María Carla Olivera

Se entiende por símbolos patrios aquellas representaciones (generalmente bandera, escudo e himno) que permiten a las naciones identificarse y ser reconocidas internacionalmente. Estas insignias se proponen condensar a nivel simbólico el código de valores que se ha elegido como representativo del país, así como rendir culto a su historia, mártires y belleza natural. Surgen como parte del proyecto de construcción de la nación moderna y cumplen iguales fines a los de la invención de tradiciones desentrañada por Hobsbawm. Al aproximarnos a la noción de patria fue recurrente la aparición del territorio geográfico como asidero o referencia sobre el que se asienta el patriotismo o devoción a la patria. Esto se debe, en primera instancia, al propio origen del término (tierra de los padres). El territorio geográfico es una categoría indivisible de la noción de patria. El Estado es un concepto político y la patria y el patriotismo son términos extrapolados al idiolecto político. La patria también puede figurar en el imaginario colectivo como un acervo cultural e histórico común a personas que pueden o no compartir el mismo espacio geográfico. Más aún, la flexibilidad del término permite que se le aplique a la denominación de comunidades unidas por fuertes vínculos de intereses, como la patria futbolera, la patria gay y otros casos.

Símbolos patrios y territorio geográfico en Cuba

La empresa de fundar una nación no se compone solamente, como he tratado de hacer notar hasta ahora, de conferirle fundamento ético y un cuerpo legislativo. En el proceso de construcción de la nación soñada, imagen variable, se configuran también las características que serán aceptadas como identificadoras de sus miembros. Estas cuajan en las máximas de la sabiduría popular, en las costumbres y tradiciones y también en el cuerpo simbólico que se asume propio. El proceso de identificación simbólica es tan excluyente y en ocasiones desapegado de la realidad como el resto del teatro de particularización nacional. Acaso los profundos jugos nacionales, esencias mixtas y variables, son demasiado complejos para dejarse describir cabalmente en paradigmas binarios y puros. Sea como fuere resulta útil desde el punto de vista práctico la creación de emblemas que aglutinen a las personas, les hagan sentir orgullo por pertenecer a una singular comunidad humana, les hablen de sí mismas y de su paso por el mundo y del posible porvenir “glorioso” que los aguarda. Los emblemas le dicen al pueblo quién es, qué valores asumir y cómo comportarse. La extensa simbología cifrada en el diseño de la bandera de la estrella solitaria y el escudo nacional de Cuba ofrece claves importantes para comprender el pensamiento que se halla en las bases de nuestro diseño de nación, allá en el complejo siglo XIX. Los historiadores Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola ofrecen una pormenorizada deconstrucción de los elementos presentes en estos símbolos. Sobre la bandera escriben:

[…] El triángulo equilátero –que destaca en el conjunto– es la figura geométrica perfecta por tener sus tres lados y sus tres ángulos iguales, lo cual significa la unidad entre los hombres. Los tres colores (blanco, azul y rojo) son los de la revolución y, en la connotación latina, se asocian al tríptico revolucionario francés de libertad, igualdad, fraternidad. Ellos unen, además, los ideales de justicia expresados en la pureza del color blanco, el altruismo y la altura de esos ideales en el azul, con el rojo, reflejo de la sangre que se derramaría por la libertad. […] la estrella de cinco puntas –una de éstas orientada al Norte para indicar estabilidad– expresa el equilibrio entre las cualidades morales y sociales que deben tipificar al Estado y significa el astro que brilla con luz propia, es decir, el Estado independiente. De tal modo, la estrella simboliza la libertad; el triángulo la igualdad; y las franjas, la unión, la perfección y la fraternidad. Todos sus símbolos se corresponden con los números sagrados de La Biblia y con los números pitagóricos. Estos representan la armonía y la perfección: el tres, las franjas azules; el cinco, el total de franjas; y el siete, la suma del triángulo, la estrella y las cinco franjas (1).

E introducen el escudo:

[…] En el diseño aparece un gorro frigio de color rojo, emblema adoptado por la Revolución Francesa. Este gorro se había usado en la antigüedad para ser llevado por los hombres que habían obtenido su libertad. En él aparece una estrella blanca de cinco puntas, con una de ellas apuntando hacia la parte superior y que, al igual que en la bandera, representa al Estado independiente. Se sostiene por un haz de once varillas unido por una cinta roja, que significa la unión, pues ésta es la que da la fuerza […] Dicho haz de varillas sirve de sostén al escudo que está dividido en tres cuarteles o partes. En la superior, una llave, colocada en un fondo azul marino sobre el que se abre, en un cielo azul claro, un sol naciente y que tiene en sus extremos dos porciones de tierra, recuerda el lugar de Cuba en el mundo: “la llave del Nuevo Mundo”; es decir, el nexo entre América y Europa y entre el norte y el sur de América. El sol naciente es expresión del surgir luminoso del nuevo Estado. En su cuartel inferior izquierdo, una palma real, el árbol que tipifica el paisaje natural cubano, en un verde y feraz suelo llano y montañoso, con un cielo azul claro, simboliza el entorno cubano en lo más natural y propio de su contenido. En su cuartel inferior derecho, las franjas azules y bancas lo asocian a la bandera. Orlan el escudo una rama de encina, a su derecha, y una de laurel a su izquierda. La primera representa la fortaleza y la segunda la victoria (2).

Uno de los primeros aspectos que saltan a la vista es la insistencia de ambos símbolos en los ideales de libertad e independencia (cifrados en la estrella, el gorro frigio y en el hecho mismo de asumir símbolos nacionales). Pero no deben entenderse las nociones de libertad e independencia como hoy las manejamos. Al emplearlas entonces, se tenía en mente más bien la conquista de la ciudadanía. Su mayor deseo era el tránsito de la condición de vasallos del rey, como establecía el sistema monárquico español, a la condición de ciudadanos de la República. De ahí la premura con que apenas un año después de iniciada la Guerra Grande se convocó a la Asamblea Constituyente, que tuvo entre sus fines aprobar una constitución que salvaguardara los derechos ciudadanos. En ella todos los cubanos quedaban amparados ante la ley, eran reconocidos como hombres “enteramente libres”, se instaura el principio de justicia ciudadana al no reconocer “dignidades, honores especiales ni privilegio alguno”, al punto de que incluso el Presidente de la República en Armas podía ser acusado, de ser necesario, por cualquier ciudadano frente a la Cámara de Representantes. Además, se aseguran derechos ciudadanos considerados inalienables como “las libertades de culto, imprenta, reunión pacífica, enseñanza y petición” (3).

Los símbolos patrios cubanos, además de constituir una declaración del estado de cosas al momento de su diseño, se instalan en un espacio-tiempo a medio camino entre la realidad y la utopía. Son también un proyecto de identidad a priori, la declaración de la senda que, como nación, se desea transitar. El tono grandilocuente, enfático y sublime responde a la ambición de plantearse como una nación sólida y victoriosa a la altura del resto de los países soberanos del mundo. Esta robustez en las aseveraciones, además, es típica del pensamiento moderno que lidera las búsquedas nacionalistas.

En un proceso de autodefinición de tamaña envergadura como es el de consignar los valores de la nación en emblemas, no es rara la apelación a referentes de todo tipo, desde los postulados e insignias de la Revolución Francesa –gorro frigio, colores blanco, rojo, azul–, claves ocultas de la masonería proyectadas en la numerología de la biblia y del pitagorismo. Se revela en el diseño de los símbolos la dinámica del reacomodo de las fuerzas internas del país al tiempo que una identificación, un link, con estimadas experiencias foráneas. En el cuartel superior del escudo nacional se incluye un poquito del mundo. La nación que nace se concibe como nexo entre las dos Américas o entre América y Europa.

Desde entonces se advierte la inquietud sobre la propia geografía que devendrá constante en el imaginario cubano. A la condición de insularidad se imputó parte de la desventura colonial y con ello del atraso en materia política y de la segregación y distancia entre la Isla y el resto del mundo. La nación imaginada, cuyo advenimiento se signaba en la validación de un cuerpo simbólico propio, quería nacer para sí y para el mundo. Abundantes son los estudios que explican cuánto define la condición insular el pensamiento de sus habitantes. En el caso cubano esta será una circunstancia, estigma o estrella que determinará no pocos desvelos en aquellos que piensan
la Isla.

Al respecto reflexiona el crítico Iván de la Nuez:

“Hay un error implícito al considerar la isla como un accidente geográfico, como fragmento del mundo en una orilla. Nuestra reflexión –y aún más, nuestra conducta– no se ha resignado a la humilde belleza de ser (al menos también) sólo eso. En tal fragmento, quizás irrepetible, confluyen identidades mutables, ritmos menores, que no se definen por la totalidad ni aparecen para confirmarla. Todo ello es, sin duda, temible. Una cultura está obligada a defender la totalidad que ha diseñado. Precisa, a todo precio, suprimir los diversos temores, enaltecer su minúsculo camino sobre el trazado del mundo. Dotarnos de unos impenitentes extremos. Siempre un protagonismo extravagante, un llamado de atención, el vértigo irrefrenable de abarcar espacios más vastos que los marcados de una manera tan contundente por la geografía” (4).

Esta herencia geográfica devenida obsesión asume las más diversas configuraciones en el imaginario insular. La metáfora del “caimán dormido” es una de las más recurrentes, adaptada luego a “caimán barbudo”, parábola de la popular estética de los guerrilleros de la Sierra Maestra. Resulta sintomática la asociación de la imagen geográfica del país con los principios del revolucionarismo. La cartografía se desmarca de la exactitud física y nos muestra una vez más como archipiélago imaginado sometido a las constantes recreaciones y búsquedas identitarias. La insularidad no es una condición externa al hombre cubano, sino que lo constituye. El exilio (o autoexilio) es una noción que puede designar un estado del ser, una predisposición genética del isleño –“islado” o no–, un mecanismo de defensa. Se inscribe en ese fatum nuestro que es la tensión amor-odio, placer-dolor, que parece teñir con inusual intensidad nuestras vivencias. A propósito describe agudamente Gustavo Pérez Firmat:

“… Nuestro modo de adaptación es fabricar islas dentro de los continentes. Sucede en Miami igual que en Madrid, en Carolina del Norte igual que en Nueva York. Creamos islas grandes, como los barrios cubanos de Miami; o islas pequeñas, como mi despacho. Para nosotros el aislamiento no es una condena sino una salvación. Cundo nos acosan, nos hacemos isla; cuandonos ignoran, nos hacemos isla. En busca de compañía, nos hacemos isla; solícitos de soledad, nos hacemos isla…” (5)

La Bayamesa es el título de la canción devenida Himno Nacional de Cuba. Comparte con su similar La Marsellesa el entusiasmado y febril amor patriótico. El sacrificio íntegro se establece termómetro definitivo del patriotismo y con él, de cubanidad: “[…] no temáis una muerte gloriosa/ que morir por la patria es vivir!” La letra del himno resulta coherente en tiempos de exaltación nacional. La patria, entretanto, contemplaba orgullosa. No cabe dudar de que se luchaba con la convicción de estar ascendiendo en la escalera hacia el prometido futuro glorioso de la nación. Este sentido único y lineal de la historia será una de las primeras construcciones que los protagonistas del Nuevo Arte Cubano se afanarán en desmantelar. Entre los símbolos nacionales no oficiales de Cuba se encuentra la palma real (Roystonea regia), de acuerdo a algunos estudios el árbol de mayor presencia en la Isla y planta generosa en utilidades. Además, suscitó siempre especial interés debido a su elegancia, esbeltez y la distinción de su copioso penacho. En ella pudiera reconocerse, como también en los otros símbolos y en la obsesión geográfica, una demanda de protagonismo y grandilocuencia suscitado por el trastorno (o cierto complejo) de la condición insular.

*Fragmentos de la tesis El picnic de la identidad. Arte cubano, 2000-2013. Facultad de Artes y Letras, UH. Año 2016. Tutora: Elvia Rosa Castro. Imagen de portada este post: Alexis Leyva Kcho. Paisaje cubano, 1990. Col. MNBA

Notas:

(1) Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola Vega. Historia de Cuba 1492-1898. Formación y liberación de la nación. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 2007, p. 200.

(2) Ibidem. p. 201.

(3) “Constitución que regirá lo que dure la Guerra de Independencia”, en Pensamiento cubano. Siglo XIX, ed. cit., tomo II, pp. 25-26.

(4) Iván de la Nuez: “Un fragmento a las orillas del mundo. Identidad, diferencia y fuga de la cultura cubana”, en Magaly Espinosa y Kevin Power (eds.): El nuevo arte cubano, antología de textos críticos. Perceval Press, Santa Mónica, 2003, p. 134.

(5) Gustavo Pérez Firmat: Cincuenta lecciones de exilio y desexilio. Universal, Miami, 2000, p.100.