Virginia Alberdi

Cuando se observan detenidamente las obras de Alejandro Gómez Cangas, nos vienen tres certezas. Estamos ante un artista que tiene muy bien definida su orientación temática. Nos seduce, y a la vez intriga, el sentido que va cobrando esa orientación de un cuadro  a otro –no solo los que ha presentado en la galería Villa Manuela, sino los que han nutrido muestras anteriores-. Y por último, y no menos importante, apreciamos la presencia de un pintor, lo cual no es poca cosa, si consideramos cómo varios de los compañeros de generación del artista han subestimado la necesidad de ejercer con el mayor rigor y oficio sus menesteres creativos. 

Gómez Cangas centra su mirada en la dialéctica entre el sujeto colectivo y el individuo. Un reconocido escritor argentino, David Viñas, dijo alguna vez que dos personas ya eran una multitud. Cangas lo verifica más allá del conteo específico de los protagonistas de sus composiciones: dos, tres, diez, cincuenta o más individuos nunca dejen de ser únicos e irrepetibles aun cuando deambulen, circulen, se arremolinen, aglomeren y habiten, de un modo u otro, la superficie de cada obra. 

Es posible establecer una secuencia de continuidad y ruptura con otras instancias del arte del pasado siglo XX que de una manera u otra se inscriben en la zona donde Cangas se ha hecho fuerte. Entre nosotros –valga recordar- Mariano Rodríguez, maestro de la vanguardia, pintó multitudes en los años 70, -masas- que combinó con otros elementos característicos  de su obra en esa etapa. Pero las “masas” eran solo eso: ríos de gente en marcha. 

Más bien Cangas pareciera suscribir uno de los principios enunciados por el valenciano Juan Genovés, otro destacado pintor de multitudes, quien en su día declaró: “A veces nos creemos que avanzamos y no hacemos sino pisar dentro de un círculo, dar vueltas una y otra vez sin salirnos, giramos dentro de la misma rueda. Jamás he pintado una multitud en plan mogollón. Cada persona está hecha individualmente. No hay dos iguales. Cada una de ellas posee una singularidad propia y la reunión de todos ellos es lo que conforma la multitud”.

La diferencia con el español radica en que el nuestro se las arregla para que las imágenes rompan la inercia y no se muerdan la cola. Cangas muestra el bosque pero pone atención al movimiento de los árboles, a los conflictos de la representación, sus personajes deambulan a un ritmo que se adivina: van… regresan; llegan… parten; masas anónimas, pero  sin caer en tentaciones sociológicas. 

Hay mucho de apropiación de los códigos del diseño gráfico y, por supuesto, una subversión válida del punto de partida fotográfico como documentación inicial para el emprendimiento. A la vez es ostensible una renovadora profundización temática y estilística cuando se compara esta producción con la precedente. 

Acción, movimiento, participación, construcción social son nociones que saltan a la vista. Pero también puntos de partida, búsqueda de metas, afirmación del libre albedrío. ¿No es para detenernos sin prisa ante las propuestas visuales de un pintor que ausculta el pulso de nuestra época en Cuba, ahora y un poco mañana?

Advertisements