Jorge Luis Montesino Grandía

Guido Leopoldo Benito Llinás Quintans, nació en la ciudad de Pinar del Río el 21 de marzo de 1923. Fue pintor, grabador, dibujante e ilustrador. Miembro activo del vanguardista grupo de pintores y escultores abstractos Los Once, La Habana, 1953. Todas, actividades por las cuales se le conoce predominantemente en el campo artístico cubano. En menor medida autor y copartícipe en pinturas murales. Algunos ejemplos que serán mencionados a continuación distinguen a Guido Llinás en el marco inmediato del grupo Los Once. Asimismo, impartió clases en escuelas de Artemisa y culminó estudios de pedagogía en la Universidad de La Habana éste último año. Residió en París desde mayo de 1963 hasta su fallecimiento en el verano de 2005. Con posterioridad, visitó su tierra natal en dos ocasiones. Su pensamiento artístico-cultural y su obra en general encontraron una sólida base creativa en los fundamentos estéticos de una abstracción insular.    

Se debe señalar que la etapa de vida y formación de su personalidad, así como las primeras incursiones artísticas en los años cuarenta en Pinar del Río, son mayormente desconocidas. Del mismo modo, olvidada y desatendida, merece ser registrada su participación en la pintura mural. Veamos algunos aspectos del tránsito profesional y artístico de Llinás Quintans que también tributaron a su inclinación por la pintura plasmada en fachadas interiores y en espacios públicos. 

1943 marcó un giro en la vida del esbelto mulato, visible jugador de básquetbol mientras estudiaba en la Escuela Normal y en el Instituto de Segunda Enseñanza de Vueltabajo. Aquel pródigo año, con veinte de edad, visitó una exposición de Wifredo Lam en La Habana y conoció de cerca las pinturas de Amelia Peláez y José María Mijares. Una serie de recursos formales y temáticas, sin dificultad identificable, absorbió del pintor francés Paul Gauguin, conocido a través de un libro luego de la antiacadémica ingestión aprovechada antes por pintores cubanos como Víctor Manuel, Arístides Fernández, et al. El joven Llinás quedó prendido de éstos creadores por el uso de los grises, el negro y la expresiva línea que precisa las áreas y los símbolos, cualidades reconocibles ya en sus primeras incursiones pictórico-figurativas de ésta década.

De modo general, tanto el mismo Guido como los  escasos acercamientos escriturarios a su vida y obra desde Cuba, ubican sus inicios artísticos y currículo expositivo en 1952. Sin embargo, además de los antecedentes esbozados en las líneas anteriores, en 1946 participó durante una muy corta temporada en un Cursillo de Verano, antecedente de la Escuela Provincial de Artes Plásticas y Aplicadas de Pinar del Río. Asimismo, entre éste y aquel año laboró con ímpetu en la pintura y en el dibujo de forma autodidacta. Realizó paisajes de ambiente bucólico, cercanos a su vivencia pueblerina; marinas y retratos a familiares y amigos. Produjo sus visiones de búcaros con flores; que no bodegones ni las clásicas naturalezas muertas, géneros característicos de la pintura histórica occidental. Exhibió algunas de sus obras, por ejemplo, Casas de Cayajabos, óleo sobre mazonite, en el Círculo de Bellas Artes, 1946. Etapa de estudio e interpretación.

Casa de Cayajabo, óleo sobre masonite de 1946

Muy al final de los años cuarenta transformó radicalmente la manera de entender y hacer arte: sustituyó el lienzo por la cartulina y el papel, el óleo por la tinta y las plumillas; simplificó el tratamiento formal y compositivo de la figura humana concediéndole protagonismo a una línea que entonces anunciaba ciertas formas geometrizantes, angulosas, abstractas. Pasó de una visualidad afrancesada  puesta en práctica por la vanguardia cubana desde la década de 1920, a la experimentación y juego formal con el dibujo y la línea de influjo informalista norteamericano. 

Todo este caudal lo aprovechó en la ejecución de pinturas murales en diferentes etapas creativas, que abarcan los años cincuenta hasta inicio de los sesenta, antes de marcharse a París tras obtener una beca de estudios concedida por el Gobierno Revolucionario.

Entre aquellas pinturas suyas de grandes dimensiones en residencias privadas e instituciones estatales, menciono una en la vivienda de un familiar por la línea materna,  de apellido Quintans, cita en la calle Máximo Gómez, entre Rosario y Polvorín, ciudad de Pinar del Río. Quizás ésta sea una de sus obras menos referidas y de dominio público debido a su ubicación. 

La casa de estilo Arte Deco, estética predominante en la arquitectura vueltabajera y con valiosos aportes a escala insular, acoge un mural en el cual Guido Llinás logró armonizar la función decorativa y la utilitaria de la pintura mural. Se trata de una doble intervención: arquitectónica y pictórica. La primera, debió responder a los intereses de los propietarios al escoger un fragmento de pared como escenario o soporte de la pintura, para lo cual adaptaron un ángulo de la pared externa del patio interior. A su vez, el panel fue cubierto con un techo de vidrio en forma de vitral monocromático. Por otra parte, un mural de tema festivo acorde al servicio de bar y cantina para el encuentro de familiares y de allegados. Formalmente, el mural conjuga elementos de la pintura figurativa y  la abstracción geométrica. 

Mural en casa de Pinar

Cabe señalar que en la localidad pinareña se conservan otros murales. Las décadas de 1920 y 1930 sirvieron de marco para qué pintores y decoradores populares plasmaran imágenes en paredes de comercios, tiendas, estadios de beisbol, cafeterías, bares, e instituciones y sociedades de recreo. Uno de ellos es la inmensa pintura con motivos marinos confeccionado por el artista Ramón Mijares en el techo interior del Teatro Milanés. Se conserva restaurada. Asimismo,  Porfirio Laborí y Raúl Eguren Cuesta pintaron anuncios o publicidad sobre telas y otros soportes de gran escala para obras teatrales y películas en el Teatro Aída (en el antiguo terreno del actual Cine Praga). Las Ferias de San Rosendo engalanaban la ciudad pinareña durante sus festejos anuales con motivos y temas religiosos, culturales y humorísticos. Otros artistas, como Joaquín Crespo Manzano, realizaron murales de cálida paleta y motivos marinos en residencias particulares e instituciones de enseñanza, actualmente en buen estado de conservación.

En espacios públicos, el pintor abstracto Llinás Quintans plasmó uno en el Restaurante La Roca, y participó en otro de ejecución colectiva en la heladería Coppelia.

Las escasas referencias fotográficas y orales que obtuve sobre éste último me fueron entregadas por los herederos del pintor en 1999, cuando tuve la oportunidad de consultar el voluminoso archivo de la familia y el personal de Guido Llinás, conservado en la residencia de Pinar del Río. Además de algunos datos que el mismo artista hubo de comentarme a través de conversaciones sostenidas por la vía telefónica. 

Mural de Coppelia

El mural existió en la zona perimetral de la heladería Coppelia y orientado hacia éste. Debió ejecutarse antes de 1963 con la participación de varios pintores, al parecer afines a la estética informalista del grupo Los Once, varios de ellos vinculados al Suplemento Literario Lunes de Revolución, del periódico Revolución, órgano oficial del movimiento 26 de Julio. Magacín artístico en el cual Llinás colaboró con pinturas, dibujos e ilustraciones. Igualmente, Antonia Eiriz y el mismo Raúl Martínez, a cargo de la dirección artística. La fotografía de éste mural pone de manifiesto algunos puntos de unión entre la concepción visual, criterios de diseño y de connotación doctrinaria asimilados por el Suplemento Lunes de Revolución, y la visualidad abstracta de Los Once, más bien cercana a la línea de Guido Llinás y de Raúl Martínez con su serie de cuadros y murales conmemorativos sobre los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y la gesta revolucionaria. En este sentido, salta a la vista el juego entre consonantes y medias palabras insinuadas, como la R, RE –Revolución– y el número 26 con trazos o brochazos gestuales en negro y grises.     

Miembros del Grupo Los Once, ca. 1954. De izquierda a derecha: Raúl Martínez (de pié), Hugo Consuegra, Francisco Antigua, Guido Llinás (de pié), Antonio Vidal y Agustín Cárdenas

Su interés por el arte moderno internacional y cubano, y por la pintura mural impulsó su participación en circuitos de legitimación internacional, y, por supuesto, habaneros y del centro de la Isla. Siendo joven apreció de cerca los valores artísticos que exhibía el Museo de Arte Moderno en Nueva York (MoMA). De igual forma, visitó centros de enseñanza pública en Villa Clara, en que diversos artistas cubanos plasmaron pinturas de gran escala o en paredes. Alguna fotografía, en el archivo familiar de Llinás y en el mío, conserva las evidencias.    

La pintura mural moderna, específicamente el movimiento muralista mexicano y la pintura social ejercieron marcada influencia en la creación artística cubana del siglo XX. 

*Texto recientemente publicado en el portal de la Biblioteca Nacional José Martí: http://www.bnjm.cu/noticias/1774/guido-llina-y-la-pintura-mural

En este blog hay otra entrada, el libro que Guido Llinás regaló a Antonia Eiriz: