Héctor Antón Castillo

La Bienal de La Habana es como la red de un pescador lanzada en altamar. Siempre nos trae algo: una pieza contundente, la memoria futura de un acontecimiento crucial, un exiliado que vuelve a la Isla luego de una prolongada ausencia, el sabor amargo de la periferia tercermundista, el turbión de ofertas sucias perpetradas en nombre de las bellas artes. La Bienal nunca es un éxito o un fracaso rotundo, sentido que podría darle un observador exageradamente lapidario. La Bienal es un show que invade la ciudad con una suma de fragmentos disímiles. Suerte que de cada edición queda algo para confrontar, en medio del tedio causado por la homogeneidad discursiva que suele caracterizar al evento cumbre de las artes visuales cubanas. Dichas salvedades pueden irrumpir en los recintos habituales del Complejo Histórico-Militar Morro-Cabaña o en cualquier sitio habilitado para una ocasión singular. Adentro o afuera, tiernas o brutales, las reconfortantes sorpresas liberan al espectador del recio corset de lo predecible.

Memoria & Memory (2009) significó la intervención pública más atractiva de la Décima Bienal de La Habana. A partir de su inclinación por el objeto esculturado, José Emilio Fuentes (JEFF) concibió la ejecución de doce elefantes de acero que, aparentan ser inflables, ya que algunos tienen válvulas de aire y otros no. Esto último supone un ardid conceptual de la pieza. ¿Poseen todas la misma fuerza? El destino de la manada era realizar un peregrinaje con pausas en siete puntos de la ciudad, hasta culminar en el Centro de Negocios Miramar, donde se exhiben encaminados rumbo a las futuras áreas de desarrollo del inmueble. Gracias a diarios tránsitos nocturnos, los paquidermos iban llevando su cuota de prosperidad, serenidad y confianza a lugares de notable tráfico urbano. Más allá de sus implicaciones metafóricas, las criaturas de JEFF se quitaron de encima el mayor estigma que pesa sobre el arte contemporáneo: la indiferencia. Estos iconos de la multitud fueron una contundente respuesta a un encuentro que tuvo a la resistencia entre sus pilares curatoriales.

Contra el historial épico de ciertos espacios intervenidos, Memoria & Memory trajo el silencio de la paz, ese extraño fulgor de la inocencia que atrapa a seres humanos de cualquier edad, orientación sexual o raza. Un derroche de aparente mansedumbre que abarcó esa prosperidad inflada que se consume a diario en todo el planeta. Es como si la superstición doméstica saliera a las calles magnificada.

La elección de los espacios constituyó otro acierto de la intervención pública. Desde el Capitolio Nacional, la Universidad de La Habana hasta la Plaza de la Revolución, el recorrido pretendió contraponer la carga sociopolítica de los enclaves donde reposarían las réplicas de elefantes africanos. No se trataba de remover los cimientos políticos o marginales de estos lugares, sino de agregarle un símbolo efímero que intenta recordarlo todo sin cuestionar nada.

Los elefantes grises de JEFF rememoran la grandeza y miseria históricas de una ciudad que prefiere obviar tragedias pasadas, mientras se enfrenta al acto de admirar y tocar unas esculturas recias por fuera y huecas por dentro. Quizás estos mamíferos esculturados representan un ideal humano que necesita una dosis semejante de fe, resistencia y esperanza, para hacer realidad los sueños acumulados en la vertiginosa inmediatez.

El revés de la trama

Una tarima con pequeños micrófonos instalados. Dos jóvenes con traje verde olivo custodian la tribuna. Ellos evitarán que los oradores improvisados rebasen el minuto donde podrán decir lo que piensan o sienten. El Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam se halla abarrotado de gente. Un técnico de sonido comprueba que el audio funcionará sin interrupción alguna. Alguien cuida de las palomas que deberán posarse en los hombros de quienes elijan convertirse en performers tan solo una noche. La profesora y esteta Lupe Álvarez (residente fuera de la Isla) no consigue detener el llanto que le provoca su amago de articular un discurso convincente. Pero sus lágrimas resultan melodramáticamente orgánicas y hasta conmovedoras. Después vienen las voces disonantes aprovechando el banquete de la diferencia. También aparecen los defensores incondicionales de la lealtad a los principios que otros fustigan sin pelos en la lengua. No hay ganadores ni vencidos. Solo triunfa el gesto de crear una plataforma de opinión, regida por antagónicas dudas y certezas históricas.

Al final, la artista Tania Bruguera agradece la intervención del público y se retira del estrado. Un crítico, poeta y curador que peina canas exclama visiblemente eufórico. “Después de esto, quién podría alegar que esta fue una Bienal pacata, sin ningún riesgo”. Solo que para arribar a esta conclusión habría que obviar demasiadas cosas. Más tarde llega el rumor, ese enemigo rumor que acaba pereciendo en el terreno de lo infundado.

Desde el juego de pelota de 1989 no se registraba en la plástica cubana un gesto tan abiertamente provocador como éste. En efecto, la acción de Tania Bruguera puso el dedo en la llaga: la falta de una producción visual que aborde la realidad política insular en su plenitud de matices ordinarios y extraordinarios. Se hace tanto arte apolítico en Cuba que todo cuanto roce la inmediatez social huele a panfleto. De ahí que propuestas como Galería i-meil de Lázaro Saavedra y la Cátedra Arte de Conducta (otra pieza de Bruguera) puedan resultar anacrónicas debido a su exceso de realidad. Nadie discute que el performance de Tania se transformó en chocante panfleto, donde ella resultó espectadora de su propia obra.

Vale recordar que la movida de los ochenta continúa siendo la etapa más aguda del arte fresco hecho en Cuba pos59. Asimismo, es preciso recalcar que gran parte de las posturas anti-masaje visual de aquella ochentiana noción del riesgo eran constantes y sonantes panfletos, destinados a remover las buenas conciencias que mantenían el equilibrio de la producción ideológica cubana. La pieza de Tania estimuló la posibilidad de afiliarse a una u otra variante panfletaria.

La reafirmación performática diseñada por la Bruguera vindicó la irreverencia como simulacro. En definitiva, lo que para unos es inaplazable cuestión de principios, para otros en mero juego para seguir en la pirueta de fundir el arte con la vida. Porque ya sabemos que artistas supuestamente temerarios gustan de lavarse las manos con agua y fuego según gire la veleta del protagonismo rentable. Esta acción parece no interesarle transgredir la barrera infranqueable de asumir una actitud presuntuosa de un radicalismo extremo. Más bien la idea prefiere ocultarse en el arca donde coquetean sin enfrentarse imaginarios tan honestos como camaleónicos.Las propuestas de JEFF y Tania Bruguera entablaron un atractivo contrapunto entre lo sutil y lo directo, juego y no-juego, la memoria y su tiempo, el objeto y su desmaterialización. Aunque en el caso de Bruguera, el polémico desenlace radicó en ser una obra donde el artista no puede tener un control sobre el espectador que completa su lectura. Ambas piezas connotaron a la Décima Bienal de La Habana de esa infinita posibilidad, capaz de sorprender al público más allá de lo que todo el mundo sabe y todo el mundo espera. Ellas potenciaron la esencia vital de premisas curatoriales del evento tan ambiciosas como integración y resistencia. Sirva este humilde testimonio para construir futuros recuerdos del acontecimiento que, como aludíamos al inicio, siempre es un motivo para interpretar la contemporaneidad.

*Texto de 2009 publicado originalmente en salonkritik

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