El pasado jueves 16 el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV) cerró su ciclo de celebraciones por sus 30 cumpleaños con un conversatorio titulado Arte Cubano Contemporáneo: en la lucha. Invitados de lujo tuvo: Ibis Hernández Abascal (curadora-fundadora del Centro Lam), Margarita Sánchez (curadora del Centro Lam) y Luis Gómez (artista muy vinculado al CDAV a lo largo de estos años). Moderó Larilyn Sampera, especialista de este centro.

Antes de entrar a comentar lo dicho allí me gustaría hablarles de la expo que allí se gestó para tal festejo. En lugar de apostar por una expo grandilocuente de artistas de renombre, el staff del CDAV tal vez se olió que si no se homenajeaban ellos nadie lo haría y para ello acudieron a un recurso adorable: se propuso refrescarnos la memoria con una exposición del documento. Sabido es que el centro cuenta con un centro de documentación copioso y celosamente cuidado, y a él los curadores echaron mano para traernos de la manera más humana y cálida que existe todo el periplo del centro a través de notas entre compañeros, posters, bocetos de artistas, cartas, CDs, vídeos, palabras a catálogos, fragmentos de exposiciones, textos referativos y una muestra homenaje a Hugo Azcuy, autor del logo de la institución y diseñador de marca mayor. Entre sus carteles, reunidos allí, una no sabe cuál escoger, ¡qué me los den todos!

Sola recorrí aquellas salas, divididas entre salones de premiados, salones de arte contemporáneo, exposiciones y la dedicatoria a Azcuy. En todas habían hashtags. Povera la museografía pero con bomba y cierto swing. Entrañable toda esta memorabilia que sin manipulación posible nos habla de cuánta cosa buena se ha hecho allí.

El conversatorio comenzó con otra estocada: un sabroso vídeo que rastreaba los 30 años de la institución de San Ignacio y Teniente Rey a base de fotos de todo tipo, personales, de obras de inauguraciones y aglomeraciones, de presentadores…Les cuento lo que dijo Juanito: “ahí habían obras de los 90 que dejaban corto a Luis Manuel”. Y es cierto. Sólo que estas obras eran expuestas dentro del recinto del arte, que es permisivo muchas veces. A mí, a Elvia, se le aguaron los ojos frente a aquel torrente de imágenes y recordé mis viajes desde Sancti Spíritus a La Habana para ir a las mesas redondas, donde lo que valía y brillaba del escenario crítico cubano aceptaba a conversar y convocaba. Vi a Janet y a Wendy en el slide show. Vi a todos. ¡Qué nostalgia!

En algún lado escribí hace muchos años que las instituciones acaso eran las más mal paradas a los ojos de los críticos, pues tenían a su cargo los salones y las grandes exposiciones monográficas, además de su arriesgada misión de promover el arte experimental joven y vulnerable, pero sobre todo porque nos era fácil arremeter contra la institución en abstracto, sin tener que mencionar santos. Y así era.

No es mi intención sublimar ahora y dejar de lado nuestras intermitentes inconformidades de entonces. Lo que maravilla del CDAV es que justo cuando se desvertebró y prácticamente todo su staff decidió recluirse en sus casas en calidad de mito viviente, o emigró con la resaca de La esperanza es lo último que se pierde (1990), el centro hizo lo mejor de su carrera en esa década de los 90. Casi acabado de nacer, como si hubiera salido del útero materno con el pie izquierdo y en el corazón del innombrable Período Especial, con esa tara que, repito, no es poca ¿Qué sucedió luego? ¿Qué sucede ahora que en la inauguración de la pasada Bienal de La Habana habían 30 personas en la inauguración y en los espacios privados no se podía caminar por la afluencia de público? Es algo que Ibis Hernández Abascal se preguntó a tenor del CDAV y también del Lam. ¿Qué lugar ocupan estas instituciones en la trama de sociocultural de la Cuba actual?, apunta no sin dolor. Según Ibis, los curadores del Lam y el CDAV han colaborado de manera puntual y esporádica de buena voluntad pero no ha habido una labor intelectual y programática y sistemática entra ambas instituciones. Que adelante en términos de ideas, debate… Ibis cree que estos 30 años deben ser pretexto para celebrar pero también para una pausa de reflexión, sobre sus funciones, su convocatoria, su proyección. En su opinión, ni el Lam ni el CDAV poseen norte o brújula.

Juanito desde el público propuso que toda esa memoria mostrada en el video fuera compilada en un catálogo y que si era preciso se dejara de publicar por un año la revista Artecubano, en aras de garantizar el financiamiento. Por otra parte, también añadió  que podía hacerse una publicación digital que estuviera colgando en todos los sitios y blogs culturales.

Tania Parson habló sobre la idea de la expresión que daba título al conversatorio, “la lucha”, que precisamente aludía a cuán difícil ha sido todo desde la fundación del centro, pero que con sus altas y bajas el CDAV ha estado en el núcleo del arte cubano contemporáneo. Mencionó la presencia de artistas e intelectuales que en su momento fungieron como curadores especialistas del CDAV: Carlos Estévez, Tonel, Janet Batet, Wendy Navarro, Iván de la Nuez et al. Mientras, Luis Gómez aterrizó todo para hablar de financiamiento y dineros. Luego de confesar que esa era su segunda casa, Luis enmarcó diciendo que los últimos 20 años el CDAV ha vivido en modo supervivencia y que el consejo Nacional de las Artes plásticas debe dejar de verlo como “la cenicienta” sino que debe respetar su función: promover el arte joven y la experimentación y ello requiere financiamiento. Dijo que la industria del arte ha sustituido al mundo del arte y que los espacios privados, con dinero, estaban reproduciendo muchos códigos y estructuras institucionales al tiempo que poseían un handicap: dependían de su gusto muy personal.

Nelson Ramírez de Arellano, desde el público, aclaró que a nivel institucional en el campo del arte hay una separación de poderes e intereses insalvable por ahora. Que tal vez eso trascendía al propio CNAP y era un asunto ministerial. Aconsejó, en calidad de director de la fototeca de Cuba, crear fórmulas, autogestionarse, sin esperar mucho del sistema de la cultura.

Margarita Sánchez fue categórica al afirmar que todo demandaba un respaldo institucional. Que este tipo de centros presentaban jóvenes talentos que luego eran cosechados por galerías comerciales, siendo estas las únicas beneficiadas. Dijo Margarita Sánchez, con énfasis y razón, que el Ministerio de Cultura desconoce la importancia de lo que se hace allí, de la riqueza que guarda la labor del CDAV. Que esa era la casa de todos.

Gretel Medina mencionaba todas las argucias a las que había recurrido: tendencias, colaboraciones, etc, etc, para lograr una audiencia media, pero ni eso había sido suficiente. Que para los públicos jóvenes el CDAV era un sitio “cheo”. Que vivimos en otra lógica cultural y otro contexto. A lo que entiendo yo que tal vez pasó su chance histórico y habrá que remover la estructura sobre la que se fundó. Incluso aunque metidos en una arquitectura decimonónica puede transpirar contemporaneidad y tener recursos a mano como el Centro Cultural Metropolitano de Quito por ejemplo. Es cuestión, además, de voluntad política.

Autonomía, alguien musitó.

Yo hablé de la ausencia de un liderazgo intelectual en el sistema institucional de las artes visuales y que ello condicionaba el nivel de convocatoria. Que una postura mansa no garantizaría nada. Que no sería desatinado activar zonas álgidas del debate contemporáneo y únicamente así ganarían visibilidad y apoyo las instituciones que todavía nos importan. 

Pero lo curioso de todo es que nos hablábamos a nosotros mismos. No había nadie allí de ninguna cúpula que escuchara. Penoso realmente.