Foto de portada: Hombre sincero con ideas. De la serie El peso de la vida

Sustenta estas páginas mi convicción de que ningún artículo, ni siquiera el más ingenioso y vasto, logra abarcar la obra de un artista. Por ello todo y cuanto se haga al respecto debe estar prendado de humildad. Bajo esta primicia me referiré, acaso con cierta inocencia y honrado dominio, a la obra de Álvaro José Brunet, quien ha encontrado a través de la fotografía artística un modo aseado de forjarse y provocar. Un modo de esculpir con cínica pugna lo que durante años ha sido modelo de héroe, objeto común, ilusión consumida y ya sin esperanza para proporcionarle otra dimensión humana, o inhumana; porque mirando con agudeza la obra de Álvaro, este traspola el modelo minimizado por favoritismos o necesidades de toda índole para convertirlo en monumento, lo que trae consigo que lo rebaje o sublime convirtiéndolo, merecida o inmerecidamente (no importa la cualidad) en chivo expiatorio. Algo que debe verse como una dicha para aquello que hasta entonces yacía en su posición inválida. De esta forma incita lo que han anulado al imaginario social bautizándose, a mi modo de ver, en una especie de paria. Y entiéndase, he dicho bautizándose y no bautizado. Sostener esa actitud en una época en que las jerarquías han descendido y donde legitimarse es cuestión mediática es sumamente laborioso, es casi tarea de titán anónimo.

Hombre sincero. De la serie El peso de la vida

Otra particularidad del talento de Álvaro es esa audacia que posee para estigmatizar demostrando, paradójicamente, que todo es necesario y que nada tiene sentido. Deja a un lado lo anecdótico y penetra la esencia para que desde ese instante el argumento pase a ser concepto, y por ende darle otra dimensión al objeto ocupado para que adquiera una condición de pretexto, sea cual fuere la necesidad del ojo que observa. Sugiere el pasado de las cosas sin otra dialéctica que la de solemnizar su presente. Pensemos en esas piezas transgredidas y convertidas en objeto de burla. Pongamos un poco de hilaridad en algo y se estará mudando a esfinge su posición inadvertida.

Evidentemente los arquetipos tienen su asentamiento en las variaciones. Álvaro lo ha intuido y transfigura en espacio y tiempo, lo que justifica toda Causa y Efecto, haciendo de lo minúsculo ese monumento descomunal. Se ha edificado en el consuelo de engrandecer lo mínimo haciendo de ello una especie de doctrina cuya veracidad radica, a menudo, en lo paradójico. De este modo atribuye al ejercicio artístico toda su entereza y ve en el resultado (la fotografía en esencia) una decente proyección de su talento.

Visto así no creo que Álvaro sea un genuino vidente de fotografía documental, quizás lo pase por alto; o quizás se apoye en esa visión subestimándola como algo que existe por obra y gracia del vago azar o las precisas leyes. Prefiere construir, armar, manipular la realidad que lo rodea y sofoca para dejar, ya como atino de alivio, un resultado que no soporta ser ignorado. Es este un modo de edificar monumentos, una estrategia de guerra que la adversa circunstancia, con sus atribulados decisores, no percibe. Por ello es tan válida la metáfora cuando se trata de camuflajear el camino. Debe salvar su arte y su espíritu salga el sol por donde salga; Álvaro lo sabe, y lo han sabido los otros que también se refugiaron o refugian en esa guarida.

Contenedor. De la serie El peso de la vida

Si uno se detiene en los detalles puede apreciar que el material utilizado queda, después de trabajada y concluida la idea, anulado por lo que fue su historia. Importa menos lo que fue a lo que es en el presente, lo que trae consigo una subvaloración de su historia convirtiéndolo, lo decía, en un nuevo o modificado concepto. Ello hace que su obra no rescate absolutamente nada sino que marque un nuevo patrón, una nueva forma de ver e idealizar desde una perspectiva no contemporánea, sino instantánea, y como es evidente, ello acentúa su categoría fotográfica. Pero no solo eso, sino que salva del olvido o rescata de la apariencia lo que fue botado a morir como un amor enfermo. Con suerte vemos lo pretérito en cuerpos y almas de hombres y objetos que le han disipado su presente, sea por la causa que sea. En definitivas y parafraseando a Karl Jaspers no debemos someternos a lo pasado ni a lo futuro. Se trata de ser enteramente presente. Pero si te cercenan el presente entonces no eres nada, y enfatícese: es un arma transparente en estos tiempos arrasar con el presente de todo. Los sectores de poder se las agencian para dominarlo a la perfección. Por ello creo muy atinado que Álvaro derrumbe pasado y futuro sin compasión alguna, en realidad qué necesidad tienen de esos tiempos verbales ese modelo de héroe, ese objeto común, esa pasión consumida después de convertidos en evidencia artística, en monumento, después de ser luz y adorno gracias a que una persona ha encontrado un modo aseado de forjarse y provocar valiéndose de ellos.

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