Luis Rey Yero

Nuevos derroteros artísticos

Con Luisa María Serrano Fernández  (Lichi) (Tuinucú, 1947) el imaginario femenino espirituano se sumerge por vez primera en el micromundo de la mujer rebelde, inconforme, denunciadora de una condición humana mediatizada por un juego de roles injusto y de subordinación falocentrista. Sus obras son un permanente grito de protesta, hasta en las más ingenuas y delicadas creaciones se aprecia ciertos tintes burlescos. Dibujante, ilustradora y artista del tapiz su labor comenzó en la década de 1960 de forma autodidacta, aunque luego se incorpora al  Taller Libre de Artes Plásticas de Sancti Spíritus durante varios años. Su dilatada labor como dibujante permite dividir su creación en varios períodos desde una óptica dramática, expresionista, hasta llegar a temas de mayor lirismo, aunque sin dejar de abordar la cotidianidad con refinado humor e ironía. A fines de la década de 1990, como resultado de su experiencia de residir trece años en Venezuela, aprende la técnica del tapiz, por lo que comienza una nueva etapa.  Sin llegar a renunciar a sus principios estéticos y conceptuales sobre el ámbito y la época convulsa en que vive crea a partir del bordado punto cruz exquisitos y originales tapices de valor artístico reveladora de un dominio del color y la composición inusuales. Ahora combina indistintamente su tiempo entre el dibujo y el tapiz.

Luisa María Serrano (Lichi)

Alicia Leal Veloz (Taguasco, 1957), a pesar de su residencia habanera desde muy joven, nunca ha dejado de incorporar en su obra la cosmogonía campestre saturada de asombro primigenio tan cercana a su infancia taguasquense. Pintora e ilustradora, graduada en la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro de La Habana en 1980, su creación parte de la manipulación consciente de ciertos códigos ingenuos, logrando construir un mundo imaginativo de múltiples resonancias semánticas donde siempre está presente como protagonista la mujer cargada de metáforas, sueños y vivencias subyugada por el entorno onírico de referentes propios de lo real-maravilloso americano. El espléndido uso del color hace de sus cuadros un festín visual de alegres cosmovisiones. Porque definitivamente Leal ha logrado combinar con sabiduría la espontaneidad del naif con los principios que rigen la composición y el uso acertado de los matices cromáticos libres de cualquier referencia de profundidad de campo. Quizás esa cualidad de ubicar personajes y objetos en un mismo plano obedezca a los influjos de Juan Moreira, quien lleva a sus obras los fundamentos del diseño.

Alicia Leal

Si bien Olimpia Ortiz Porcegué (Sancti Spíritus, 1960) mantiene la residencia en la capital del país a pocos años de graduarse como pintora en la Escuela Nacional de Arte en 1979, su estancia espirituana de dos años le permitió desplegar toda su energía como artista y promotora consagrada. Mediante su tenacidad logró crear un ambiente favorable para desarrollar las artes plásticas en la provincia. Llegó a la ciudad natal en una época de significativos cambios ideo-estéticos dentro de la localidad siendo ella una de sus protagonistas. Por el dominio de las diferentes tendencias ha incursionado en el informalismo y la neofiguración con propuestas contemporáneas sobre la razón de existir del cubano. Estas permanentes búsquedas y tanteos conceptuales  le permitió introducir novedosos lenguajes expresivos en el ámbito espirituano. Luego de sus series creadas en Sancti Spíritus en busca de la identidad cubana y caribeña, continúa su labor creativa por los derroteros temático-conceptuales de la neofiguración con sus torsos desgarrados dentro de atmósferas tenebristas de tintes irónico, sarcástico y de rejuego con la muerte.

Durante esta época la localidad va adueñándose de nuevos derroteros artísticos con la complicidad de la mujer. Bajo los influjos de la tolerancia creativa aparecen en el panorama local dos mujeres cultoras del arte ingenuo o naif: la escultora del estropajo Benita Martín Hernández y la pintora Margarita Porcegué Díaz. Ellas consolidarían esta vertiente con propuestas temáticas muy cercanas al micromundo casero en que vivieron libres de cualquiera influencia exógena. Al contemplar la obra de ambas artistas se descubre el ojo avisado para contar historias cotidianas, cargadas de humanidad. Son imágenes pueblerinas que dan protagonismo a los innombrados, a aquellos personajes cuyas existencias transcurren sin el sobresalto de la vida moderna.

De Benita Martín Hernández (Sancti Spíritus, 1931-2011) se puede afirmar que llegó a hacer escultura blanda con fibras de estropajo, de modo que no fue una artesana más con habilidades para crear figuritas. Su capacidad para moldear animales, hombres y mujeres ancianos en pequeña escala con perfecta armonía de sus proporciones le granjeó la admiración del público cubano y extranjero. Su alta capacidad de observación le permitió llevar a la fibra vegetal la psicología de los rostros humanos, rasgos que la convierten en una excepcional artista. De procedencia campesina, logró darles autenticidad a las gentes humildes del campo o la ciudad al dotarlos de una expresividad inimitable. En cada una de sus obras se siente la sensibilidad de la artista por crear una galería de personajes sin historia perpetuándolos a través del estropajo.

En las obras de Margarita Porcegué Díaz (Sancti Spíritus, 1919-2009) se plasman espacios interiores de casas espirituanas y segmentos de paisajes urbanos donde prima la evocación colonial. Son imágenes donde parece que el tiempo se ha detenido, hay una especie de escenografía donde se representan caracteres apenas silueteados por la mano ingenua de la artista. Por lo general las figuras humanas que recrea pertenecen a las clases humildes de donde ella misma procedía. Resulta  característico en esta artista el empleo rústico del color que, a veces, ensucia dándole un carácter más espontáneo y de sello auténticamente ingenuo a sus cuadros.

Ania Toledo

Siguiendo la tradición paisajística surge en la década de 1990 una pintora que con el transcurrir del tiempo se convertiría en paradigma de esta tendencia: Ania Toledo Hernández (Cabaiguán,1957). Gracias a esas manos de fina sensibilidad que transponen lo concreto sensible para crear otra realidad mucho más sugestiva,  ella ha logrado hacer aportes sustanciales a la tradición paisajística espirituana. Cuando esta artista penetra los misterios de la espesura vegetal hay un fuerte aliento humanista que tanto rememora la poética del pintor cubano Tomás Sánchez. Su secreto encanto radica en el dominio de las luces y las sombras, en la captación corpórea de atmósferas de azulosas transparencias y empastes fuertes que subrayan los espacios evanescentes de sabor ecologista. Alguna que otra naturaleza muerta, particularmente motivos florales, da un toque de acuciosa sensibilidad femenina a sus propuestas a pequeña escala creándose un contrapunto atrevido con obras de mayores dimensiones espaciales. Ese jugar con diferentes escalas le permite ser evaluada como una consagrada de la imaginería vegetal del trópico.

Y llegó el influjo posmoderno

La nueva sensibilidad ideo-estética que adquiere protagonismo en Cuba en la década de los 80 con sus proyectos instalacionistas, performáticos y de arte povera se van filtrando en el entramado espirituano a fines de 1990 y toma cuerpo definitivo con los inicios del presente siglo. Nuevas voces se alzan, jóvenes en su mayoría graduados de escuelas de arte o de carreras afines entronizan la voz reflexiva en un ámbito donde coexisten otras tendencias menos agresivas, más contemplativas o de predominio factual. Ahora las mujeres asientan plaza en el panorama de las artes visuales espirituanas. Lo que Luisa María Serrano (Lichi) anunciaba con sus obras saturadas de rebeldía anticontemplativa un modo diferente de hacer arte se convierte ahora en postulado vital. Esta nueva promoción de mujeres artistas expone lo femenino desde diversos enfoques y sensibilidades estéticas mediante el uso de soportes novedosos o tradicionales.

Marianela Orozco Rodríguez (Sancti Spíritus, 1973) al realizar intervenciones públicas, performance y video arte la convierte en una de las creadoras espirituanas más versátiles de los últimos tiempos. Licenciada en Letras en 1996, sus propuestas hacen alusión a temas contemporáneos de obligada referencia como el sometimiento femenino, el estrés, las angustias ciudadanas. Hay en ella una preocupación humanista a partir de sus presupuestos anclados en un arte desencadenador de catarsis sociológica. En otra vertiente acude al conceptualismo al estilo de los postulados de Kosuth para ofrecer nuevos imaginarios femeninos. Esos saberes de interés universal le han permitido convertirse en embajadora de la cultura espirituana en diferentes latitudes del planeta. Porque de lo que se trata es de indagar sobre las actuales actitudes del ser social invadido por formas conductuales reprobables para nuestra especie cada vez más imbuidas por actitudes hostiles e intolerantes dentro de un ámbito de acechanzas. En otras obras se descubre a la artista dispuesta a jugar con el imaginario colectivo con sus inteligentes propuestas discursivas.

Dentro de esa cuerda discursiva de preocupación humanista se encuentra también Lisandra López Sotuyo (Sancti Spíritus, 1973) quien demuestra también amplia versatilidad al inclinarse por la pintura, el dibujo, la instalación, la performan y la intervención pública. Graduada en Medicina, sus temas recurrentes infieren enfermedades o padecimientos del ser social desde un sustancial proceso analógico de referencias psicosociales. Mediante sus contactos con el Departamento de Intervención Pública (DIP) del ISA ha elaborado proyectos que abordan preocupaciones del ser humano avocado a la dicotomía salud-enfermedad. Las propuestas recurren a los modelos de diagnóstico clínico para hacer arte  desde sus propias experiencias médicas. A partir de tales presupuestos sus obras desbordan los límites entre el arte y la medicina. Convierten sus creaciones en llamados de alerta acerca de la fragilidad humana y la necesidad de buscar el equilibrio entre la espiritualidad inherente a la condición humana y el cuerpo físico.

Yamisleydi Martínez García (Trinidad, 1974) Pintora, ceramista, diseñadora y escultora. Graduada en la Escuela de Artes Plásticas de Trinidad en 1993. Sobre su creación escribe Mildrey Betancourt Rodríguez, autora de la tesis de diplomante Confesiones de una academia, que la artista se ha empeñado en mezclar elementos del collage con la pintura y en otros casos convierte determinados objetos, como la cafetera, en expresión del mundo femenino. En sus exposiciones resulta recurrente la contradictoria existencia entre el ama de casa y los enseres domésticos que la rodean. Hay en toda esa visualidad un enfoque de ironía reflexiva como se aprecia también en sus obras elaboradas con papier maché y las forjadas en metal.

Yudit Vidal Faife (Villa Clara, 1979) Pintora, dibujante, instalacionista, graduada en la Escuela de Artes Plásticas de Trinidad en 1998 y en el Instituto Superior de Arte  como restauradora y conservadora de bienes mobiliarios en el 2008. Para Mildrey Betancurt Rodríguez esta artista constituye un ejemplo de la vuelta hacia tendencias como el surrealismo, que define su obra. La figura femenina acompaña parte de su creación desde la perspectiva de su visión cuestionadora. De igual modo ella juega con figuras caricaturizadas donde fusiona elementos simbólicos entre lo humano y lo alado. Por sus temas referidos a la niñez donde plasma todo el imaginario posible en sus propuestas instalativas exhibidas en diferentes espacios galerísticos en Cuba y el extranjero se le proclamó embajadora de buena voluntad por la UNICEF.

Maria Elina González-Elias Mirabal (Calabazar de Sagua, 1983)  Arquitecta graduada en el 2006, ejerce la fotografía artística. Es miembro fundadora del Club Fotográfico Espirituano  FOTOSS. Desde su primera exposición personal muy bien acogida por el público y la crítica se aprecia a la artista preocupada por el arte de género. Resulta evidente que en esa muestra se observa su capacidad de conducir al espectador por los vericuetos de inquietudes personales que adquieren connotaciones analógicas y no se trata de la simple transposición semántica de sentido, hay todo un rejuego de simulacros femeninos que alertan sobre la capacidad de soñar, intuir peligros, unirse al dolor colectivo de una época convulsa, transgresiva.

Estas son las propuestas, quizás alguna que otra artista haya quedado fuera de la relación; pero al menos existe la posibilidad de haber expuesto figuras femeninas emblemáticas que en diferentes épocas han enriquecido el reservorio de las artes visuales desde aquellas que utilizaron temas y técnicas más tradicionales hasta las que emplean nuevos soportes para reflejar las inquietudes del tiempo que les tocó vivir. De trazar una cartografía diacrónica se apreciará que en mayor o menor magnitud el imaginario femenino de las artes visuales espirituanas ha vibrado al ritmo de los procesos psicosociales de cada período en un mano a mano con la impronta varonil.

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