Carlos R. Escala Fernández

En el panorama de las dos últimas décadas del siglo XX y lo que va de esta centuria, quedaron abolidos, los límites, las militancias y credos en el campo estético. La coherencia queda más constreñida al terreno de lo ético; si bien en el aspecto formal constituye una basa fundamental para el crecimiento artístico e intelectual del autor y como actitud le ayuda a desarrollar el proceso de investigación-creación que emana de su contacto con la realidad y la forma en que refleja su concepto de la misma.

Acercarse o distanciarse de la obra de Adrián Socorro para contemplar el detalle o para abarcar toda la superficie pictórica con la mirada, constituye un ejercicio de doble fruición. En él se mezclan dos experiencias distintas del placer, el que nace de lo estrictamente sensorial y el asociado al carácter lúdico del arte y su diálogo con el perceptor. Inclúyase la connotación catártica individual y colectiva por la que se libera el o los nudos que atenazan la conciencia.

Encasillamientos formales como “neoexpresionismo”, “bad painting”, de poco sirven cuando el artista se concentra más en el qué se dice que en el modo de expresarlo. Pues de momento puede utilizar formas casi goyescas como las de la Quinta del Sordo para poner en primer plano una suerte de herejía involuntaria del hombre “castigado” por ser “Héroe”, emplazar a sus inquisidores y mostrar cómo Saturno devora a sus hijos. La imagen es casi piadosa y difiere de las otras composiciones que plantean nuevas visiones de viejos fetichismos y falsas apoteosis y le acercan más y sin premeditación a artistas como Edouard Buzon y Jacek Gaczkowski.

Líder contemporáneo

La paleta se presenta restringida a los primarios, algún que otro secundario y grises y negros, según la pieza. Estos poseen un peso específico a partir de connotaciones pictóricas o subjetivas que Adrián escoge por su propio gusto, el valor plástico o los significados que han sido codificados en la práctica social. Objeto, color e idea, encuentran en los títulos la complicidad necesaria para orientar la percepción o dejarla abierta a todas las interpretaciones posibles. Al fin y al cabo, un “cuadro” seguirá siendo un “cuadro”.

El sarcasmo y el choteo se dan la mano para discursar seriamente sobre problemas cotidianos con una estrategia que ora privilegia el tropo, la polisemia, ora la imagen directa, descarnada. Momo y Eros entran y salen de una “escena” de la que el espectador participa activa o pasivamente como receptor y parte del diálogo o como voyeur. Es como una vitrina que el público parece contemplar desde afuera o como si estuviera inmerso en ella. Semeja el recurso cinematográfico de cambiar el punto de vista narrativo según el plano en cuestión.

Los géneros se trastocan o recrean. El paisaje se convierte en alegoría, la figura humana en bodegón y el bodegón en metáfora. Pero de repente, los extremos de la violencia y el aislamiento, de la lucha por la subsistencia, por alcanzar un estatus codiciado, se transforman en un universo onírico, en la poesía de la niña mala a horcajadas sobre el pez y con una planta en su mano. La pubertad erotizada de la “fábrica de chocolate” ha dejado una gota de esperanza a la inocencia infantil en medio del batey. El creador encuentra una luz al final del túnel y la señala. No solo conmina a seguirla, sino que hace responsables a todos de su futuro. Esa es la arcilla, falta moldearla y cocerla. En el mundo está la simiente de la utopía.

*Texto tomado de https://artecru.com/es/project/adrian-socorro-suarez/

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