Elvia Rosa Castro

El mundo está lleno de figuras, imagen cortazariana para hablar de coincidencias. En la muestra El octavo círculo Magela Garcés atribuye el Vaso medio lleno a Maurizio Cattelán en lugar de al cubano Wilfredo Prieto. El italiano, por su parte, se bajó en la feria de arte ArtBasel Miami Beach, 2019 con un plátano en estado orgánico, postversión de Grasa, jabón y plátano (2006), de Wilfre. Todo vuelve a quedar entre pillos y provocadores. Un enroque corto entre los que tensan casi de manera radical los límites de lo entendible por arte. Entre los que saben que en el mundo del arte (que ya va sustituyendo al arte mismo) todo es permisible, como en un barrio de putas. ¿Qué obra será más polémica o legítima, Mierda de artista, Vaso medio lleno o Comedian? Si Lina bo Bardi equiparó la belleza de las piedras comunes a la del diamente, provocando la serie de trabajos-homenajes de Isaac Julien, por qué nos asombramos tanto?

Wilfredo Prieto. Grasa, jabón y plátano

A mí no me molesta que el público lego se escandalice con estos gestos duchampianos (recuerden el revuelo que generó el Vaso…de Wilfredo en España durante la feria ARCO Madrid 2015, un país aún conservador en términos de arte contemporáneo) pero sí me llama poderosamente la atención que los que vivimos de él y conocemos su lógica se irriten hasta el cansancio.

El mundo del arte (compuesto por el artista, críticos, curadores, dealers, coleccionistas, la opinión, subastas, complots, etc, etc), medio repulsivo y asqueante por momentos, no es un mundo apto para ingenuos. Es el que dice que no es lo mismo que Elvia emplace un plátano en una galería a que sea Maurizio Cattelán quien lo haga. No sabemos el valor del plátano, tal vez sean nano centavos, pero una vez que se le adjudica la condición de arte ya es otra cosa: un objeto que pasa de ser ordinario a sofisticado y aurático si tiene a un reconocido autor detrás o logra entrar en el circuito exhibitivo. Mientras estaba, digamos que en estado puro, en su hábitat, era eso, un plátano de frutas; al entrar al mundo del arte es un ready made. Hasta la episteme cambia.

La fundadora de Colette, , residente en París, Sarah Andelman pagó por la primera edición 120 000; luego un matrimonio residente en Miami, Billy and Beatrice Cox pagaron 130 000 por la segunda afirmando que la banana es “el unicornio del mundo del arte”. Piensan, dicen, donar la pieza a un museo o espacio público. La última edición fue vendida en 150000. ¿Valía eso realmente? ¡Claro que no y claro que sí! El mundo del arte aceptó el reto y tres extravagantes coleccionistas se llevaron el plátano, el tape y lo más importante, un certificado de autenticidad con un manual de instrucciones firmado por el artista. Has comprado un escándalo y un documento lo ampara. En tus fiestas serás la envidia de tus invitados si total, lo mismo cuesta una edición limitada de un buen whisky escosés. Igual sucedió con la obra de Banksy que se autodestruyó en el momento de ser vendida en subasta. ¿Fue devuelta? No way. Créanme, mañana Comedian vale el doble. Entrevistado al respecto Emmanuelle Perrotin, galerista que exhibió Comedian en Art Basel, comentó: “All artwork costs a lot o money”. “They buy an idea, they buy a certificate”.

Comprar Comedian (así se titula el plátano con la cinta de tape), es comprar una obra de uno de los artistas más fuera de serie del arte contemporáneo que, ojo, hubiera podido esculpir el plátano pero la variante que escogió resultó ser la idónea: funciona más como espectáculo y something funny. Lo peor que le hubiera pasado a ese gesto era pasar inadvertido pero The ArtNewspaper enseguida lo puso en primera plana y todo el mundo quiso verlo. Todos nosotros, de una manera u otra, reprodujimos el fenómeno, ahora viral, dándole vida a un gesto que, analizado políticamente puede ser hasta cruel: América Latina vive en un porciento alto de la exportación de la banana y esta es la imagen de la pobreza y el subdesarrollo. Mientras en el mundo del arte, extravagante, cínico e indiferente, nadie pestañea al pagar esos miles por una sola. A qué le adjudicamos valor y a qué no, fue la tesis de Cattelán, coherente en su provocación.

Paulo Nazareth, artista brasileño presentado en la plataforma Positions de ArtBasel MB 2013, se apareció con un VW lleno de plátanos (pieza potente de implicaciones infinitas) y aunque fue, puedo decirles, una obra popular en aquel momento, se quedó corta al lado del revuelo de Comedian. El mercado, éticamente reprochable la mar de veces, y esto es una pena, parece tener siempre la última palabra.

¿Qué sucede con ese objeto encontrado orgánico una vez que esté en la pared de tu casa? Se reemplaza las veces que desees a la semana, en dependencia de cómo lo quieras, si amarillo puro o con las manchitas del proceso de maduración. Es un gesto que además no acaba nunca. Cattelán vuelve a provocar y lo logra generando plusvalía incluso. El capital simbólico que supone la saga mediática generada por su gesto es simplemente inconmensurable. Mientras más hablemos de él, más valor adquiere.

Todos los conservadores volverán al fuero de si el arte contemporáneo está en crisis o no; que le zumba el mango que un plátano se venda por miles…Esta pieza que yo titularía Naturaleza muerta medio viva (en efecto, lo es) se llevó las palmas en un contexto en que habían obras buenísimas, opacándolas al poner a prueba nuestra lidia con lo relativo y el culto. Con el mercado. Y con el espectáculo.

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