Razonar un escenario y su narrativa consecuente, donde el exceso de realidad lo convierte en una Matrix, no sólo por su virtualidad sino y sobre todo por su exceso de literalidad y endogamia, no es cosa fácil. Tal espacio, de absoluto control y alimento sintético, lo han sabido vender como especial. Es una excepcionalidad en extremo lucrativa que apela al morbo irresponsable, el interno y el foráneo, pues la necrofilia produce compasión y piedad, en este caso patrocinadora y financiadora. Es ahí donde tiene lugar el coleccionismo farm to table: ir directamente a comprar al pobre estudio de un pobre artista en una “triste tierra”. Encontrar al Hermes del arte, dispuesto y servil.

Elvia Rosa Castro

Más allá de lo apolítico está lo impolítico y también lo activa e irracionalmente político. Significa estar más allá de cualquier reprimenda ética. El gobierno cubano armó campos de tiro por toda la isla bajo el slogan “Todo cubano debe saber tirar y tirar bien” y en uno de ellos Ernesto Oroza adquirió las dianas, intervenidas ya por otros. Caerle a balazos a una muñeca pretendiendo que es nuestra enemiga es lo más cercano a la “banalización del mal” que he visto. De registrar el objeto encontrado y dramatizar la acción a base de primeros planos llenos de repulsivas y deformes masas y agujeros, acompañada antagónica y eficazmente por el bolero Sé feliz, va la obra de Oroza. De convertir la urgencia ideológica en delirio, o de documentar cómo este se viste de aquella.

Sin embargo, como pudo observarse arriba en los posts anteriores pertenecientes a esta serie, la cuestión es más transversal y rizomática de lo que parece, pues unos y otros creadores, sin distinción de generaciones, se desplazan de una vertiente a otra sin rubor, lo cual es muy legítimo e incluso alentador. Ahora bien, adentrarnos en ese delirio selvático exige cierta paciencia –e incluso suspicacia. Demanda un entendimiento de cuáles son las coordenadas sociales en que tal sensibilidad se ha ido fundiendo y derritiendo. De un contexto donde no faltan la cerveza y el circo. Cerveza y circo: y eso que no somos romanos. (Véase García 2004: 63). El Maâcoro de Sade y el Macondo de García Márquez.

Razonar un escenario y su narrativa consecuente, donde el exceso de realidad lo convierte en una Matrix, no sólo por su virtualidad sino y sobre todo por su exceso de literalidad y endogamia, no es cosa fácil. Tal espacio, de absoluto control y alimento sintético, lo han sabido vender como especial. Es una excepcionalidad en extremo lucrativa que apela al morbo irresponsable, el interno y el foráneo, pues la necrofilia produce compasión y piedad, en este caso patrocinadora y financiadora. Es ahí donde tiene lugar el coleccionismo farm to table: ir directamente a comprar al pobre estudio de un pobre artista en una “triste tierra”. Encontrar al Hermes del arte, dispuesto y servil.

Tanta plusvalía genera esta condición de excepcionalidad que muchos optan por tener sus headquarters en Cuba aunque no sean agentes activos de su vida cultural; o se repatrían. Aun reconociendo que se trata de una burbuja inorgánica apuestan por generar cierto ambiente sofisticado y cosmopolita en La Habana, sobre todo aquellos cínicamente curados de espanto, los que hace rato aprendieron a administrar tanto las altas dosis de domesticación ideológica local como el aluvión de domesticación global.

Siguiendo una tensión también delirante, la situación puede entenderse del modo que sigue: hay que cuidarse del rey-león, pertenecer a la vanguardia (o a la retaguardia qué más da) y disfrutar el sabor del melón (1). Esto, que en los noventa pasaba por un enjuague crítico y ético, ya en la actualidad no se plantea como dilema. Muerta la noción de corrupción, por metástasis de ella misma, desaparece el sujeto corrupto.

Notas:

(1) Melón: dinero.

Referencia:

García Blanco, Reynaldo (2004): País de hojaldre. La Habana: Letras Cubanas.

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