritos en tonos diferentes, en diferentes ciertas maneras. Ambos se inmiscuyen en los rizomas (pasajes) del gran relato, en eso que la UNESCO ha definido como “patrimonio intangible”, en las profundidades del imaginario y la imaginería. Pero, mientras que La isla en peso está escrito desde un amor y repulsión visceral, La isla que se repite nos llega desde un amor y epifanía vanidosa. La tesis de Benítez Rojo no trasuda reproche alguno al tema del agua, todo lo contrario:

“la cultura del Caribe, al menos el aspecto de ella que más la diferencia, no es terrestre sino acuática; una cultura sinuosa donde el tiempo se despliega irregularmente y se resiste a ser capturado por el ciclo del reloj o el del calendario. El Caribe es el reino natural e impredecible de las corrientes marinas, de las ondas, de los pliegues y repliegues, de la fluidez y las sinuosidades. Es, a fin de cuentas, una cultura de meta-archipiélago: un caos que retorna, un detour sin propósito, un continuo fluir de paradojas; es una máquina feed-back de procesos asimétricos, como es el mar, el viento y las nubes (…)”

Un caos que no es el kantiano precisamente sino uno “dentro del cual hay una isla que se repite incesantemente –cada copia distinta-, fundiendo y refundiendo materiales etnológicos como lo hace una nube con el vapor del agua”.

Todo ello no significa que poema  o ensayo sea más o menos válido que el otro. Ambos poseen el donaire del cautivador esencial y autosuficiente. Aceptemos que son dos caras de una misma moneda o, mejor dicho, dos sensibilidades generadas por el mismo contexto, siempre alterados (uno por la cafeína y el otro por la distancia). En aquella, en la de Virgilio, se da un vivir esclavo, donde “nadie puede salir”; esta, la de Benítez Rojo, no es ese vivir neto sino su evocación, estado parsimonioso que brota en tierra firme y continental. No es el agua de las abluciones Benítez Rojo, claro que no, le espetaría Virgilio. Es el agua salada y cuando tenemos la vida salá significa que la tenemos maltrecha, perdida (3). Agua generadora de martirio y aleluya. Soledades y conexiones que van definiendo una balsa perpetua (4).

Porque el agua presupone un ente que flote y viceversa. Digo “ente” con toda responsabilidad epistemológica. En los contextos caótico-caribeños, las islas, y con ellas los botes (5), adquieren connotaciones ontológicas. Son atributos sustanciales del agua que los pare. Notas redundantes que, dicho con rigor, poseen la misma estructura.

El bote puede tomarse como una tabla de salvación -¡miren el Arca de Noé!- pero no deja de ser una garantía de subsistencia impulsada por la histeria y el desespero. El primer indicio de pirueta global fue eso: un arca salvadora y ojo, selectiva y excluyente. Al ser hogares provisionales, los botes carecen de nacionalidad, exigen de su renuncia toda vez que te aventures a dejar llevar  -no se sabe a dónde- por ellos. Porque un bote, como una isla, es la pura indefinición, es un emporio existencial lleno de inseguridades, carentes de perspectivas,  de propósitos y proyectos, desde donde el horizonte, aún estando por todas partes, parece aún más lejos que nunca pues se pierde la referencia. El bote es una isla en su fuga redundante. Es su réplica. Uno y otra se asfixian en el agua. Son un reservorio de memoria camino a la desmemoria, a la deriva. Al nullpunkt. El agua, la isla, el bote, son el grado cero de la conciencia. Llenos de alteres (otros), tiemblan, sucumben ante su propia con-fusión. Y un chubasco mínimo los hunde, cuando las nubes estallan de vapor.

*Escrito un viernes 20 de julio de 2012, entre hospitales, calores y epidemias (o lo que es lo mismo, en una isla y en mi casa, pensando a contracorriente)

PS. Recomiendo ver el vídeo de Manuel Piña, Naufragios

Notas:

(1) Alexis Jardines. Los afanes del yo. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 2005. p. 13. El Arché es el principio. Según Heráclito, este ni se esconde ni se revela.

(2) Tengo una versión en pdf. De ahí que os pueda proveer de más datos referenciales.

(3) “Me aguaste la fiesta” suele decirse para referirnos a que nos echaron a perder el jolgorio.

(4) Paráfrasis del título del excelente libro de Iván de la Nuez. La balsa perpetua. Soledades y conexiones de la cultura cubana (1998).

(5) Sé que no es lo mismo un bote que una balsa. Esta flota más a pesar de ser más precaria. Espero me justifiquen el cambio.

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