Colectivo Dentro del juego

Llevo días pensando cómo escribir sobre la suerte de los artistas que deciden vivir o quedan anclados en provincias. Para ser sincero no llevo días pensando, más bien llevo años, llevo años pensando que escribir sobre el tema puede ser leído como un lamento. Porque es una convención mental, incluso, de los que vivimos tierra adentro, de los de más acá del interior.

Ser artista en provincia implica muchas verdades, de esas que no encajan, no ya con el sueño, sino incluso con la propia realidad básica de ser sostenible, para la sociedad, para la profesión e incluso la familia.

Implica tener la mentalidad, a veces, del kamikaze que sabe que va morir, aun así, se lanza contra ese algo invencible movido por una fe casi fundamentalista. Invencible, pero no innombrable, comenzando por la paradoja de que no hay legitimación veraz que ocurra fuera de La Habana, a partir de allí casi todo falla.

La promoción que puedas desplegar, incluso en alianza con las instituciones locales, son señales de humo en época de rascacielos. Las obras no pasan ni por la categoría económica de inversión a riesgo, se hacen con la certeza de que regresaran a acumular polvo y ocupar espacio en un taller, hasta un buen día.

Las vías instituidas no están tan bien establecidas y tampoco fundan lo necesario. Las motivaciones, cuando existen, desmotivan incluso al más entusiasta. Los artistas jóvenes, no todos, heredan pensamientos a vapor, procedimientos fósiles, y luego -o ya desde las propias escuelas de arte- trastocan emergente en comercial con la complicidad ingenua e irresponsable de las propias instituciones y especialistas.

Los que fungen como curadores, como críticos, tienen la paradoja de ser titulados en historia del arte casi siempre, pero desposeídos, en parte, de la voz que debían tener por derecho profesional. En cambio, se trasladan decisiones y acciones a directivos desconocedores de las dinámicas del arte, no siendo ese el problema esencial, sino su desubicación como facilitadores de procesos, su falta de atención a las necesidades reales e inmediatas.

Una nube generalizada de confusión y prejuicios resiste lo que pueda oler a contemporáneo, a vecesporque no hay ni siquiera una disposición a dialogar: ya están demasiado cómodos siendo coetáneos o velando el pedigrí ideológico yde nacionalidad. La maldita circunstancia del desconocimiento y la falta de compromiso por todas partes, “al menos con el arte”.

Así mueren obras, exposiciones, piezas, libros, textos y personas, de esas que nunca escucharás hablar pero que lo dieron todo, de esos que se merecen un monumento, al menos, “al desconocido”. Mueren también, en el silencio de la estruendosa cultura masiva, los receptores y públicos que pudieron ser.

Como parte del realismo mágico, el sedimento de tantas obras caídas es el renacer de muchas otras, algunas de las cuales para sobrevivir emigran, y luego, casi sin querer,tildan a los que quedaron de poco valientes o faltos de deseo de sacrificarse. Nada más lejos de la verdad, pero es comprensible porque se piensa así, hay una máxima, expongo en La Habana o en el extranjero, luego existo.

Cuando por mucho bregar se quiebra el bloqueo capitalino y se tiene la oportunidad de pasear una obra por esos lares, instintivamente se puede sentir que no hay muchos deseos de acogerte en su casa, como vacilarían en dejar entrar a la pulcra sala unperro con las patas mojadas. Con suerte habrá una recaída en una fría respetabilidad, inútil y estéril; se pasa sin saber que pasaste.

El ocasional eco en algún noticiero, publicación o charla es el mayor documento de la batalla de esos artistas por mantener a raya su desintegración.

Si se puede vender o no, a veces sencillamente no importa. Su permanencia es siempre un “estoy intentando recuperarme. Lo estoy intentando. Lo estoy intentando. Lo estoy intentando… “.