María Carla Olivera

Finalmente, he decidido concluir el repertorio de obras presentadas con una pieza cuya ambigüedad deja espacio a la elucubración y a la expectativa del qué vendrá. Se trata de Nothing inside (2012), de Humberto Díaz.

La pieza es una palma real que participa de la monumentalidad que caracteriza las instalaciones del creador –casi treinta metros de longitud–, derribada, horizontal, con su tronco fraccionado regularmente en segmentos que permiten brote una luz intensa de su interior, y su autor alega en el título que “no hay nada adentro”.

Al intervenir uno de nuestros símbolos nacionales enfatizando su gran escala y alegando su vacío interior Humberto traduce en términos materialmente perceptibles la desmesura y grandilocuencia del discurso identitario, metáfora para develar su interior insulso, insustancial. La reiteración de las convenciones simbólicas provoca el establecimiento de nociones unívocas de identidad. Este es un método engañoso, una suerte de apropiación parcial de aquella sentencia popular que reza “vista hace fe”. Humberto desmiente esta operatoria al insistir en su naturaleza construida, arbitraria. Nothing inside es una suerte de contradiscurso que se vale también de la certeza que provoca la apreciación retiniana para demostrar –de un modo bastante cínico por literal– que no existe tal identidad sustanciosa dentro de los símbolos, que son solo eso: elementos asumidos por acuerdo como representativos y, en última instancia, que como toda convención es desmentible, es cuestionable, no es inamovible ni definitiva.

Sin embargo, la luz que fulgura en el centro del árbol indica la existencia de energía, de una vida residual aún en las postrimerías del símbolo. Esta última sutileza revela que quizás el autor ataque solo la inflexibilidad y arbitrariedad de una noción prefijada de identidad mas no su existencia experiencial, verídica por confirmable en el ámbito emocional –acaso una patria chica, individual–, que habita en los dominios abstractos. Quizás la identidad, como la luz, es indescriptible a cabalidad por medio del lenguaje, inatrapable, variable, móvil, decididamente no definible. Incluso cuando no podemos verla, incluso tras la muerte del símbolo, de la representación y el desfallecimiento del lenguaje, sabemos que fluye en algún lugar, dentro o fuera de nosotros, no importa.

El libro completo de María Carla, El picnic de la identidad, está en este link