Lo contradictorio, por no decir dramático, de ese “lavado” de imagen es que se realiza en entornos saturados de ruinas de esos mismos tiempos, y otros más lejanos, en medio de una situación delicada por la falta de viviendas y servicios públicos adecuados y por una higiene ambiental deteriorada cada vez más. Y a modo de complementación se difunden también, mediante el uso de lonas vinílicas diseminadas por calles y plazas, anuncios de hoteles y centros comerciales que pretenden adelantarnos, sugerirnos, un nuevo “estilo” arquitectónico (si es que alguien se atreve a llamarle así) basado en lo más burdo, anodino, trivial, intrascendente y estandarizado que existe en cualquier ciudad del mundo y, lo que es inadmisible, sin la participación de arquitectos y diseñadores cubanos. 

Pero en río tan revuelto y complejo como el que hoy nos baña, asoma su cabeza un nuevo personaje en intento desesperado por dotar a La Habana de un rostro moderno y contemporáneo, quizás tratando de borrar lo anterior y pretender sumirnos en el olvido y la desmemoria: el hotel para turismo extranjero.  El impulso reciente dado a la industria turística en el país, en tanto soporte básico para la economía nacional, procura transformar aquella imagen empoderada durante los primeros años 50 del siglo XX que aún sella el perfil de esta ciudad en barrios emblemáticos y que tiene en los hoteles un elemento cualificado innegable: repasemos los Capri, Riviera, Habana Libre, Comodoro, Chateau Miramar, en El Vedado y Playa, aunque la “palma de oro” la obtiene el Hotel Nacional en muchas encuestas, seguido de cerca por los Sevilla, Inglaterra, Saratoga y Telégrafo en Centro Habana. En carrera exasperada el Ministerio de Turismo ambiciona rejuvenecer aquella histórica y asentada imagen capitalina a partir de la construcción de nuevos enclaves hoteleros o remodelaciones de viejas edificaciones para igual uso. En esa carrera le acompañan acciones institucionales de la Ciudad de La Habana para la restauración y exaltación del llamado período republicano: Centro Gallego, casas señoriales y presidenciales en el Paseo del Prado, hospitales, centros de recreación, cuyo paradigma parece ser, Oh, magno, el Capitolio Nacional. Conscientes o no de ello, se nos pretende devolver, enriquecida y ampliada, la imagen arquitectónica de poder y fastuosidad cultivada durante la primera mitad del siglo XX que fue durante décadas demonizada o relegada de nuestra memoria por constituir símbolo del ancien regime, de los peores tiempos de nuestra vida nacional, de un pasado a olvidar pese a su irreductible y tangible presencia.

Lo contradictorio, por no decir dramático, de ese “lavado” de imagen es que se realiza en entornos saturados de ruinas de esos mismos tiempos, y otros más lejanos, en medio de una situación delicada por la falta de viviendas y servicios públicos adecuados y por una higiene ambiental deteriorada cada vez más. Y a modo de complementación se difunden también, mediante el uso de lonas vinílicas diseminadas por calles y plazas, anuncios de hoteles y centros comerciales que pretenden adelantarnos, sugerirnos, un nuevo “estilo” arquitectónico (si es que alguien se atreve a llamarle así) basado en lo más burdo, anodino, trivial, intrascendente y estandarizado que existe en cualquier ciudad del mundo y, lo que es inadmisible, sin la participación de arquitectos y diseñadores cubanos.  Se trata de una arquitectura importada e impostada, ignorante de nuestra rica historia en este campo y de lo que sucedió en décadas precedentes del pasado siglo, en especial durante los años 50, cuando un grupo notable de creadores encararon la búsqueda de lo nacional y espiritual sin altisonantes proclamaciones de “cubanía” o estancada identidad que hoy dicen nada salvo satisfacer cierta retórica políticamente correcta.

La Habana del futuro, nos dicen tales imágenes, se encamina a los perfiles de Miami, Panamá, Cancún, Santa Fe en Ciudad de México, Santo Domingo y a toda una red de ciudades orquestadas para el consumo y placeres inmediatos mediante plenitud de luces, brillos, metales, vidrios y materiales costosos. A la ciudad “sin estilo”, analizada por Alejo Carpentier en ese magnífico ensayo manipulado hasta el cansancio se suma hoy, desde otro ángulo, desde otras perspectivas, otra ciudad, esta vez mucho más empobrecida en lo cultural y estético. ¿Terminarán tales edificaciones dando el tiro de gracia a ese patrimonio, a ese orgullo local arquitectónico nuestro de los siglos XVIII, XIX y primera mitad del siglo XX, que con tanto esfuerzo se ha estado labrando? ¿Cuál será finalmente la imagen que prevalecerá? ¿O serán muchas y de diverso tipo y no hay que preocuparse? ¿Por cuál habremos de recordar a La Habana? ¿Cuál legado arquitectónico y urbanístico entregaremos a las futuras generaciones de habaneros y cubanos? Una fuerte competencia se avecina entre el poder del dinero y el poder de la cultura.  Y a la arquitectura, que es cultura en primer lugar, le corresponde un rol fundamental para decidir de qué lado estamos. O nos condenan con ella… o nos salvamos todos, parafraseando a José Martí.

La permisibilidad o desidia asumida por organismos e instituciones dedicadas al control de la gestión y gobernabilidad urbana (Grupo de Desarrollo Integral, Dirección Provincial de Arquitectura y Urbanismo, rama provincial del Instituto de Planificación Física, órganos de la Administración Provincial de La Habana), ha generado una paulatina deformación en casi todos los barrios habaneros, de la que solo ha escapado el área del Centro Histórico controlada por la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Rejas de escasa factura en fachadas o jardines, construcciones arbitrarias en el espacio público, modificaciones a la carpintería original externa, fabricación indiscriminada de aleros, ventanas y techos hacia la calle, implantación de garajes y parqueos de autos y ciclos, siembra de árboles frutales… y otras tantas, son algunas de las violaciones más comunes cometidas por los ciudadanos, practicadas a espaldas o de frente a normas históricamente establecidas por leyes y regulaciones escritas desde el siglo XIX y por otras nuevas surgidas de las últimas décadas. Parecen no tener freno por más asambleas, dictámenes y lineamientos discutidos en instancias de las administraciones municipales y de la nación. A ello se suman el ruido incesante de personas aisladas y familias, salideros periódicos de aguas limpias y albañales, juegos de mesa y deportes en aceras, talleres de pintura de carros en plena calle, escándalo de grupos musicales, bailarines, magos, rarezas circenses (débiles remedos de ciudad medieval para satisfacer anhelos turísticos, sobre todo en La Habana Vieja), pobreza artesanal y manufacturera. El panorama, pues, no puede ser más inquietante. ¿Quién va a controlar todo este engendro multicolor, o administrarlo al menos con inteligencia y razón? ¿Cuál autoridad toma las decisiones finales para solucionar tales problemas? ¿En manos de quién o de quiénes está la ciudad de La Habana?

Por otra parte, ¿por qué cierran con rejas los extraordinarios portales del Gran Teatro Alicia Alonso y otros como los del hotel Plaza con macetas de hormigón y plantas para evitar el paso peatonal? ¿Quién o quiénes indicaron en su momento el cierre parcial de casi todos los pasajes exteriores del hotel Habana Libre y aquel enrejamiento brutal del Parque Maceo? ¿Por qué tanto rechazo al libre uso de ciertos espacios públicos? ¿Por qué se cierra el perímetro del parque ecológico Monte Barreto (modesto pulmón verde urbano) con dados grandes de hormigón y troncos de árboles, inaugurado pocos años atrás para disfrute libre de numerosas familias que festejaban fechas familiares allí o deambulaban para leer o escuchar su música preferida, o simplemente estar…haciendo ahora de él ahora otro burdo sitio más de comidas y bebidas con ranchones rurales de madera y guano para continuar propagando, de manera solapada, la ruralización de esta gran y “cosmopolita” ciudad? ¿Es que la gastronomía debe ser el destino de nuevos y numerosos espacios abiertos? ¿Por qué se insiste en hacer del tramo de San Rafael entre Galiano y Prado un boulevard comercial cuando allí existió la mejor y más eficiente red de tiendas de este país, al parecer en un intento lamentable por imitarla? ¿Hasta cuándo se seguirán instalando en Galiano, la otrora más famosa y gigantesca calle comercial de Cuba, tenderetes de vinil para vender comida y bebidas en alusión a kioscos que celebran ferias comerciales como si no existiesen suficientes espacios y locales inoperables en esa misma calle? Si se teme al vacío, al vandalismo, a la falta de cuidado, al irrespeto, edúquese a la ciudadanía, fortalézcase su educación y cultura, impónganse contravenciones y multas pero no botemos, como siempre, el sofá. Modifíquense las condiciones de vida de los ciudadanos: es decir, mejórese su vida material y espiritual, elévese su calidad de vida para evitar que tantas acciones inconcebibles e inaceptables florezcan. Hay que ir a las fuentes, a las causas, y no atacar las consecuencias: esto solo favorece la multiplicación de los problemas… aunque suene a verdad de Perogrullo.

La prohibición de parquear autos en importantes calles de una ciudad con poquísimos de ellos circulando, complica más las cosas. Ya no se trata solo de las llamadas vías rápidas o expeditas (¿?) sino de otras como Línea, 23, la avenida del malecón, cuya historia en imágenes nos las muestran con plenitud de áreas de parqueo sin que ello ocasionara dramas, accidentes, tragedias, en tiempos en que La Habana poseía el doble o triple de los autos y rutas de ómnibus (en los años 80 llegaron a circular en La Habana 3 mil ómnibus urbanos por sus calles amplias o estrechas como San Rafael, Neptuno, Galiano, Belascoaín, Infanta, 23, Línea, Monte, Santa Catalina, sin que nadie se quejara del exceso de transporte público) ¿Se pretende reforzar más aún esa imagen de ciudad inhóspita, detenida, fantasmal, que La Habana posee, sobre todo en la noche cuando, además, fallecen de oscuridad tantas calles ante la falta de un alumbrado público adecuado?

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