Magaly Espinosa

La vida resuelve los problemas que plantea.

Hace apenas unos meses el artista Elvis Céllez expuso en pleno centro habanero un conjunto de sus obras (1). Esa muestra fue curada por Rufo Caballero, quien escribió las palabras al catálogo (2). En las mismas se refirió a los rasgos estilísticos que caracterizan la obra de este creador y estableció las conexiones de sus obras con algunas de las figuras más destacadas del arte cubano de los últimos veinte años, distinguiéndose, dentro de la  vertiente expresionista, por la forma tan particular de conjugar los contenidos que aborda, con los recursos formales que esta tendencia brinda.

En esta ocasión, en un espacio no tan céntrico, nos vuelve a convocar con nuevas piezas en las que conserva su estilo expresionista, copado de fuerza, riesgos temáticos y destreza formal (3).

Elvis continúa sin interrupciones los temas y las formas composicionales que han ido caracterizando su creación, sin que decaiga su energía, la inteligente conjugación de imagen y texto, lo atrevido de los temas y la diestra solución pictórica. En el mullido contexto del arte cubano, estos factores le permiten ocupar un lugar destacado dentro de la oleada de jóvenes artistas que priorizan la pintura.

Él se acerca a la tradición pictórica abordando con total desprejuicio desde sus interioridades, el tema espinoso del género. Con sus juegos de imágenes, posturas, frases que brotan de circunstancias, hace un pase de cuentas de las presiones e incomprensiones sociales con las que cargan las elecciones vinculadas a lo sexual, poniendo frente al espectador una verdad cruda: lo vulnerable que son los intersticios genéricos. Es muy aguda su forma de afrontar este tema como parte de la diaria subsistencia, deslizarse por los ocultamientos que se cuecen entre las apariencias, los roles compartidos y el submundo, que en nuestro continente camina por las calles como un componente normal de la vida diaria.

Quizás una de los aspectos que más lo sintonizan con la pintura que se realiza en el presente, sea que cumple a su vez, todas las exigencias de este tipo de arte, sin que le incumban los interrogantes sobre su presunta muerte, su vaciamiento temático, ni las obligaciones que  debe asumir al tener que compartir su espacio con otros tipos de arte. Es pintura-pintura lo que sus lienzos contienen. Pero a su vez, su obra es muy contemporánea, parece salida de un comic, un graffitti, de una película de género negro, o de las imágenes que usa el cineasta Almodovar de fondo para sus filmes.

Este artista experimenta en lo formal trasmitiendo por medio del color parte del contenido de las obras, no solo podemos dialogar con las figuras, también con los tonos, los fondos, los matices que se degradan alrededor de estas. Todos estos recursos nos hacen sentir la agresividad y la angustia de las situaciones que presentan las piezas.

Estas pueden ocurrir en cualquier lugar, siendo el referente simbólico de la ciudad el que más parece contextualizarlas. Pero también es posible que no sea ese el espacio físico en el que realmente sucedan los acontecimientos que narran las obras, aunque su recurrencia citadina es lo que hace que se puedan plantear las cosas de esta forma, porque las ciudades cargan culpas que no solo ellas merecen.

En esto radica su universalidad: lograr que los temas estén metidos en el tejido de la vida del presente. No obstante, paradójicamente hay un espíritu indefinido que emana del lugar donde habita el artista, Las Minas de Matahambre, en el que esas tragedias cotidianas de la intolerancia son más duras y persistentes, como señala Rufo en el texto citado “es un emporio que vive del recuerdo” (4).

El referente cultural de su hábitat, no solo le aporta imágenes, también debe haberle dado  experiencias muy fuertes de desarraigo y soledad, haciéndolo participe de la brutalidad que emana de los diálogos entre las figuras, del encuentro entre los cuerpos: agredidos, inseguros, como expuestos a la mirada de un voyeur, identificados con los criterios que juzgan al “diferente” y lo hacen siempre acusado, aunque el acusador se oculte, se solape, en esa masa amorfa de lo social.

Cada obra nos habla de un suceso que no se despliega temporalmente, sino que se detiene como si fuera el instante más descarnado, o el fin. La narración tiene una presencia sorda en la obra y los textos que se integran a las pinturas, mal escritos y poco legibles, semejan sentencias, advertencias, simples frases que sintetizan todo un suceder.

En la exposición que nos ocupa se puede apreciar una de sus mejores creaciones: Todos vamos a morir junto a nuevas piezas que se le sitúan a igual nivel o se le acercan, como sucede con Todo lo que ha vivido una vez ya no muere. Esta es especialmente significativa porque en ella se repiten los elementos estilísticos a los que hemos hecho referencia en cuanto a vincular el estilo realista y el expresionista. En la composición de las obras prima la representación realista, desplazando a un segundo plano una pátina expresionista que inunda toda la obra, ambas se interconectan por medio de la ambigüedad que presenta el título, pues es conocido que Las Minas de Matahambre, ya no son lo que fueron y esto ha provocado muchas desventuras en sus habitantes, y sin embargo, el rostro de los mineros es complaciente, posan para el recuerdo.

No hay paliativos para las problemáticas que aborda. El espectador tiene que asumirlas tal cual son: sin anestesia.

*Texto revisado para la presente publicación. Otra versión del mismo apareció en: CdeCuba. No 11. 2012. Pp. 50-53.

Notas:

(1) Antes del amanecer. Galería Servando. Ciudad  Habana. 2005.

(2) Rufo Cabellero. Que se vayan ellos, o quién es el monstruo. Palabras al catálogo de la exposición Antes del amanecer.

(3) Exposición: Presión baja y otros estados. Colateral a la IX Bienal de la Habana. Galería Eduardo Abela. San Antonio de los Baños. 2005.

(4) Rufo Caballero. Ob. cit. p. 4.

Otros textos sobre Elvis Céllez:

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