Laura Arañó Arencibia

Relata un antiguo patakin, esas historias transmitidas de generación en generación en la más absoluta sacralidad oral, que en el principio del universo solo existían Olorun y Olokun, dos deidades que competían por el dominio de la tierra y que quedaron separadas entre el cielo y las profundidades del mar. Esta ruptura dejaba al mundo sin la armonía necesaria entre lo humano y lo sublime. Fue entonces que, un poco perdida la espiritualidad, los hombres comenzaron a relegar el culto a Olokun; quien desató su furia incontrolable sobre ellos y comenzó a desbordar las aguas sobre todo el planeta. Es por eso que Obatalá tuvo que amarrarlo con siete cadenas en lo más profundo del océano.

Marta María Pérez Bravo (La Habana, 1959) conoce este episodio que relata el origen y organización de la vida en la Tierra y que narra también sobre la fuerza y el poderío de Olokun, esa deidad que no toma posesión de sus hijos porque en “en ninguna cabeza cabe el mar”. Marta, con su fotografía en blanco y negro, que sorprende por esa mixtura, casi surrealista, entre delicadeza y poderío; terrenal y celestial. Ha logrado convertir su cuerpo en síntesis y vehículo perfecto este y otros mitos. Sin embargo, cada una de las misteriosas imágenes que la artista construye, casi como si se tratara de una puesta en escena, contienen una sacralidad humana que nada tiene que ver con representaciones litúrgicas; en su obra la creación es un acto de fe, entendido en el más amplio espectro de horizontes posibles.

Historiar el recorrido de los procesos creativos de esta artista deviene entonces también un acercamiento profano a lo divino: un desafío a prueba de racionalidad. Firmeza, su primera exposición antológica y personal en el Museo Nacional de Bellas Artes, se convierte en un acercamiento inicial a casi cuarenta años de creación ininterrumpida y a un grupo de obras convertidas en símbolos y referentes del universo mítico-religioso. Desde muy temprano en la década de los ochentas, Marta María, junto a otros de sus coetáneos, irrumpe en el escenario artístico nacional con imágenes que renovaban la visualidad del arte cubano y que, al unísono, creaban nuevos arquetipos de “lo contemporáneo”­ -ese vocablo-paradigma en constante transformación-. Inevitablemente, su fotografía fue transfigurando progresivamente sus articulaciones hasta convertirse en una nueva expresión en otro medio: el del video-arte. Este constituye otra de las aristas imprescindibles de su trabajo por lo que se le ha reservado otro espacio dentro de la muestra.

Podría resultar tal vez un poco arriesgado el compromiso de exhibir, junto a las más depuradas de sus piezas otras de reciente creación, así como la selección de aquellas obras inalienables del imaginario construido alrededor de una artista como Marta María. Sin embargo, su trabajo resulta de una coherencia y agudeza conceptual que prácticamente no deja margen a incertidumbres curatoriales. Esta muestra sobreviene únicamente un sutil acto de revisitación a una de las poéticas cuya inmensidad, casi oceánica, sea difícilmente capturable en una única exposición.

*Laura Arañó Arencibia fue la curadora de Firmeza, exposición personal de Marta María Pérez en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.

Otros ensayos para la exhibición han sido compartidos aquí:

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