Abram Bravo Guerra

La primicia de estos días ha sido la inauguración, en la Galeria Mai 36 de Zurich, de la muestra Perfume, de Michel Pérez Pollo. Precisamente la exposición abrió sus puertas el pasado 15 de mayo y se mantendrá hasta el próximo 8 de agosto. Como particularidad ante la situación actual, las visitas serán programadas por cita previa a través de internet y se organizarán en grupos reducidos.

Perfume es la tercera exposición del Pollo en Mai 36 y -a mi juicio- un estratégico acto de fe: si bien la situación epidémica afecta directamente la afluencia de público, el momento funciona de maravilla para atraer miradas. No es de extrañar que periodistas y críticos actuemos como fieras al acecho ante la monotonía informativa y de pronto una noticia se replique a manera de avalancha virtual. La verdad, hay una especie de tino cronológico que ha permitido captar la atención; aunque muchos estuviésemos al tanto desde el proceso de montaje.

Las piezas que integran Perfume parten de la serie homónima desarrollada en 2019, en la que el artista recrea tapas de perfumes que él mismo colecciona. En otras palabras, son “naturalezas muertas” en las que la tapa funciona como objeto representacional. En este sentido, el gesto del Pollo parte de la movilidad en las operativas del género pictórico y cierto torcimiento en sus esencias. Si la naturaleza muerta originalmente capta objetos inanimados visibles en el ambiente doméstico; en este caso el foco de atención desplaza la idea de lo visible. Una tapa de perfume es un objeto apenas manifiesto, un apéndice de otro comercialmente desarrollado con una funcionalidad delimitada y fechada. Entonces el artista parte, para su proceder, de un desecho del consumo al que despoja de su materialidad y funcionalidad originales. Una especie de ready made pictórico.  

Por supuesto, este paralelismo con el ready made se limita al proceso de realización de la obra. La tapa, ya en el cuadro, renuncia a su realidad anterior y todos los lastres asociativos que puede tener. Al permutar al espacio pictórico solo conserva su forma. Se alteran o desconocen sus dimensiones originales y asume una envergadura propia del cuadro. El objeto pasa a una realidad nueva en que -si obviamos el anclaje del título- es sometido a una alteración en su identidad. Un objeto puede ser definido por las asociaciones y relaciones con los elementos que lo circundan y que repercuten en su funcionalidad. Este aislamiento al que se somete en las piezas del Pollo despierta cierto extrañamiento en cuanto a su origen. Al final existe un trasfondo surrealista que permite al espectador un juego de asociaciones casi libre. La tapa de perfume no es solo resemantizada, sino que es casi reinventada en cada obra.

Está sobrado decir que en el Pollo no existe ningún tipo de sensibilidad naif. Hay un cálculo estricto en la construcción escenográfica del cuadro, apoyado en una técnica depurada dispuesta a reformular -a su antojo- los efectos del objeto en ese (no)espacio. Cuando pensamos en una tapa de perfume, los materiales que asociamos suelen ser -exclusivamente- el plástico o el vidrio en última instancia. Como es lógico, son objetos casi insignificantes por lo que sus volúmenes -dispuestos en un espacio natural- son más que contenidos. Pero en Perfumes la tapa cambia incluso su materialidad aparente, asumen una dureza volumétrica casi arquitectónica. Parecieran colosos solitarios perdidos en un tiempo propio. No obstante, este carácter físico mantiene cierta delicadeza en cada forma. Existe una rusticidad evidente, pero a su vez, las curvaturas y sinuosidades permiten cierta cercanía formal con las flores. Bien pudieran ser versiones muy personales -pasadas por la mano tan típica del artista- de flores que se abren y contraen según el paso de las estaciones.

Para los japoneses, bifurcados por el pensamiento litúrgico sintoísta y zen, pervive una devoción ciega por la austeridad natural y el refugio autorreflexivo (wabi y shibu). Cada objeto es un templo sagrado que debe respetar -o emular- una forma de la naturaleza. El artista sólo permite las alteraciones necesarias en el elemento intervenido, visualizado o dispuesto en una introspección y soledad que fraguan un vínculo espiritual con lo representado. En este sentido, en Perfumes se siente cierto aire japonista.

No voy a imponer un cartelito asiático en la obra del Pollo, por el contrario, coincido plenamente en que sus deudas más fuertes recaen en De Chirico o Morandi. La cercanía con lo metafísico se percibe en la misma metamorfosis y desterritorialización a que se somete lo representado. No obstante, este proceso pensado a la inversa termina en cierta deuda visual con la estética nipona. Michel, en este caso, no toma un aspecto determinado del entorno natural; por el contrario, naturaliza un producto sintético. O sea, en una herejía religiosa para la tradición japonesa, se trabaja un producto del consumo con los patrones visuales y simbólicos propios para la representación de elementos considerados sagrados. Para nada una tapa de perfume es sagrada, solo que al Pollo se le antoja sacralizarla. La pintura es una realidad -o ficción- propia sujeta a las invenciones del artista; es la realidad representada en ella la que incide sobre el receptor y no a la inversa.

Volvamos a la idea de lo japonés. Como apoyatura visual para un producto cuya finalidad es el olor, la tapa de perfume tiende a establecer cierto paralelismo sensitivo. Los perfumes se elaboran a través de esencias que suelen ser naturales, o sea, siempre existe una nota de olor que transporta a un elemento natural -vegetal usualmente. Como es lógico, la forma de la tapa comúnmente va a experimentar parentescos visuales evidentes con formas de la naturaleza. El anclaje visual busca transportar a un contexto aromático específico. Entonces, aislando estas formas en los ambientes atemporales del Pollo, pareciera que es este elemento al que la tapa remite -muchas veces una flor- lo que se representa. Termina por establecerse una composición que -unido a la dimensión volumétrica que ya he mencionado- capta la esencia representacional del objeto japonés. Y creo que esta idea no es del todo inintencionada, precisamente si se busca un giro conceptual en cuanto al modo en que percibimos una tapa de perfume. Al final, casi todo en la estética japonesa, parte de respetar y rendir tributo al objeto.

Ahora, otro aspecto interesante en las piezas es el sistema formal puesto en práctica a la hora de definir el ángulo en que se capta lo representado o la envergadura proyectada en el espacio en que se inserta. En Perfume hay una muy interesante relación entre sombra y horizonte. Ambos aspectos no han estado presentes durante toda la obra de Michel Pérez Pollo, son la muestra de un proceso de depuración pictórica y decisiones formales que han ayudado a configurar el ambiente de sus cuadros. La sombra funciona como una especie de conexión objeto-suelo: sitúa espacialmente al objeto que de otro modo aparecería levitando, a la vez que incide en el volumen y la iluminación. En las piezas de Perfume las sombras funcionan como la proyección espacial necesaria para sedimentar esa imagen volumétrica y sólida que el artista gestiona de cada tapa. Son parte de esa mística de la soledad que envuelve al objeto y lo sacraliza a su antojo.

El horizonte es como un presente ausente. El espectador es consciente de su existencia y, de aparecer o no, funciona como el indicador primario del ángulo en que se concibe la imagen. En tal caso la sombra regresa proyectada de otra manera en el suelo. Por supuesto, el horizonte trabaja en una doble función de delimitar y materializar el espacio atemporal de las pinturas de Michel. Es una pista de sus atributos físicos y existencia en correlación con las leyes espaciales de nuestro mundo. La pintura crea su propio universo y no tiene por qué estar sujeto a las leyes del nuestro. Estas pistas aparentemente intrascendentes forman un juego delicioso de incongruencias, de medios tonos entre conocer y desconocer que permiten recrear fabulaciones a partir de las piezas -de la exposición o la obra del Pollo en general. La representación se vuelve el eje de un grupo de leyes que gravitan en torno a ella, y de las que el espectador parte para construir su propia ficción.

Entonces, las tapas-flores casi abstractas de Perfume se evocan en espacios modulados según su presencia. Una especie de tributo trascendental a lo intrascendente. Un japonismo a la inversa en que el objeto inicialmente desacralizado se convierte en el centro casi litúrgico de su propia ficción. Perfume es de una lucidez tremenda en cuanto a las potencialidades de la pintura. El Pollo es consciente del auto-espacio que es la imagen pictórica en si misma; sabe coquetear con ello y partir de una existencia física para reinventarla de acuerdo a las leyes propias de sus cuadros. Quizás hubiese estado bien un poco menos de direccionalidad en los títulos. Al final cada objeto en el cuadro es parcialmente nuevo, un punto de partida interesante para un nuevo relato. No obstante, creo que Perfume termina como una excelente incursión en los terrenos de la pintura. Una buena presa para los cazadores de información al acecho, una buena noticia para que se replique.

Tour de Perfume en su estudio:

Más sobre Perfume en el siguiente link:

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