María Carla Olivera

Néstor García Canclini apunta que el debate postmoderno en Latinoamérica comienza a expresarse a partir de la década del 1980 a través de la crítica a las obras de arte político que se asientan sobre la creencia en una dirección única de la historia:

Los artistas que asumen las nuevas condiciones de comunicación y verosimilitud
de la cultura sospechan de todo relato histórico “gobernado por una Verdad
(de clase o nación) homogénea”. Sus obras, fragmentarias o inacabadas,
buscan “desenfatizar” los gestos sociales. Al elegir una relación interrogativa
o dubitativa con lo social, producen una “contraépica”. Si ya no hay un Orden
coherente y estable, si la identidad de cada grupo no se relaciona con un solo
territorio sino con múltiples escenarios, ni la historia se dirige hacia metas
programables, las imágenes y los textos no pueden ser sino la recolección de
fragmentos, collages, “mezcla irregular de texturas y procedencias que se citan
unas a otras diseminadamente” (1)

La teórica Nelly Richard detecta –al igual que Canclini– puntos de giro esenciales en la producción artística en el contexto chileno recogidos en la escena “de avanzada” protagonizada por el Colectivo Acciones de Arte (CADA). Este fue un grupo integrado por la escritora Diamela Eltit, el poeta Raúl Zurita, el sociólogo Fernando Balcells y los artistas visuales, Lotty Rosenfeld y Juan Castillo que entre los años 1979 y 1985 realizó un conjunto de intervenciones callejeras de xpreso cometido social y político como reacción a la dictadura militar. La especialista explica que la coyuntura histórica específica en que opera el grupo determina su proyección como encarnador del modelo vanguardista a la vez que su esencia deconstructora del mismo. CADA se plantea como un movimiento vanguardista –provisto incluso de manifiesto– mientras que determinadas poéticas en su interior se desmarcan de este tinte grandilocuente para insistir en el fragmento, las identidades quebradas y dispersas representadas a partir de voces antiheróicas, donde la realidad es apreciada como “discontinuidad y montaje” (deconstrucción). Gerardo Mosquera refiere las cruciales trasformaciones del arte latinoamericano a partir de la década del 80 como un resultado del ocaso de los proyectos de utopía social en el continente: “América Latina ha sido el sitio de todas las esperanzas y todos los fracasos” (2).

El estudioso plantea que la situación actual de la crítica en el continente responde a un desplazamiento respecto a los proyectos de los años 60 y su brutal epílogo de represiones y
censuras. Mosquera explica que en América Latina se lleva a cabo la crítica a la Modernidad, pero este proceder se complejiza debido al carácter fragmentario de la misma y a la vigencia de componentes no modernos en nuestras sociedades, cuestión que cataloga bajo el rubro “postmodernismo pre-moderno” o, en palabras de Canclini una “modernidad después de la postmodernidad”. Lugar privilegiado dentro de este pensamiento deconstructor ocupa la crítica a los conceptos de nación y cultura nacional, especialmente útil –a decir del crítico– para suavizar el fundamentalismo nacionalista latinoamericano que por mucho tiempo aligeró las
medulares diferencias sociales y étnicas y limitó las posibilidades del continente para participar desprejuiciadamente en los debates internacionales.

Mosquera declara que el arte en América Latina se ha sumado a la tendencia global del cultivo de un lenguaje “internacional postmoderno mínimalconceptual”. No alega con esto la desaparición de los anclajes identitarios territoriales pero sí una manera otra de proyectar la propia identidad en el contexto global. El estudioso se refiere a un desplazamiento de los contenidos del plano del significante al plano del significado, de modo que la identidad no es ya mostrada, exhibida, sino que late en lo profundo, que se ejerce, y eso basta.

Era de esperar que la crítica al fundamentalismo nacionalista en el continente y su afán totalizador, responsables de convertir la identidad latinoamericana en un puñado de estereotipos culturales, folclóricos, históricos y demás, se expresara en el arte a través del distanciamiento respecto a esos antiguos paradigmas. Al reconocer que no existe Una verdad, los discursos comienzan a perder robustez, convencimiento. El arte deja de ser un bloque compacto de frente a las cuestiones sociales. Este se atomiza en una multiplicidad de respuestas personales. Se desciende de la tribuna y se privilegian los comentarios en detrimento de los manifiestos. Las bondades del instrumental analítico del postconceptualismo se asimilan, sí, pero como arsenal para mirar desde otro horizonte las problemáticas ontológicas de nuestras sociedades. El tono general de los pronunciamientos no es del todo afirmativo, mucho menos imperativo, sino que se desplaza al campo de la negociación y la flexibilidad –la relación interrogativa o dubitativa con lo social, la contraépica, citados por Canclini.

El giro de las artes visuales en nuestro país no es, por tanto, un fenómeno aislado. Este es producto de la conjunción de factores internos –descreimiento en el proyecto socialista de la Revolución como metarrelato salvador, desesperanza respecto a la autocorrección del sistema, fractura de la confianza en un sentido único de la Historia y en la cultura como esfera transformadora, así como la disfunción del diálogo entre política-economía-sociedad-arte, última receta que prometía el arribo al mítico “destino glorioso”– con una sensibilidad epocal que apuesta por la deconstrucción y el descreimiento (acaso postmodernismo). El mismo afán que
ocupará a los creadores cubanos de finales del siglo pasado se refleja en otras escenas a nivel internacional. Resulta de particular interés el acercamiento a este proceso en el área de Latinoamérica por lo mucho que aporta a la comprensión del caso cubano debido a nuestros estrechos lazos culturales, aunque siempre salvando las particularidades que identifican y enriquecen cada contexto.

*Epígrafe de la tesis de grado de María Carla Olivera en la Facultad de Artes y Letras, UH, El picnic de la identidad. Arte cubano, 2000-2013. Tutora, Elvia Rosa Castro. Año 2016. Imagen de portada: María Magdalena Campos-Pons. Identity could be a tragedy…

Notas:

(!) Néstor García Canclini. Culturas híbridas, estrategias para entrar y salir de la Modernidad. Grijalbo, México D. F., 1990, p. 346.

(2) Gerardo Mosquera. Caminar con el diablo. Textos sobre arte, internacionalismo y culturas.
EXIT, Madrid, [s. a.], p. 114.

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