“Liubov Andreevna a Trofimov

¡Sin el jardín de los cerezos no comprendo la vida y, si es necesario venderlo, que me vendan a mí con él!… (Abrazando a Trofimov y besándole en la frente) ¡Aquí se ahogó mi hijo! (Llorando) ¡Hombre bueno…, compadézcase de mí!”

Yukio Mishima: “La finca de los Matsugae era muy famosa por su exhibición otoñal de hojas de arce, pero también los era por sus flores de cerezo. Los cerezos y os pinos formaban las largas filas de árboles que flanqueaban la calzada, hasta la verja principal, en más de media milla.”

Rocío García tiene dos argumentos culturales muy fuertes para amar al cerezo. Uno es que estudió en San Petersburgo, en la patria de Chéjov y el Jardín de los cerezos; el otro es que el cerezo genera una ceremonia casi divina y extremadamente poética en Japón, país cuya cultura Rocío estudia y admira (de hecho su obra está atravesada por personajes y maneras de hacer a la oriental).  Es el Japón de Yukio Mishima. Pero hay otra razón de peso: ella disfruta la belleza como nadie, tanto en su dimensión externa, visual como en su anchura espiritual.

En Sakura (cerezo), Rocío baraja con astucia las paradojas, despojando a las escenas violentas de  ese carácter (como en los harakiris) y dejándolas suspendidas en estado puro. En  “poesía concentrada” de “belleza, erotismo y muerte”. Y cuando pensábamos que ella no necesita aprender mucho, echa mano por vez primera al acrílico y disfrutó recurriendo a algunos pigmentos para generar efectos visuales de tridimensionalidad e ilusión óptica. A estas alturas sigue explorando.

Rocío, que estuvo en Rusia y vio cerezos y nieves prefiere el escenario japonés. Se decanta por la evocación. Y resulta sublime señores. A recogerse con esta clase magistral que es un canto al amor en el día de San Valentín en NG Gallery.

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