Elvia Rosa Castro

Este pequeño texto es al presente dossier lo que un bateador emergente a su equipo de pelota: cualquier cosa puede esperarse de él teniendo en cuenta su falta de fogueo en el juego y la presión de verse ante la oportunidad de su vida. Así de grandilocuente. No se trata de la oportunidad de mi vida, claro está, pero sí de estar presente en el centro del debate público –hasta ahora han sido reuniones y más reuniones- de una problemática más que candente hoy día, y los que me conocen saben que soy, más que incendiaria, justa.

Intentaré entonces batear un toque de sacrificio o un texita por detrás de primera. En realidad tengo cantidad de ideas en mente pero confieso que no sé por dónde empezar.

Últimamente he escuchado muchas lamentaciones sobre si el diseño gráfico está en crisis, en contraposición con aquel realizado en los 60. Entonces la ecuménica muestra Mirar los 60, parece que vino a dar la razón a los nostálgicos. En el Museo Nacional de Bellas Artes pudimos darnos gusto apreciando una creación que ahora se dice en crisis, amén de los juicios críticos que puedan emitirse en contra de la muestra. Eso es otra cosa. Pero de seguro los afligidos no recuerdan que a finales de los 70, la revista Revolución y Cultura inició una encuesta sobre este tópico, liderada por José Veigas, titulada “Opiniones diversas, contradictorias algunas: lo que piensan los diseñadores y gráficos sobre el cartel cubano” (1). Según los estudios que realicé hace varios años, la encuesta continuaba en cada entrega de la publicación.

El tema se reducía al cartel pero no deja de ser un antecedente importante, tanto desde el punto de vista editorial -referido a este dossier, quiero decir-, como igual  para tener en cuenta las opiniones de los protagonistas de entonces.

En mi opinión, tal vez no sea el diseño gráfico lo que esté en ese estado de inercia, sino los medios para ay chico!, masificarlo. Socializarlo me parece mejor. Es más, siempre se piensa en el cartel, mientras el rótulo “diseño gráfico” implica al editorial, al publicitario y propagandístico, y a la señalética.

El diseño que más circula es el de este tipo de publicaciones porque incluso, la tirada de los libros es pequeña y queda en pocas manos. Entonces nos topamos con un rostro importante del problema: si el diseño no se socializa, no existe, los mensajes a comunicar quedan dispersos y llega a pocos receptores. De ahí proviene, en cierta medida, la nostalgia.

Las propuestas estaban ahí pero no los medios para producirlas, ni siquiera ya una impresión digital, sino los mismos talleres serigráficos prácticamente inexistentes. Esta es una realidad que trasciende la voluntad de los diseñadores.

La muestra Diseño de fin de siglo mostró un espectro amplísimo de cómo trabajan los diseñadores de hoy, las tendencias “estéticas”, el humor con que manejan ciertos temas, el tratamiento de la iconografía, etc. No por gusto, a la postre, obtuvo el Premio de Curaduría en el apartado de expo colectiva.

Sobran ejemplos encomiables de certeras propuestas de señalética, de diseño editorial, de carteles y de todo aquello que al final se resuelve en el conocido grafismo.

Tal vez, debido a estos antecedentes y al trabajo conjunto con grupos de diseñadores y arquitectos, además de mis andares con el arte en museos, galerías y salones, en los últimos tiempos he venido defendiendo la tesis (2) de la valía del diseño integrado al arte teniendo en cuenta la inoperancia de este último en el mundo contemporáneo, bombardeado, por una parte, con un sinfín de imágenes de naturaleza diversa, y por otra, del choque con una violencia cotidiana sin límites que en el plano macro se expresa en la guerra (o una pandemia). Sustento –o al menos eso trato- la idea de que el arte ya no conmueve y es ineficaz rodeado de esa realidad tan ríspida y desconcertante, y que sólo unido al diseño puede si no conmover, al menos impactar. Porque claro está que la frialdad del diseño nunca podrá consternar pero sí impresionar, que no son la misma cosa.

Ahora me siento en condiciones de referirme a la revista Artecubano. Puedo hacer público un ejemplo que antes por ética sólo quedaba en el círculo de mis amigos: apriori sabía que a todo el que preguntara qué prefería, si el Crysler de Esterio emplazado en el patio de La Casona (3), o “puesto en escena” por Osmany Torres en la portada de la revista, seleccionarían la segunda variante.

Y hay algo aquí que no me canso de repetir. La gran y mínima diferencia entre una obra de arte y el diseño reside básicamente no en la funcionalidad, como muchos diseñadores creen, sino en el tema “encargo”. Aunque artista y diseñador poseen igual talento, este último está condicionado por una demanda que debe satisfacer. Este punto hace que el diseño se convierta en un producto en extremo social y al mismo tiempo más “realista”, menos utópico, si se quiere. La artista norteamericana Andrea Zittel, autora de A-Z Administrative Services y A-Z Ottoman Furniture, afirma que “quería ser diseñadora, pero los diseñadores son responsables de hacer productos que sirvan al mayor número de personas y no creo que esto sea demasiado liberador”.

En este sentido el diseñador es una suerte de traductor. Siguiendo el argot de Lezama pudiéramos decir que el diseñador transporta. Sabemos que la traducción y la transportación de sentidos son actos creativos pues sus resultados no son idénticos a como se conciben en el susodicho encargo. Dan forma y eso también y sobre todo es crear.

En Retorno a la utopía… afirmaba también que el término diseño proviene de las artes y tiene su origen en el Renacimiento, cuando Vasary acuñó a la estructura formal de las obras bajo el rótulo disegno.

Puedo agregar, a manera de apostilla, que bajo ningún concepto debe relegarse y mucho menos olvidarse aquella idea de Fernando Salinas de crear una Dirección de Artes Plásticas y Diseño (4) en el creado Ministerio de Cultura -1976. Posteriormente, los centros provinciales subordinados al hoy Consejo Nacional de las Artes Plásticas, también llevan, íntegra, esa denominación. Sin embargo, a pesar de existir organizaciones como la UNEAC, la Asociación Cubana de Comunicadotes Sociales y el mismo consejo Nacional de las Artes Plásticas, los diseñadores se encuentran en estos momentos en una suerte de limbo, de no man’s land. Pudiera decir más: se ha quedado un poco huérfano en términos institucionales.

Pero voy un poquito más lejos: al leer mi texto en Sancti Spíritus, el arquitecto Augusto Rivero, nos recordaba cómo, a principios de los 60, en la Facultad de arquitectura de la CUJAE se daban cuatro semestres de diseño básico –ahora se imparte uno solo- y los maestros eran, más y nada menos que Raúl Martínez, Tomás Oliva, Loló Soldevilla y Guido Llinás. Sin comentarios.

Bajo el precepto que defiendo y que no se reduce al diseño gráfico, por supuesto, surgieron hace un siglo, el grupo De Stijl, la Bauhaus, el productivismo ruso y el dadaísmo berlinés, por solo citar algunas sonadas referencias .

Para sorpresa de todos los que nos dedicamos y defendemos estos temas, me han hecho entrega del último número de la revista canadiense Parachute, que también, en sus dos últimas ediciones, defiende estos presupuestos.

La nota editorial va por el mismo sendero:

Parachute’s second design presents itself once more in quotation marks (…) Once again, we are enquiring into the material and the immaterial modes of existence of contemporary design. How is one to approach the sphere of the living in this material entity, which lies, perhaps, between the tangible world around us and the immaterial one whose emergence Jean-Francois Lyotard so keenly foresaw?

In his now-legendary Tractatus Logico-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein placed language between the subject and the world. What forms do the things of the world we inhabit take? What forms can we bestow upon them? Design arises from such a tension between the seen and the unseen, between what exists materially and what does not, yet the presence of its objects cannot be denied. The information systems and technologies at our disposal have increased the role played by non-visible elements in the human environment. The importance of design is only increasing. It is contaminating artistic practices and vice versa” (5).

*Texto escrito para un dossier en La Gaceta de Cuba sobre el diseño gráfico en Cuba, ca. 2007.

Notas:

(1) Aparecida en Revolución y Cultura, No. 71, julio/1978.

(2) Véase mi texto “Retorno a la utopía: propuesta artística en lugar de arte”. Revista Artecubano, 2/005. También en www.salonkritik.net y en El observatorio de Línea. Ediciones Unión, 2008.

(3) Todos quisieron volar. VIII Bienal de La Habana.

(4) Subrayo diseño on toda intención.

(5) Chantal Pontbriand. “Design”. En Parachute 118. Canadá. P. 19.

Advertisements