He retomado este texto no sólo porque es un buen texto sino porque habla de una obra basada en una metodología y visualidad específicas que, después de ella, ha visto desfilar obras y recursos, no ya similares sino idénticos. René, el bonachón inteligente, no ha emprendido acción alguna y sospecho que publicando estas líneas escritas en 2016, el blog al menos contribuya a poner las cosas en su lugar para una posible historiografía.

(Nota de la Editora)

La
pintura abstracta cubana actual es homogénea, autocomplaciente y friturera.
Viene a ser un elenco “arbitrario” y “disperso”, que se ama-odia por el hecho
de no conseguir marcar territorio unos de otros. Hay excepciones, claro está, y
por momentos reconforta deleitarse con las texturas ruinosas de Rigoberto Mena.
Por su parte, el arte minimalista de la ínsula es un derivado de fórmulas
contaminantes, que ha logrado mostrar sus guiños apropiadores a escala
internacional.

René
Rodríguez (Santa Clara, Cuba, 1966) no es un pintor abstracto más ni un minimalista
menos, aunque guste de combinar variantes paradójicamente cercanas-distantes en
sus maniobras formales-conceptuales. Más bien se trata de un outsider de laacademia, quien pronto concientizó de que “el arte no se enseña”
en ninguna escuelita con una biblioteca tan malparada como sus rancios teachers.

El Libro de Job es el
título de una serie (compilada en una exhibición personal), que nació, creció y,
quizás no muera,  en el campo alegórico. De
esta manera, el arquetipo bíblico de paciencia, integridad y lealtad se
desdibuja para recobrar su aura simbólica en limpias construcciones abstractas.
Por lo cual, el santo de la Iglesia Católica se presentó enmascarado en la
galería Casa 8 del Vedado habanero.

Fiel
al legado de los Barnett Newman, Ad Reinhardt, Brice Marden o del longevo
Elllsworth Kelly, René Rodríguez persigue rescatar ese último reducto llamado contenido,
inexistente en propuestas abstractas-minimalistas, aferradas al dogma
misterioso de la “no-lectura” en clave de subjetividad textual.

Un
seguidor de esta línea, reacio al virtuosismo de la pincelada (en tono de
parodia seriamente humorística), ha sido Flavio Garciandía, profesor sin
cátedra o sin Premio Nacional de Artes Plásticas por residir en Ciudad de
México; un hombre-arte decidido a espantar el mote de “estúpido como un
pintor”. Flavio invierte más tiempo en pensar antes que en pintar. Un hábito
que lo aparta de una tradición donde laboriosos artesanos se obstinan de colorear
cielo, mar y tierra.

Ahora
bien, la referencia que iluminó el camino estratégico de René fue un artista
cubano que absorbió el pop de Warhol
y Lichtenstein, para quedarse en su Isla estremecida por la irrupción triunfal
de los barbudos. Lo que no previó el joven Raúl Martínez acabó en un trauma
colectivo paralizante: el discurso ideo-estético de la Revolución Cubana
emprendió un proceso de radicalización (¿socialista?), hasta demonizar cuanto provenía
del “norte revuelto y brutal”.

El
fantasma del diversionismo ideológico recorrería el archipiélago, proclamando
la hora de que surgieran títulos como Estudio,
trabajo, fusil (1973), de Nélida López; Macheteros
(1975) e Imágenes de Angola Victoriosa
(1976), de Roberto Fabelo. El plató estaba listo para rodar las escenas de lo
que llegaría a denominarse como “Generación de la esperanza cierta”.

Experimentando
bajo presión, Raúl transformó la cortina de hierro (justificada por la guerra
fría) en nuevo recurso del método. De
ello se encargó el despliegue de un “pop revolucionario”,
donde los casi expresionistas retratos patrióticos le otorgan a la serialidad
el ingrediente de ironía estética. La solución de Raúl Martínez y sus iconos
jamás sublimados por el aliento panfletario del momento histórico resultó
admitida sin recelos.

Raúl
parecía confesar en un monólogo silente: “Pinto lo que me dejan pintar, pero
quiero pintar a Martí, a Camilo y al Che a mi manera -como diría Frank
Sinatra”. Al trocar la censura en operatoria tolerable, la apropiación de un
estilo norteamericano de reflejar la cultura de masas se erigió en paradigma
del “compromiso oportuno”, en lugar de una oportunista evasión contextual.

El
contenido de las “telas herméticas” mostrado por René Rodríguez deviene tan
sutil como los ambiguos (o, tal vez, caricaturescos) homenajes de Raúl Martínez
a los héroes de la épica insular. Por esta senda, la manipulación reside en
congregar sobre la superficie pictórica un repertorio de uniformes comunes,
medallas, condecoraciones e, incluso, los colores de nuestra enseña nacional.

Transformados
en abstracción geométrica, los colores racionados del folclor ideológico
representan la vida abstracta de los cubanos en apariencia y concreta en
esencia. Sin embargo, estos gozan de un estatus solamente regido por la
disciplina de un diseño atractivo para una mayoría.

De
esta forma, interactúa el colorido de asfixiantes vestiduras militares y relajantes
tiendas shopping. No olvidemos que del
pop consumista global al minimalismo de estado local no hay más
que un paso. Repetición y represión riman sin dañar los tímpanos.

La “dieta
cromática” sugerida por este “anti-pintor” de barras y cuadrículas se inspira,
entre otras cosas, en los ocho colores estipulados para diseñar las
condecoraciones militares. Por lo que el ahorro y la escasez (antes o después
del eufemístico “Período especial en tiempo de paz”), abandona los predios de
la sobrevida tercermundista, para instalarse en el ámbito de modalidades
elitistas como la abstracción pospictórica o el posminimalismo perverso.

Quizás
alguien goloso como René Rodríguez nunca haya sentido ruidos en el estómago, ni
ganas de tirarse al agua en un artefacto para cambiar de vida. Aunque dichas contingencias
lo rocen o simule padecerlas desde afuera. Motivo para que esos recortes de
verde olivo y rojo involucrados en el glamour
fantasioso de su exposición, denoten la pesadez cínica de una impecable levedad
formal. Sería un delirio imaginar a René concibiendo una instalación de acento povera.  

La
inocencia del bondadoso y traicionado Job (oculto en lienzos multicolores) es
proporcional al sacrificio anónimo de quienes ofrecieron su “edad de las
maravillas”, para finalmente ganar una recompensa virtual, gracias a un
derroche de entrega y fidelidad. Mito y realidad certifican un axioma en el
trasfondo de esta muestra: “Los contenidos de la vida sí pueden convertirse en
contenidos del arte”.

El
gesto esteticista de un artista de formación autodidacta aborda un contrapunto
entre fe y esperanza. Es decir, la fe como grado cero de la duda y esa
esperanza como juego de las “cosas que vendrán”. Algo traducido en la boutade de equiparar el porvenir de la ética
con el goce retiniano de un work in
progress
visual.

Mientras
los ideólogos desaparecen, inmolándose al cumplir tareas de simulacro que
vienen de arriba, la ideología (hembra al fin) le queda el consuelo de embrujar
a los mortales, sin necesidad de armar un paquete de neuronas. Ojalá en un
futuro los dispositivos ideológicos amanezcan transformados en casas de citas,
donde no haga falta el “amor a primera vista” para atrapar una idea chica en
formol.

El Libro de Job
(junio-julio, 2016) termina por reiterar una verdad de Perogrullo: abstracción
geométrica y abstracción política también son las dos caras de una misma
moneda. Anverso y reverso de la historia reescrita o pintada por los fermentados
y los voluntariosos. Dualidad suficiente para borrar (similar a un Willem De
Kooning o Cy Twombly), las fronteras entre medio y finalidad. Así, el “hombre
nuevo” podría resucitar en un “viejo cuadro” de esta exhibición,
meticulosamente restaurado nadie sabe cuándo.

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