Elvia Rosa Castro

Ella es Olga Hernández. Somos vecinas, del mismo edificio, hace veinte años pero sólo habíamos intercambiado los saludos de rigor. Lacónicos y onomatopéyicos todos. Alejandro Condis, el día que presentamos Lenguaje sucio en Miami, al escuchar que yo vivía en línea 969, en el edificio de la estrella como se conoce, me cuenta que en allí vive una artista, una “escultora povera y conceptual censurada durante los 70”. Alejandro no recordaba el nombre pero en ese momento tuve una epifanía y digo, tiene que ser Olguita. Ya saben, hay un aura, una manera, una cierta manera.

El 31 de diciembre nos cruzamos en la puerta, nos felicitamos y le espeto: “Ud. es artista no”? Se asombra pues estoy totalmente segura que ella no sabía en qué ando yo (es decir qué hago profesionalmente). “Yo he sido muchas cosas. Tengo muchos secretos”…Hace como que sigue, no quiere hablar de eso creo, y se detiene. “Pero aún tengo cosas por las que lucho”. “Lo sé –le digo- todos tenemos algo por qué luchar”.

A los tres días suena el fijo y es ella. Elvita fuiste muy amable. Pasa por casa un día de estos para tertuliar y te brindo un café. Tardé, Dios sabe que tardé pues soy tímida chicos; no lo parece pero lo soy. Pepe (Veigas) me da unos tips, just a few. No tiene mucho.

Es conversadora Olguita. Floridamente barroca. Me cuenta y me cuenta y yo con dos celulares no grabé un segundo. Me invita a sentarme en la butaca, un mamotreto cómodo donde ya se habían sentado Lezama Lima, Antonia Eiriz, Samuel Feijóo…Creo que también Raúl Martínez pero Servando no. Servando pertenecía a otra…Levanta el brazo.

Antonia almorzaba casi siempre en ese apartamento al salir de la ENA y no quiso mudarse de Juanelo pues le caería la “artistería” en casa. Artistería en lugar de farándula. Esa es la palabra que ella usaba.

La primera visita duró tres horas. La segunda, una y media. Ahí me regala este libro que comparto con ustedes. Este libro es clave, no sólo en la vida de Olga Hernández sino en la de Antonia y en la historiografía del arte cubano.  Como ven es de la megapionera artista Niki de Saint Phalle. De su muestra personal en el Pompidou. Este libro es clave les decía. Se lo envió desde París su queridísimo amigo y mentor Guido Llinás. Este libro-catálogo ejerció una influencia decisiva en los trabajos en papier maché de Antonia.

En mi casa, El observatorio de Línea, no cabe un alfiler más pero yo me deshiciera de todo con tal de que este libro me acompañe. Sobra decir que estoy aún emocionada y profundamente agradecida.

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