Este elemento es crucial en su obra y la atraviesa de arriba abajo, de lado a lado y de esquina a esquina. Y es el escenario donde ella confía sus verdaderas obsesiones: las relaciones de poder y la constante simulación que este impone. La presencia de pasajes homoeróticos en sus pinturas, el sadomasoquismo de algunas escenas y las transacciones truculentas son elementos vestigiales en toda su producción. Pretextos de escalas micro para comentar un trazado mayor: la misoginia totalitaria y el control absoluto del poder. La conducta, por irracional o libertina que parezca,  es metódicamente dosificada, milimétricamente administrada. Pero, es menester que lo diga, aunque lo homoerótico es una de las plataformas discursivas para tratar temas que lo trascienden, y aunque su obra no se agota en ese tópico, preciso destacar que no hay artista en la escena del arte cubano, ni antes ni ahora, que lo haya tocado, tangencialmente siquiera, con la descarnada honestidad, sistematicidad y valentía que lo ha hecho Rocío.

Raras cuotas de placer y dolor

Elvia Rosa Castro

Rocío no tenía ni la más remota idea de lo que encontraría en su regreso a La Habana de mediados de los 80. Sin Internet ni correo electrónico, recibiendo cartas de manera entrecortada (y seguramente revisadas), viviendo en el corazón de la cortina de acero y concentrada en sortear las exigencias de la Academia Répin de San Petersburgo con el éxito y la dignidad requeridas, era muy difícil imaginar a sus compañeros de aula, aquellos que estudiaban con ella en San Alejandro, hechos ya unas celebridades insulares.

El escenario artístico habanero parecía ser una oda a las instalaciones de perfil posconceptual y neodadá por un lado, y a la crítica social enfática por otro. Con esta vocación, el activismo performático se adueñaba de las calles. Rocío, que debía lidiar con sus propios demonios, con un mundo interior plagado de fuertes rupturas personales y culturales; ella, que a pesar de disfrutar con la movida de sus colegas y sus discursos visuales no se veía produciéndolos, se convirtió en una outsider a priori.

Lo suyo era la pintura, de eso estaba convencida. Y claro, no estar a la moda siempre es un riesgo, te pasa la cuenta. (Hubo un tiempo en que ser pintor-pintor constituía un acto de valentía gremial. Arriesgo una posible relación aquí: la mentalmente intensa y encriptada pintura de Rocío en esos años, signada por el neoexpresionismo de ascendente freudiano, resulta empática en varios puntos con las de Tomás Esson, neoexpresionista igual, pero esta es una observación de segunda fila: La bestia merodeando y en primer plano, siempre agresiva, es la figura que ambos encontraron para enfilar sus respectivas críticas sobre una realidad mal modelada, o sobre el poder monolítico del Leviatán, monstruo regulador bien descrito por Thomas Hobbes, quien resumió su naturaleza en esta frase: “el hombre es un lobo para el hombre”).

Pero Rocío García también se sintió desplazada del sistema de enseñanza artística superior: ser egresada de una academia soviética generaba una doble suspicacia. Por un lado, en el Instituto Superior de Arte existía un prejuicio hacia la ideológicamente congelada enseñanza de los profesores soviéticos en Cuba, centrada en el realismo académico; por otro, el gobierno cubano se las agenció para que aquellos graduados en el aroma de la perestroika y la glasnot no tuvieran responsabilidades pedagógicas en las aulas cubanas, pues serían una letal influencia ideológica en el alumnado. De modo que Rocío fue a dar a San Alejandro, institución que había perdido liderazgo y valor simbólico en esos años.

En medio de este pulseo entre contexto y dudas propias, de tanteos y estudios, así como de redefiniciones dentro de su pintura, Rocío García expone aquí, allá, en espacios orbitales debo decir, pero ya en 1997, con su exposición Geishas o Estampas de la vida que fluye, en la Galería 23 y 12, es que podemos ver el calibre de lo que vendrá. Dejando atrás sus trances neoexpresionistas, ella presenta las nuevas credenciales de su pintura: líneas y decorativismo, que pide en préstamo a Matisse, otorgan sensualidad y elegancia a los personajes y ambientes. Descarados y declarados homenajes a obras ancladas en la tradición pictórica dan fe de su fascinación por los grandes maestros. La sofisticación y la tendencia a la monocromía son otros ingredientes sustanciales que llegan para quedarse.

Geisha fumadora de opio

Notemos: cuando todos sus compañeros de San Alejandro estaban de vuelta y en el medio de una generación que aparentemente no le pertenece (los 90), Rocío se corona. Ella, tímida y romántica, descentrada y desplazada, cae con todo el peso de su aura a partir de1 997, sin altibajos. Pocas veces una producción es tan compacta y logra superarse tanto.

Lenta pero rotunda Rocío es, no lo duden, una artista de culto. Conocida por ser una buscadora empedernida de la belleza y la perfección encuentra en el cuerpo su coartada ideal. Dueña de un dominio técnico impecable, ella no sólo es deudora confesa del autor de La danza sino también de Bacon y del arte japonés, donde aprehendió el tratamiento mininal y sintético de los planos de colores. Esto, que puede parecer una simple apreciación formal es clave en su obra que, llena de historias y detalles, teatral debo decir, no es recargada, pero sobre todo porque esta delimitación y los conos de luz han permitido la confluencia de tiempos y espacios diferentes en una sola pieza, generando esa permanente sensación de secuencialidad que otorgan sus pinturas, influenciadas medularmente por todo la lógica y el imaginario del cine y del comic. Así ella crea historias en que la trama se desplaza de un lienzo a otro, o incluso dentro del propio lienzo, con una sutileza y desenfado inéditos.

Este elemento es crucial en su obra y la atraviesa de arriba abajo, de lado a lado y de esquina a esquina. Y es el escenario donde ella confía sus verdaderas obsesiones: las relaciones de poder y la constante simulación que este impone. La presencia de pasajes homoeróticos en sus pinturas, el sadomasoquismo de algunas escenas y las transacciones truculentas son elementos vestigiales en toda su producción. Pretextos de escalas micro para comentar un trazado mayor: la misoginia totalitaria y el control absoluto del poder. La conducta, por irracional o libertina que parezca,  es metódicamente dosificada, milimétricamente administrada. Pero, es menester que lo diga, aunque lo homoerótico es una de las plataformas discursivas para tratar temas que lo trascienden, y aunque su obra no se agota en ese tópico, preciso destacar que no hay artista en la escena del arte cubano, ni antes ni ahora, que lo haya tocado, tangencialmente siquiera, con la descarnada honestidad, sistematicidad y valentía que lo ha hecho Rocío.

Plagadas de forcejeos entre opuestos, sus series, muy urbanas todas, están afincadas en una realidad puntual (incluso en hechos verificables) y son compendios fenoménicos que rehúyen el color local, insertándose en una línea de reflexión que lo trasciende, más allá del bien y del mal y de contextos específicos.

Como en el antiguo cinismo, sus pinturas, observen, poseen el don del performance y como aquel, también, son exhibicionistas en doble sentido. Un pantone de personajes arquetípicos se muestra, circula (dígase modelos  de pasarela), y en su impudicia e indiferencia delatan un mundo lleno de trueques y garitos morales; de vejaciones y domesticaciones. Una jungla sórdida, llena de conductas insalubres y despóticas (El Maâcoro de Sade y el Macondo de García Márquez).

La noche

Toda su obra, de la A la Z, constituye un ensayo sobre la tiranía de la norma, el binarismo facistoide y el totalitarismo falocéntrico que ha regido en Occidente. Por eso no son ni Matisse ni Bacon quienes únicamente conversan con ella. Están ahí, por ejemplo, muchos códigos del Western así como la violencia y el humor de Tarantino, pero si algún creador puede hacer la pala a Rocío ese es el Pasolini de la controvertida Saló o los 120 días de Sodoma.

“Me importa el sentido real del sexo en mi película que es una metáfora de la relación entre poder y sumisión. (…) representar lo que el poder hace del cuerpo humano; el desprecio al cuerpo humano (…), la anulación de la personalidad del otro”. La aclaración del italiano es como arrebatada de la boca a la creadora de Hombres, machos, marineros y El domador y otras historias, series metidas hasta el tuétano en el chip visual de quienes conocen su obra.

Tal vez la herramienta más eficaz para amortiguar la vejación de esos rituales o  sobrevivir al grillete moral impuesto por modelos escleróticos sea la máscara, el disfraz o el mercadeo con el simulacro. “El arte de fingir se ha convertido en nuestra segunda naturaleza” sentenció, Enmanuel Kant. Qué hace al ser humano  “presentar la intención verdadera bajo una faz ilusoria”, es una cuestión que desvela a todos: a Eurípides, Aristófanes, Voltaire y a Nietzche; a Ichikawa, Elvia, Mishima y a Sarduy. Está en las sagradas escrituras y en toda la producción pictórica, cerebral, de Rocío García.  Poder y simulación son sus grandes obsesiones.

La nieve

El pensador alemán Peter Sloterdijk nos regala esta joya a modo de statement: “Allí donde los encubrimientos son constitutivos de una cultura; allí donde la vida en sociedad está sometida a una coacción de mentira, en la expresión real de la verdad aparece un momento agresivo, un desnudamiento que no es bienvenido. Sin embargo, el impulso hacia el desvelamiento es, a la larga, más fuerte. Sólo una desnudez radical y una carencia de ocultaciones de las cosas nos liberan de la necesidad de la sospecha desconfiada”. En el caso cubano, vale  decir, el disfraz, la tapadera y el fingimiento adquieren la cualidad de descaro pragmático, inoculado ya en nuestros genes culturales desde la época colonial hasta nuestros días, pero el fenómeno del cinismo es algo que no es nuevo y es además, global. 

Sabemos que la “metáfora no hace
revolución” pero la transparencia y honestidad de las obras de Rocío genera ese
territorio emancipatorio en que no es necesario aparentar. Espacio efímero
y  débil, no pidamos más al arte.
Mecanicosas y blandas en su aparente robustez, como cualquier ficción que se
precie de serlo. Distopías mentales, fugas individuales. Eso debemos
agradecerle a Rocío García. E intuyo que es muchísimo.