María Carla Olivera

La identidad nacional es considerada por la psicología como otra de nuestras identidades colectivas entendiendo, en este caso, a la nación como el colectivo en estudio. Pero, ¿qué es la nación?, ¿cómo se expresa la identidad nacional?, ¿existen respuestas constantes, eternas, a estas preguntas o más bien encuentran desenlaces temporales? El debate especulativo alrededor del término nación surca la historia. En la Antigüedad el vocablo fue utilizado para referirse a conjuntos humanos que compartían un mismo hábitat o territorio. Natio era la diosa del nacimiento y la proveniencia en la cosmogonía romana. Esa voz aludía a los pueblos que no habían alcanzado la organización política de la polis. De acuerdo a ese empleo del término, las naciones se pensaban en calidad de comunidades, en las que sus miembros se emparentaban al ser coterráneos y al participar del mismo acervo cultural, expresado en el uso de una lengua común y la reproducción de iguales costumbres y tradiciones. Estas generalidades cuajan en lo que Grínor Rojo llama “nación premoderna”.

Las connotaciones políticas que hoy reconocemos en el término “nación” resultan impensables en aquel horizonte de expectativas. El año 1789 es clave en la reconfiguración filosófica de este vocablo. Comienzan entonces los acercamientos teóricos realmente profundos al calor de las revoluciones francesa y norteamericana.

“La idea moderna de nación […] es europea e ilustrada” (1). Se piensa ahora en la administración política de la necesidad de unidad y pertenencia inherente a la especie humana. La nación en la modernidad occidental cristaliza bajo el rótulo “Estado nación”. Si el término nación se refiere al conjunto de vínculos lingüísticos, históricos, de costumbres, tradiciones y cultura que se supone homogeneizan un territorio y lo distinguen de otros, configurando un sentimiento de pertenencia que cuaja en la elección de símbolos identitarios (evidencia de la superación de los intereses particulares en privilegio de los comunales); el Estado alude a la organización política de la nación. Benedict Anderson entiende la nación como una comunidad política imaginada sustancialmente limitada y soberana. El Estado nación tiene, por tanto, como pilares fundamentales la soberanía y la ciudadanía, donde el primero se relaciona con su derecho de autoridad sobre su espacio geográfico y el segundo extracta la forma legal que asumen los individuos en la configuración nacional. El Estado se fundamenta en la ley y el derecho como instituciones que resumen en la Constitución los principios fundamentales que organizan la sociedad. Este surge como plan para armonizar los intereses de libertad, seguridad, propiedad, etc. tanto del individuo como de la comunidad.

A partir de la fecha señalada no será la fe en un común mito fundacional, ni una concepción basada en un sistema de relaciones naturales concedido por una divinidad o por obra de la naturaleza, el fundamento de la nación. Este término continúa aludiendo a una colectividad humana, pero se flexibiliza y abraza diferentes orígenes y cosmogonías. El elemento aglutinador de la comunidad será ahora el acuerdo de las regulaciones legales que se supone incidan sobre todos por igual y la evidencia cultural de la identidad será la creación espontánea de particulares modos de comunicación y de un imaginario común. La nación se permite ahora no ser solo la experiencia concreta y vívida de la convivencia, sino que se piensa también en una dimensión imaginada, proyectual, alcanzable mediante la traza de objetivos comunes y la comunión de las fuerzas.

La construcción del Estado nación no es solo un proyecto político (en el sentido comúnmente otorgado al término). Es importante también conferirle solidez al proyecto aportando otros fundamentos. Como describe certeramente Grínor Rojo: “Porque pervive pese a todo, entre los participantes en el nuevo constructo nacional, una aspiración antigua. Ella consiste en el deseo de zambullirse por debajo del cálculo y del consentimiento e investir a su nación con alguna carnadura que la haga un poco más sabrosa que el hueso mondo de la ley” (2).

La articulación de un Estado a través de las regulaciones del Derecho tiende a crear un reino de la abstracción que conduce a la enajenación y a la frialdad, propone una realidad virtual, intelectualizada, que se aleja de las pulsiones vitales. Resulta necesario impregnarle a este proyecto matemático una buena dosis de humanismo, de sensibilidad, que lo acerque a los oídos apáticos del pueblo. Esto se logra por medio de la cultura y, en particular, por medio de la creación de una narración fluida y consecuente, que conecte el pasado, el presente y señale un destino posible para la nación. En estos relatos las dosis de ficción fluctúan, pues nunca es una narración del todo autónoma, sino que por su especial utilidad, está siempre bajo la égida de las instancias que detentan el poder. Se trata entonces de la traducción a la lengua de las bellas letras del contenido del proyecto político, lo que usualmente se ha denominado “discurso oficial”. Uno de los pilares fundamentales de esta retórica es la evocación casi sagrada de la patria. La noción de patria se sustenta en los vínculos afectivos, históricos, culturales que mantienen los individuos con su lugar de origen. El manifiesto moral, cívico que se legitima en cada comunidad existe a priori del nacimiento de los nuevos miembros, de los hijos de la familia o patris, voz latina que sirve de base a patria (patria). De modo que a cada individuo, al venir al mundo, se le educa en el respeto a las normas de la comunidad, normas que le permiten establecer estrechas relaciones con sus conciudadanos y que son tomadas como verdades absolutas e incuestionables. Ellas tienen sus principales voceros en los ya conocidos Aparatos Ideológicos del Estado (3),

Aunque no los mencionó precisamente así, el teórico italiano Antonio Gramsci fue uno de lo que más insistió en la hegemonía que ellos propiciaban. Posteriormente el francés Louis Althusser los definió como: la escuela, los sindicatos, la iglesia, la familia, los media… y el mosaico de instituciones pertenecientes a la sociedad civil. Son las tradiciones las encargadas de velar por el patrimonio físico y espiritual de las naciones donde se incluyen estos códigos. Como se explicó antes, los individuos no pueden sustraerse de la primaria necesidad de autorreconocimiento y pertenencia (la necesidad de una identidad) en los colectivos que los aglutinan. Es por ello que la administración del patrimonio es una de las vías expeditas que tiene el poder político para regular los códigos de identidad y con ellos, controlar y orientar la vida social. Básicamente, convertir la pluralidad en unanimidad, amalgamar las subjetividades en una unidad fácilmente dominable. El patrimonio es también, una efectiva herramienta. Una de las líneas de trabajo fundamentales del profesor Eric Hobsbawm estudia la confección de los “relatos de salvación”: la denominada por él “invención de tradiciones”. Para Hobsbawm, esta práctica constituía una estrategia de las naciones jóvenes para paliar la ausencia de una espesa memoria colectiva que sirviera de base al discurso político. La invención de tradiciones se bifurca a su vez en dos caminos: la creación de ritos de origen ancestral y la elección de símbolos apologéticos como son las banderas y demás insignias nacionales, así como las composiciones musicales y poéticas que expresen el amor a la tierra, etcétera (4).

En el prólogo del libro de Hobsbawm La invención de la tradición se reconocen los posibles usos sociales de estas tradiciones inventadas: – Las que establecen o simbolizan cohesión social o pertenencia al grupo, ya sean comunidades reales o artificiales; – las que establecen o legitiman instituciones, estatus o relaciones de autoridad; – las que tienen como principal objetivo la socialización, el inculcar creencias, sistemas de valores o convenciones relacionadas con el comportamiento (5).

Néstor García Canclini es otro teórico que debate estos asuntos, ahora desde una perspectiva latinoamericana. Este autor propone un concepto afín al de Hobsbawm: la “teatralización del patrimonio” (6), e incide en la relevancia de la historia en la construcción de las identidades modernas.

Hobsbawm centraba sus reflexiones en la invención de ritos y la selección de símbolos que autenticaran la validez de las jóvenes naciones. Canclini toma el caso mexicano, país con una historia legendaria y con un extenso patrimonio material y simbólico que demuestra la existencia de una riquísima cultura prehispánica y colonial. El intelectual argentino explica cómo estos elementos son tomados por el poder y puestos en función de enfatizar los lazos colectivos al tiempo que ocultan las profundas diferencias sociales que corroen la sociedad mexicana (expresadas en los serios conflictos raciales, étnicos y de clase, e incluso en las distintas maneras de apropiarse del patrimonio). El estudioso plantea que “la únicas acciones posibles (respecto al patrimonio) –preservarlo, restaurarlo, difundirlo– son la base más secreta de la simulación social que nos mantiene juntos” (7).

Canclini insiste también en que la salvaguarda de los espacios “históricos”. ¿Qué espacios no lo son? El solo privilegio de determinados espacios como representativos de la historia denota ya una suerte de trabajo curatorial, de selección, cuyos patrones son cuidadosamente dictaminados desde el poder. sirve únicamente como congelación de paradigmas estéticos y fórmulas simbólicas que atestiguan la existencia de una sustancia fundacional latente bajo la epidermis siempre cambiante de la cotidianeidad. Según el profesor, el fundamento filosófico del tradicionalismo se resume en la certidumbre de la coincidencia ontológica entre realidad y representación, entre la sociedad y las colecciones de símbolos que la representan. La política echa mano de esta premisa para levantar las tablas de lo que Canclini reconoce como un teatro en el que las intervenciones están dictadas desde tiempos inmemoriales y corresponde ahora solo reproducir.

Estas notas nos incitan a leer entonces con extremo cuidado los proyectos políticos de construcción de la nación moderna pues, a pesar de la necesidad del manejo de códigos comunes de comunicación, la adhesión a parámetros históricamente preestablecidos pueden convertir el territorio nacional en una cárcel sin barrotes (la jaula de hierro weberiana) en la que se marchita la individualidad, el derecho a elegir, la autodeterminación. El afán iluminista de construcción de la nación moderna significaba, en última instancia, la supresión de las diferencias con el objetivo de otorgarle unidad a la nación en ciernes. En palabras de Zigmunt Bauman: “Dentro de las fronteras de un solo Estado había espacio para una sola lengua, una sola cultura, una sola memoria histórica y una sola lealtad” (8).

Esta frase del intelectual polaco permite entrever algunas de las ideas anteriormente entredichas como la exclusión de la otredad, la manipulación de la historia y la teatralización del patrimonio, todo en un contexto en el que se percibe la coerción y la violencia simbólica.

*Capítulo de la tesis de grado de María Carla Olivera en la Facultad de Artes y Letras, UH, El picnic de la identidad. Arte cubano, 2000-2013. Tutora, Elvia Rosa Castro. Año 2016.

Notas:

(1) Grínor Rojo: Globalización e identidades nacionales y postnacionales… ¿de qué estamos hablando? La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2006. p. 70.

(2) Ibidem. p. 79.

(3) Aunque no los mencionó precisamente así el teórico italiano Antonio Gramsci fue uno de lo que más insistió en la hegemonía que ellos propiciaban. Posteriormente el francés Louis Althousser los definió como: la escuela, la cultura, los sindicatos, la iglesia, la esfera jurídica, la familia y los mass media.

(4) Eric Hobsbawm. La invención de la tradición. Crítica, Barcelona, 2002, p.12.

(5) Ibidem. p. 16.

(6) Néstor García Canclini. Culturas híbridas, estrategias para entrar y salir de la Modernidad. Grijalbo, México D. F., 1990, p. 152.

(7) Ibidem. p. 150.

(8) Zigmunt Bauman: La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, México D. F., 2013, p. 67.

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