Flavia Acosta González  

En momentos tan convulsos como estos, donde cotidianamente se evidencia la desestructuración de muchos relatos locales, los debates sobre la autonomía se encumbran en el escenario intelectual del país. Radicales diferencias de criterios sobre si existe o no la independencia de creación y expresión en Cuba se apoderan de los espacios de reflexión y compulsan -cada vez con mayor fuerza- los forcejeos del pensamiento en aras de definir una respuesta.

El ejercicio del criterio en el circuito artístico es uno de los temas que con mayor ímpetu se proyectan en dicha vorágine de reflexiones; dando fe de que no son pocos los soportes que se han creado con el fin de desarrollar una crítica artística lo más libre posible de censuras ideológicas. Una de las propuestas no oficiales que más ha dado de qué hablar al respecto es el portal de internet Artcrónica. Con la intención de desentrañar el fenómeno de la crítica independiente o autónoma en Cuba -de lo utópico de su existencia o la realidad de su práctica- a partir del estudio de un caso específico, me dispongo a entablar un diálogo con David Mateo, creador y director de este proyecto editorial.

FAG: Dentro de los marcos historiográficos de la crítica artística cubana de los últimos 20 años el nombre de David Mateo ha estado tradicionalmente asociado a la iniciativa editorial institucional, en la que te desarrollabas con gran holgura, explayando tu ejercicio del criterio a través de numerosos soportes estatales, donde eras justipreciado y respetado. ¿Por qué decidiste entonces abandonar ese bien labrado camino para aventurarte hacia el espacio independiente?

DM: Efectivamente, yo he tenido la oportunidad de transitar por algunos proyectos editoriales importantes de las artes plásticas en Cuba vinculados al sector institucional. Fui editor ejecutivo de la revista Arte Cubano; uno de los fundadores del tabloide Noticias de Arte Cubano y de la revista Dédalo de la AHS; y trabajé como asesor de arte en La Gaceta de Cuba durante 11 años, algo que para mí fue una gran escuela, al lado de dos intelectuales que respeto mucho: Norberto Codina y Arturo Arango. Todavía pertenezco al Consejo editorial de esa publicación. También fui creador y editor de 12 números de la revista Arte por Excelencia, una publicación española con acreditación en el Centro de Prensa Internacional de La Habana.

Mi determinación de separarme de los medios periodísticos institucionales no fue repentina; respondió -en primera instancia- a un proceso de madurez sobre algunas concepciones de cómo deberían implementarse los espacios dedicados a la difusión cultural, sobre todo los relacionados con las artes plásticas; mientras adquiría mayor consciencia sobre la paulatina reducción, en la mayoría de ellos, de análisis o debates relacionados con el mundo de la creación. Nunca llegué a inclinarme por el reporte o comentario en los medios masivos de comunicación -aunque me hubiese gustado hacerlo-, porque en ellos (me refiero fundamentalmente a periódicos como Granma o Juventud Rebelde) el perfil de colaboración se fue enfocando más bien hacia la práctica de la reseña convencional, en detrimento del artículo o el ensayo de acreditación o impugnación especializados. Como resultado de los prejuicios demostrados hacia el ejercicio de la crítica de arte en los medios de comunicación, me fui dando cuenta que el contexto periodístico cubano no tenía –ni tiene aún- la capacidad de cubrir la enorme apetencia que hay de información, documentación y reflexión objetiva sobre la realidad del arte. De cara a todas esas imposibilidades o ausencias, alimenté entonces el anhelo de crear un espacio propio y de tratar de encausar mis ideas dentro del mismo; consciente de que lo que más falta en Cuba y en la región son sitios periodísticos para pensar los procesos creativos y defender un criterio de valor determinado.

El punto de transición definitivo lo experimenté estando en la revista Arte por Excelencia. Llevaba trabajando en la publicación alrededor de 12 números y me sentía a gusto; pues estaba involucrado con un órgano que adquiría reputación gradual en América y el Caribe; trabajando con un excelente personal y ganando buen dinero. En un inicio todo giraba en torno a la documentación y la crítica –siempre constructivas, respetuosamente cuestionadoras- de las producciones artísticas. Me sentía como pez en el agua al poder incitar el diálogo; colocar en la palestra pública artistas de nivel y obras portadoras de un valor artístico. Pero los tiempos cambiaron y llegó un momento en el que la revista, para poder sostenerse, debía ser más pragmática y dejar entrar en sus espacios contenidos y publicidades más ligeras. Fue entonces cuando me pidieron que pactase con dichas propuestas y aligerara toda esa voluntad de pensamiento para dejar fluir la parte especulativa que la revista necesitaba. Honestamente no podía permitirme hacer eso, y decidí marcharme. Con el tiempo me di cuenta que los directivos de esa empresa no estaban suficientemente preparados para identificarse con el perfil especializado que yo les había propuesto en un inicio. El sentido periodístico extremadamente abierto, transigente, que ha ido tomando la revista, ha sido un buen ejemplo de ello. Creo que, a pesar de todo, duré bastante como editor de aquel proyecto. Fue en ese momento cuando, al repensar cuál debía ser mi camino tras esa disyuntiva, tuve la idea de fundar Artcrónica digital para seguir fomentando el diálogo y la libre opinión respecto a obras de valor estético y conceptual.

FAG: Una vez decidido a establecerte dentro de la praxis crítica, con una propuesta personal que fungiera como ese espacio en el cual podías desarrollar tus criterios de manera libre, se me impone preguntarte, no solo qué es Artcrónica y sus preceptos conceptuales, sino –y, sobre todo- a través de qué vías has podido sostenerla siendo difícil en nuestro contexto actual hacer caminar este tipo de iniciativas.

DM: El dominio Artcrónica se insertó en el panorama artístico cubano en el año 2012 aproximadamente, y surgió en principio solo como una revista. Partiendo de un precepto similar al de Arte por Excelencia, mi intención primaria fue que tuviese un alcance regional, es decir, que cubriese la producción de América Latina y el Caribe. En este sentido, tuvimos una nómina bastante amplia de colaboradores que enviaban textos desde Chile, Argentina, Venezuela, México, Brasil, Paraguay, el Caribe, Estados Unidos… Esta visión se modificó posteriormente cuando nos vimos necesitados de abordar con mayor hincapié, y por contingencias prácticas, las producciones cubanas de arte. Desde el propio nombre de la revista se enunciaban algunos de sus postulados editoriales: la conjugación entre Art (palabra deductiva tanto para el idioma inglés como para el español) y crónica (el arte crónico, compulsivo, inquietante…, pero también la crónica del arte). Mi perspectiva siempre fue la de darle cabida en un mismo soporte a artistas de distintas tendencias y generaciones, siempre que demostraran la calidad estética y conceptual de sus obras. Si revisas Artcrónica, puedes darte cuenta que hemos hecho todo lo posible por preservar esa idea y potenciarla. Hemos tratado de mantenernos alejados de la superficialidad y los falsos argumentos de acreditación. El dominio digital se ha vinculado a personas (jóvenes o viejos) que tienen una obra capaz de marcar pautas; cuyo valor pudiera impactar en la producción insular. Asimismo, algo que distinguió a la revista desde su origen respecto a otras publicaciones similares, es que fue concebida a partir de ediciones temáticas. Siempre he tenido el criterio de que, si se aborda un contenido desde una arista específica, puntual, se puede tener mayor propiedad sobre los argumentos y la perspectiva de análisis. Es por este enfoque que la revista no es ese “saco” donde se pueden publicar muchas cosas, solo aquellos trabajos que, por encargo o interés editorial, se acojan al tema en cuestión. 

Fueron alrededor de ocho años de muchísimo esfuerzo, en los que el proyecto no hubiese podido salir adelante sin la ayuda de varios artistas y críticos que colaboraron desinteresadamente. Ya desde hace dos años tenemos el portal Artcrónica, el cual se actualiza cada dos meses y constituye un importante logro para el equipo de trabajo. Hemos hecho de Artcrónica una especie de institución virtual -por llamarlo de alguna manera. En el sitio web la revista se aloja y continúa ocupando un lugar protagónico, es como “el plato fuerte”, pero también existen otros espacios: hay una galería virtual; otro acápite que explica cómo funciona el circuito de promoción y comercialización del arte cubano. Estamos desarrollando un directorio amplio de creadores, eventos, estudios y publicaciones. Existe un apartado para la programación artística nacional, estatal y privada; y hay una sección de noticias semanales. Es un complejo que funciona mediante un grupo de coordinadores que se ocupan indistintamente de las variadas secciones, y tenemos ya un presupuesto fijo. Gracias al apoyo y esfuerzo de todos ellos estamos avanzando. Yo mismo, en este sentido, he tenido que fungir como económico junto a mi esposa Belkis Martín, más allá de mis labores de editor, al llevar un estricto control de los modestos recursos que tenemos a nuestra disposición.

En cuanto a cómo hemos logrado sustentar el proyecto durante todos estos años debo decirte que no ha sido fácil. Yo venía empujando Artcrónica con la ayuda de mi esposa y demás personas que creían en esta concepción editorial, hasta que un día decidí que no podía continuar porque prácticamente no tenía dinero para sostenerla. Mi idea de ese entonces fue convertir Artcrónica en un blog personal. Al comunicar esa intención a varios colegas, me encontré con personas dispuestas a realizar aportes económicos con el objetivo de que no se perdiera el espacio, pero por una cosa u otra no se concretaba un patrocinio estable. Un día, tras haberme decidido a aplazar un poco más el cierre, y estando en casa de mi amigo, el artista Arturo Montoto, conocí a un empresario y coleccionista de arte con el que tuve una conversación muy amena sobre distintos puntos de vista respecto al contexto cultural y social cubano. Enseguida sentí mucha empatía hacia él, consideré que entendía mis planteamientos y que era una persona con mucha sensibilidad y tolerancia para asumir opiniones diversas. Me percaté que nos parecíamos en muchos aspectos y que podía confiar en él. Al llegar a mi casa, después de darle muchas vueltas, decidí enviarle un correo comentándole el proyecto que venía desarrollando; todo aquello con la esperanza de que fuera de su interés y nos extendiera su ayuda. A los tres o cuatro días recibí respuesta, y durante estos dos últimos años ese patrocinador me ha acompañado profesional y humanamente. Gracias a esta persona tenemos un portal activo, diversificado, y la posibilidad de mantener un posicionamiento en las redes sociales. Hace muy poco logramos hacer también nuestro primer número impreso dedicado a la escultura cubana, gracias a la gestión del escultor Tomás Lara y al apoyo financiero de la Fundación Caguayo; ese fue un estímulo decisivo para continuar trabajando. Ahora estamos preparando otra segunda edición impresa dedicada al diseño gráfico e industrial cubanos, junto a los diseñadores Pepe Menéndez y Luis Ramírez.

FAG: ¿Cuáles crees que son las características de la revista Artcrónica que la han convertido en uno de los proyectos autónomos más importantes en el panorama crítico cubano actual?

DM: Lo primero que debo decirte es que hay quienes descreen que Artcrónica opera de una manera autónoma. Para mi ese es un término más apropiado que el de independiente, me parece que nos caracteriza mejor. Tal vez la capacidad de convocatoria que hemos ido alcanzando; el propio hecho de haber realizado algunas de nuestras presentaciones en instituciones importantes como el Museo Nacional de Bellas Artes, Fábrica de Arte Cubano, Galería Taller Gorría o Galería Villa Manuela; el haber gestionado un stand en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam durante la XIII edición de la Bienal de La Habana; el haber llegado hasta la Bienal de Venecia como prensa acreditada; y participado en un booth colectivo en  ferias internacionales como Art Basel o Zona Maco, ha generado algunos cuestionamientos sobre nuestra autonomía y capacidad de desplazamiento. A alguna gente le cuesta creer que un proyecto como el nuestro pueda estar vinculado a eventos de renombre, cuando en realidad todas esas acciones las hemos luchado y conquistado por esfuerzo propio; por gestiones coordinadas entre todo el colectivo. Tú puedes tocarle la puerta a una persona o institución y convencerlos de que tu proyecto es válido, si te le presentas con estrategias y argumentos sólidos, mutuamente beneficiosos. No obstante, Artcrónica no surgió ayer, ni llegó a estos eventos de manera fortuita. No podemos perder de vista que el crecimiento de esta iniciativa ha sido lento, complejo; ha conllevado muchísimos sacrificios a nivel personal y familiar. Hemos tenido contratiempos económicos, tecnológicos, y hasta confrontación de ideas dentro del propio grupo de redacción. Algunos han llevado a replanteos beneficiosos y otros a rupturas definitivas… En Artcrónica hemos acogido, incluso, a algún que otro artista que luego ha intentado poner en entredicho la autonomía de trabajo del equipo; pero nosotros estamos por encima de todo eso.

La sede de Artcrónica se encuentra en un pequeño estudio al fondo de mi casa en el Municipio de Guanabacoa. Ni siquiera poseemos la infraestructura, el personal radicado a tiempo completo en una sede como otras revistas culturales. Es en esta pequeña oficina, posicionada al margen de cualquier institución; que vale la pena aclarar, fui construyendo con mi propio esfuerzo económico, donde se reúne cada cierto tiempo todo el equipo de redacción. ¿Qué quiero decir con ello?, que nada ha sido, ni es fácil para Artcrónica, o para proyectos semejantes a este, que funcionan sobre la base de colaboraciones y de profesionales comprometidos.

La condición del personal que compone el grupo editorial es uno de los rasgos esenciales también de la apertura y pluralidad que nos caracteriza. En nuestro sitio web se insertan destacados especialistas del mundo del arte; personas que han ocupado cargos en importantes instituciones; gente muy joven que se está formando, entrenándose en el difícil ejercicio de la crítica; y otros intelectuales que se consideran a sí mismos contestatarios, underground,pero que entienden provechoso el intercambio con Artcrónica. Esa diversidad de procedencias, implica que tenemos que estar lidiando todo el tiempo con concepciones muy heterogéneas. Ello se hace posible a través del respeto, del diálogo fluido que propone la revista.

En las publicaciones de Artcrónica han aparecido artistas y especialistas en los que creemos, independientemente de su filiación ideológica o lugar de residencia. Te pudo poner algunos ejemplos… El número de escultura, recientemente publicado, hace converger un número considerable de creadores que producen dentro y fuera de la isla. En una de las revistas anteriores publicamos una entrevista que le hice a Humberto Castro titulada No miro a Cuba con nostalgia en la que él defiende a Miami como sitio funcional en términos de promoción del arte cubano. Este diálogo resulta atrevido, singular, y no creo que se hubiese publicado en algún medio de carácter oficial, a pesar de las interesantes reflexiones que expone. También recientemente dedicamos dos ediciones de Artcrónica al proyecto independiente Art Brut Project Cuba, liderado en La Habana por Samuel Riera y Derbis Campos, a los que no se le ha hecho todo el reconocimiento que merecen.

No obstante, aprovecho esta entrevista para declarar que, si bien me interesa desmitificar el criterio de que solo deben ser publicados en nuestros soportes nacionales los artistas que produzcan aquí y estén comprometidos con la realidad local (premisa esencialmente oficialista), soy también abanderado de la tolerancia, del diálogo entre maneras y tendencias. Creo en la posibilidad de re-edificar vínculos entre la institución y los espacios alternativos, vinculación que ha sido disuelta por prejuicios o extremismos de ambas partes. El problema es que, tomar lo positivo de ambas experiencias y someterlo a conjugación, está mal visto hoy día. Tienes que estar de un lado o del otro. Actualmente el término “mediación” ha perdido preferencia, denota ambigüedad y recelo por todos lados. Pero si se hace un recorrido por diversos textos que hemos publicado en Artcrónica, se evidencian una serie de declaraciones o sentencias que no “exculpan” para nada a las instituciones sobre las ideas o valores erráticos que promueven, pero tampoco se les excluye de la ecuación de análisis. De hecho, yo mismo he llegado a afirmar en más de una ocasión que si existen proyectos autónomos en los últimos años, incluyendo Artcrónica, es porque algo falta o está en crisis dentro del sistema institucional; porque el estado ha dejado de cubrir ciertas necesidades. Ellos no han surgido solo por una voluntad de negociación o realización, sino existen porque la gente que los compulsa siente que no tiene ya espacios idóneos dónde dilucidar o exponer sus criterios. En otros momentos hemos abordado – ¿por qué no? – aquellos esfuerzos que las entidades estatales de la cultura han logrado concretar, mejorando notablemente algunos aspectos del desarrollo artístico nacional. Yo no puedo negar que en las conquistas del propio portal se encuentra reflejada mi experiencia de trabajo en las instituciones. El haberme vinculado a espacios estatales, tanto editoriales como promocionales, me enseñó cómo operan los mismos y he aprendido del sistema. Mi voluntad nunca fue dinamitar ni destruir esas concepciones que me he hecho con el tiempo, sino sencillamente utilizar esa información, ese acervo, en función de viabilizar mis intereses editoriales. El conocimiento de los circuitos ha sido de vital importancia para mí, y Artcrónica de alguna manera ha volcado en su trabajo cotidiano el discernimiento de esa realidad y los matices que comporta. Yo puedo asegurar que las ganancias generadas a través de un diálogo nada hipócrita, nada forzado, entre las distintas entidades que conforman el sistema de la plástica cubana, alcanzan buenos niveles de constatación en nuestra propuesta editorial. Muchos pretenden juzgar los discursos y las actitudes públicas como ellos se las imaginan. Sin embargo, creo que cada cual hace las cosas a su manera y eso hay que respetarlo. Más allá de si estamos de acuerdo o no en determinados temas, es en la confluencia básica de varias posturas donde encontraremos la eficiencia profesional. No se trata de hacer concesiones, sino de ser tolerante en esa convergencia de voces y criterios.

FAG: Más allá de las moderaciones institucionales y de las visiones alternativas que pudiesen tener los medios independientes sobre determinados acontecimientos artísticos: ¿qué consideraciones tienes acerca de la crítica de arte en el contexto cubano actual?

DM: Debo aclarar que mi formación como crítico tiene un sustrato muy fuerte en el vínculo con los artistas y la experiencia de vida. Como no estudié Historia del Arte, sino periodismo, mi material de consulta fue la existencia misma, y esa confrontación con la realidad creativa: el contacto con los artistas, el recorrido por los estudios, la conversación; el conocimiento de los procesos técnicos. Incluso, tuve la oportunidad en mis inicios como crítico de hacer el libro Incursión en el grabado cubano, desde 1947 hasta la actualidad, una especie de libro-catálogo, donde tuve que hacer mucho trabajo de campo; indagar sobre los fenómenos artísticos asociados tanto a lo técnico como a lo conceptual. Siempre en mí ha estado esa permanente vocación de investigación e indagación en el contexto.

Ya entrando en materia, considero que hay una buena parte de la crítica cubana, dentro y fuera del país, magníficamente defendida por autores de muchísimo nivel, actualizados, suspicaces, enjundiosos. Pero también hay una parte de la crítica de arte en Cuba que es un poco snob y se deja arrastrar por chismes, rumores, valoraciones ajenas; visiones prestadas o compulsadas desde la especulación de los otros. Esa crítica está constantemente eligiendo sus puntos de vista a partir del consenso público, de la cofradía grupal o generacional. Como ya apuntaba, me he alejado siempre de ese modo de enfoque, y no me gusta hacerle complicidad en mis espacios editoriales. Si accedes al portal de Artcrónica puedes ver, por ejemplo, que aparecen muy diversos artículos. Puedo mencionar algunos relacionados con Flavio Garciandía, Carlos Quintana, René Peña, Sandra Ramos, Arturo Montoto, Marta María Pérez, Rubén Torres Llorca, Pepe Menéndez… Le hemos realizado entrevistas a Roberto Fabelo, Humberto Castro, Reinerio Tamayo, Ibrahim Miranda, José Villa, Alberto Lescay, Florencio Gelabert, Tomás Lara, René Francisco, Ponjuan, Luis Gómez, Lázaro Saavedra… Hemos publicado textos o intervenciones de Adelaida de Juan, Orlando Hernández, Félix Suazo, Cristina Vives, Caridad Blanco, Tonel, Roberto Cobas, Elvia Rosa Castro, Tania Bruguera, Magaly Espinosa, Gerardo Mosquera, entre otros. Es decir, tenemos una perspectiva amplia de interconexiones. Con una mirada articulada entre el presente y el pasado; haciendo balance entre lo que sucede y lo que sucedió, es como se pueden establecer los mejores juicios de valor. Ese es mi punto de vista, el que defiendo desde el ejercicio de la crítica y la edición, y el que –aclaro- no pretendo imponer a nadie.  

A veces hacemos demasiados reclamos como críticos o curadores y estamos en posturas de excesiva reivindicación, sin conocer qué hay detrás; sin saber que otro, en otra época, ya reivindicó; ya luchó por instaurar una determinada opinión o tendencia. Una de las cosas que me ha motivado a fortalecer el portal de Artcrónica es justamente que estoy muy preocupado por el desconocimiento que hay en las nuevas generaciones sobre la historia del arte cubano. En las academias o institutos apenas se consultan las investigaciones y la crítica de arte con sentido cronológico. Hay un vacío informativo grande sobre lo ocurrido -no hace un siglo- sino ayer. Lo que dijeron ciertos críticos de arte; lo que profetizaron algunos investigadores apenas se conoce. Un elemento crucial que me propuse con Artcrónica fue justamente el de otorgarle prioridad a las investigaciones históricas. Es por ello que al interior de este espacio se pueden encontrar reflexiones de profesores diversos como Yolanda Wood, Luz Merino Acosta, Mari Pereira, Mei-Ling Cabrera, Saidel Brito, Hortensia Peramo, Eduardo Morales, Hilda María Rodríguez, Ramón Cabrera; Hamlet Fernández, Flavia Valladares; o de historiadores recién graduados como Abraham Bravo, Nayr López y Amanda Ramos; tres jóvenes muy talentosos que invité hace muy poco a integrar la nómina de Artcrónica.  

Por otra parte, en nuestro país se ha ido perdiendo la convicción de que un buen crítico de arte o un buen curador también legitiman; y que un artista, por muy exitoso económicamente que sea, debe transitar por esas escalas naturales de enjuiciamiento y apreciación. He escrito varios textos donde planteo que no se le otorga el debido respeto a la presencia de la crítica y la curaduría como elemento compulsor de la vida y el progreso del artista. La fuerte contracción que padecieron –y aunque en menor medida todavía padecen- los espacios periodísticos y editoriales influyó mucho en ello. Pero creo firmemente que esa disminución de protagonismo se hizo más fuerte hacia principios del 2000, cuando el Ministerio de Cultura y el Consejo Nacional de las Artes Plásticas comenzaron una serie de acciones precipitadas para tratar de “reconquistar” el mercado. Recuerdo por esa época a un alto funcionario que expresaba algo así: “… ésta será nuestra última oportunidad para intentar potenciar la comercialización”. De ayer a hoy ha llovido bastante, y los inconvenientes de acceso continúan existiendo. Aquellas maniobras contribuyeron a desvirtuar el sistema histórico de reconocimiento, por niveles o en escalas, que tenían nuestras galerías a lo largo del país; y de paso a disminuir el rol de acreditación que desempeñaban los especialistas que en ellas trabajan. En épocas anteriores los jóvenes artistas tenían que ir a las Casas de Cultura municipales o galerías provinciales; y de ahí saltaban a otros espacios de mayor significación nacional como Galería Habana o el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Si te convertías en un “consagrado” entonces ibas a La Acacia. Y en todo ese trayecto importaba mucho la opinión o el aval de curadores y críticos. Lo que quiero decir es que había un procedimiento de promoción por niveles que se perdió. Todo este sistema ambiguo, cruzado, que opera actualmente nos ha generado un caos tremendo. Hoy cualquier artista puede, en un corto periodo de tiempo, llegar a ser encumbrado -más si vende bien- sin necesidad de enfrentarse a la crítica; sin necesidad de ser analizado o promovido por un curador. El pensamiento básico es: “si consigo una galería, si consigo dinero, entonces ya mi obra se insertó”; y desgraciadamente el contexto cubano se hace a veces cómplice de esos puntos de vista tan pragmáticos.

Cerrando el ciclo de las argumentaciones sobre mi postura como crítico y editor, debo aclarar que fui educado en una férrea tradición doméstica, cultural, de respeto y tolerancia hacia el otro; hacia el contexto donde uno se inserta. En contraste, este es otro de los problemas que enfrenta la crítica de arte nacional, que ya venía anunciando desde la pregunta anterior y al cual no soy ajeno: la radicalidad de opiniones; la contienda entre criterios opuestos sobre la base de agresiones y rechazos. No quiero decir con eso que uno deje de mirar con sentido crítico la realidad del otro; pero -aun el criterio más impugnador- siempre se puede exponer con respeto y ética. Hay ejemplos que considero paradigmáticos y que respaldan la opinión que tengo en ese sentido. Tenemos a Antonio Eligio (Tonel), Iván de la Nuez, Magaly Espinosa, José Manuel Noceda, Dannys Montes de Oca, Eugenio Valdés, y otras tantas personas que he leído con interés y publicado en mis espacios. A mí siempre me ha interesado esa crítica de arte que irradia hacia todos los ángulos o puntos de vista con tolerancia y sensatez…Yo voy a donde tenga que ir; escudriño en cualquier dirección: en el pasado, en el presente; en la obra del artista consagrado y en la del emergente; en la del creador que vive en la isla y en la del que emigró. La única condición para asumir ese desplazamiento es la de responder siempre a un criterio de valor y a una intuición libre, desprejuiciada; distante lo más posible del dogma. Considero que ser descreídos o arrogantes sin causa, frente a opiniones contrarias a la nuestra, lacera la credibilidad del discurso crítico en torno a las producciones locales de arte.

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