Helga Montalván

Las artes visuales y el arte en general han vivido etapas difíciles en la ciudad de Matanzas (Cuba), y ha sido configurado por varios agentes externos, que coliden en su propio campo desde el orden social.

Es imposible separar el proceso artístico del proceso social, por eso no puede estudiarse sin dejar notar las variaciones que sobre él se ejercen desde un afuera que participa, pues el artista (elemento fundamental de la cadena de producciones visuales) es un ser social que más allá de su rol y compromiso con la producción creativa, tiene también una vida que desarrolla en un contexto determinado.

También influyen las condiciones económicas y geopolíticas del territorio. Y en nuestra ciudad estas configuran un ambiente particular y diferenciado respecto a todo lo demás. Vale destacar lo que tantas veces se ha dicho: la proximidad con La Habana y la proximidad con el polo turístico de Varadero. En un ambiente económico diferente estas podrían llegar a confirmarse como ventajas, pero la experiencia en los últimos años del arte de la ciudad de Matanzas no marca el beneficio en todos los momentos, sino que se configura como limitante. Ubicada en el tramo Habana-Varadero, la ciudad es tangenciada, no intersectada y queda como un limbo en campana de cristal.

La dificultad real con elementos claves como el transporte, las comunicaciones, la insuficiente influencia y viabilidad de información y promoción, dependientes de la gestión estatal, encierran a la ciudad en un circuito cerrado que limita la posibilidad de inclusión en el panorama artístico nacional mediante un movimiento transversal que le proporcione salida y dirección. Estas condiciones crean movimientos circulares para el pensamiento sobre lo artístico, provocando una atmósfera de vientos cíclicos enrarecidos que han caracterizado a la creación visual en las últimas dos décadas y se manifiesta en una sensación de latente estacionalidad para la producción artística, visiblemente agudizada en los últimos años de la primera década del siglo y el primer quinquenio de la segunda, periodo que compendia el objeto de estudio de esta investigación de corte crítico e interpretativo, basada en los métodos del análisis, el seguimiento y la observación de las obras.

Como elementos que se desprenden de estas distinciones, se propone establecer las causas y los efectos definitivos de este proceso para los primeros años de la siguiente década del 2010, tanto en las producciones estéticas como en el circuito artístico en general, con efectos cruciales para todo el campo cultural de la ciudad. Supone en tanto un análisis contextual de la gestión cultural, estatal, social y artística, apuntando a su funcionalidad y al resultado de sus interrelaciones.

Haciendo un poco de historia, en el comedido recorrido de las artes visuales de Matanzas hay tres momentos fundamentales que se destacan por el marcado espíritu creativo en sintonía con el impuso promocional, después del cambio social radical del año 1959. Teniendo por referencia la instancia definitiva de la creación del Salón El arte un arma de la revolución (1) que aglutinó por vez primera a la producción artística, destacamos un primer indicio de una vocación renovadora de la visión del arte en la segunda mitad de los 80’ con ecos en los tempranos 90’ (1985-1992 aproximadamente); un segundo momento que ubicaría a finales de los años 90 e inicios del nuevo milenio, entre los años 1996 y 1999; y un tercer momento, que destaca indistintamente por los años del 2002 al 2009.

La investigadora Mariela González Robaina en su monografía: Breve reseña histórica sobre las Artes Plásticas matanceras (2), señala como eventos puntuales de las décadas de los años del 70 y el 80, lo siguiente:

(…) Matanzas se nutre de un grupo de pintores, pertenecientes a las primeras promociones de las Escuelas de Arte, (…) Estos profesores imprimen su huella creativa en sus discípulos más destacados del periodo: Yovany Bauta, (…) ubicado cronológicamente en la generación de finales de la década del 70 e inicios de los 80, (…) y Roberto Braulio González Rodríguez (1956).

Otros artistas que surgen y ocuparían un importante lugar dentro de la plástica matancera serían: Mayra Alpízar Linares (1956), quien realiza desde sus inicios un diálogo poético y marcadamente femenino, (…). Juan Antonio Carbonell, (…) que asumió el diseño gráfico de forma novedosa. Rolando Estévez (1953) (…) que se ha entregado al trabajo escenográfico y a la ilustración de libros (…); y Carlos Marcoleta, quien de forma muy creativa trabajó, por primera vez en Matanzas, la escultura de cristal. (…).

En 1975, un grupo de artistas matanceros, (…) se dieron cita en el salón provincial “El arte, es un arma de la Revolución”, (…) siendo este el preámbulo de una sucesión de salones expositivos que, a través del tiempo irían fortaleciendo las simientes hasta llegar a la actualidad.


Vale destacar a partir de lo señalado por la investigadora, la presencia de dos elementos fundamentales: la particularidad de las referencias individuales y la presencia de un salón provincial que propicia la confrontación visual, elementos que preconizan el movimiento posterior y sus puntos cimeros.

En un trabajo de fuerte influencia ensayística, el artista Rubén Fuentes hace referencia a otras figuras que destacan en los años 80:

Entre los pintores: Raúl Rodríguez (Borodino), Orestes Barrios (Marañon), Enelio Suárez, Roberto González, Ana Gladis Falcón, Carlos Miguel Oliva, Mayra Alpízar; escultores: Carlos Marcoleta, Sergio Roque, Lázaro Muñiz; fotógrafos: Abigail González, Enrique Ramírez,  Carlos Vega (Cartucho) y Ramón Pacheco; grabadores: Oscar Montejo y Reinaldo Sueiras (el Gallego); ceramistas: Lázaro Lamela; diseñadores: Rolando Estévez.  Entre los salones más importantes de la época se encontraban el de Fotografía y El arte un Arma de la Revolución (que hoy se ha transmutado en el Roberto Diago). (Fuentes “Ecos”)

Refiere a Borodino como figura clave para Matanzas en la pintura, con una obra de gran fuerza expresionista y considerado en aquel momento como uno de los mejores del país (3).

Reseña además uno de los proyectos de Arte en la fábrica, desarrollado en Matanzas en las fábricas Bellotex y Rayonitro por los artistas Ana Gladis Falcón, Carlos Miguel Oliva, Roberto González y el propio Borodino, en pintura sobre tela. Los escultores Emilio Mora, Osvaldo Betancour, Omar Castro, Sergio Roque, Antonio Mederos y Lázaro Muñiz gestando esculturas con objetos inutilizados de la Rayonitro. De la misma manera, recuenta la noticia de un happening llevado a cabo por un grupo de estudiantes de la Escuela de Arte liderados por su profesor Orestes Barrios Marañón. Todas estas acciones ubicadas en el segundo quinquenio de los años 80, evidencian una sintonía a la par de todo el movimiento que se gestaba en la capital y connotan un momento relevante que inserta la temática social en el panorama visual matancero.

Este ímpetu respondía al llamado del “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” que se desarrolló bajo indicaciones precisas de la propia dirección política del país. El movimiento artístico se impregnó de una perspectiva crítica que se inmiscuía en los temas de significación social.  Esto es clave para entender no solo la evolución y posterior desarrollo de nuestras perspectivas conceptuales, y del interés de los artistas matanceros por activar y enriquecer nuestro propio contexto visual; sino de la coherente comunicación y viabilidad de los elementos que coincidían con desarrollo del pensamiento artístico del país y la respuesta a la instancia oficial.

Es en este momento donde más se evidencia la participación activa de los artistas en el entorno social, sin desarrollar una filosofía de grupo que no fuera la participación masiva en exposiciones. Sin embargo, se percibe un ambiente favorable y una relación abierta entre publicaciones y eventos artísticos, además de una sintonía consecuente de los intereses creativos que movían a la producción artística de entonces. Es en este periodo en que tiene lugar el taller de fotografía Julius Fucik en la Casa de la Cultura, que abriría las puertas al impulso definitivo que tendría la fotografía en Matanzas a inicios de los 90’, y que ya tenía sus primeras voces con las series de Enrique Ramírez, Abigaíl González, Fernando Arencibia, movimiento al que precedía la obra fotográfica de Ramón Pacheco con sus series de desnudos y sus experimentaciones con fotomontajes, fotocollages, secuencias, ensayos e instalaciones; que venían calando y provocando disturbios en el contexto artístico de la ciudad desde el año 1985.

Todo el impulso creativo de este momento se diluye con la crisis de los años 90, que acabó de cuajo con un estilo de vida e impuso nuevas demandas vitales para la población de la ciudad y de la provincia en general. De cualquier manera, esta crisis económica solo marca el comienzo de una reconfiguración completamente diferente del contexto social y artístico.

(Continuará)

*Publicado originalmente en Abriendo la gaveta, blog personal de la autora.

Notas:

(1) Génesis de los salones provinciales, iniciado en 1975 según Mariela González Robaina en su monografía: Breve reseña histórica sobre las Artes Plásticas matanceras. Material digital. Centro de Documentación del CPAV, Matanzas.

(2) Trabajo monográfico que refleja brevemente la evolución de las artes plásticas en la provincia hasta los años finales del siglo XX.

(3) Refiere Fuentes: “Una figura de la época que se ha convertido en mito, casi en leyenda por no hallarse entre nosotros es la de Borodino, grabador y pintor prolífico, catalogado por Rufo Caballero en un artículo del año 90  como uno de los mejores pintores del país. Un artista de fuerza expresionista con referentes de Goya, José Luís Cuevas y Antonia Eiriz.” Invitado a la segunda Bienal de La Habana en 1986.

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