LA MANGA DE UNA CAMISA PROLETARIA. (Notas sobre “arte político” en Cuba)*.
Ricardo Alberto Pérez
La situación en la que nos encontramos desde hace algunas décadas segrega esa tinta deliberadamente tóxica que fractura la dramaturgia natural de los eventos. Conectados por diferentes vías a dicho panorama, intentamos expresar lo que nos inquieta y lo que nos oprime. Nuestros lenguajes tienen una herida abierta, cierta impunidad donde definitivamente se divierte el microbio, y sin percatarse hace un aporte al rostro de nuestro trabajo.
Toda la creación verdaderamente auténtica, gestada en la isla, parece conectarse de una manera u otra con dicho fenómeno; en particular resulta notoria la experiencia en este sentido de las artes plásticas. Fue justo en la década de los ochenta cuando con más visibilidad sus diversos lenguajes transgredieron los límites coartados por el poder y sus instituciones. Vomitando con acciones puntuales una materia totalmente inaceptable para esas instancias, provocando de manera inmediata una fricción que de alguna manera se mantiene vigente hasta hoy y que parece haber sido mucho más productiva para el arte que para sus adversarios.

De ese modo me resulta tentador e imprescindible raspar ciertas costras alojadas en la memoria cuando apenas nos separan pocos días de que se celebró en la Habana una bienal independiente (La Bienal # 00 de La Habana) (1) que ya se inscribe como un gesto más de resistencia ante las mencionadas políticas institucionales; y que a su manera constituye una forma de continuidad con un expediente al que cada cual mira con los ojos de su conveniencia. Por ello, sin escrúpulos, he decidido disfrazarme de espectador medianamente avispado, al que por momentos se le agota su ración de cinismo.
Lo que muestro ahora es tan solo un fragmento, pero un fragmento surcado y enriquecido por huellas que a la vez pudieran apuntar a dos energías tan diferentes como las de Bertolt Brecht y Marcelo Pogolotti. Algo asi como la manga de una camisa proletaria; que al ser izada en un territorio simbólico más que manchas de sangre, terminará mostrando numerosas frustraciones en forma de arrugas o pliegues casi imperceptibles.
Sin quedar de espalda a la experiencia que en ese sentido precedió el accionar comprometido de estos artistas, que comentaré, durante los noventa y lo que va del siglo XXI. Es decir aquella marea transformadora y fecunda, en la que estaban implicados proyectos y nombres como los de: Volumen I, Artecalle, Puré, Hexágono, Tomás Esson, Rubén Torres Llorca y Carlos Cárdenas, entre otros. Para desenvolver estas notas he elegido a cuatro artistas y algunos momentos ilustrativos del tema abordado dentro de sus obras; en cuestión ellos son: Lázaro Saavedra, José Ángel Toirac, Sandra Ceballos y Ezequiel Suarez:
Oye Lázaro; ¡qué volá con Galería I- Meil!
La aparición de Galería I Meil creo que ha marcado un antes, y un después en el trabajo de Lázaro Saavedra. Constituye una obra en progreso (2007- ) provocada por circunstancias inmediatas que forman parte del metabolismo de la isla, y de su historia más reciente. Su soporte es el servicio de correo electrónico; su mayor acierto: la capacidad de apropiarse sin ningún pudor, de hechos, acontecimientos, y problemáticas que le han servido para activar ideas que aún conservan la vigencia y la fuerza necesaria. En esta oportunidad otro aliado imprescindible le ha sido el dibujo, conectado a un rico entramado textual, que entre múltiples virtudes contiene la de consolidar la sustancialidad del humor.

Sin dudas, esta narrativa se muestra como una de las expresiones más logradas y eficientes de toda la trayectoria del arte político en Cuba. Representa un proceso que sabe asumir los códigos de esta época para ironizar de forma muy precisa sobre una realidad visiblemente hemipléjica. A su favor también se puede agregar que la manera en que fue concebida le permite no agotar en corto plazo su vitalidad, y por tanto logra ir dejando intacto una y otra vez el impacto de sus funciones. Con una buena dosis de humor gráfico reivindica lo mejor dentro de esa tradición en Cuba. La vena narrativa de Saavedra nos demuestra que el acto creativo no tiene que esforzarse por ridiculizar un contexto que es por naturaleza ridículo.
La Galería I Meil coloca el hecho artístico en un territorio altamente contaminado, del cual emanan algunos homenajes, a la vez que se parasita en la sabiduría popular, y se mezcla lo que ya se convirtió en arqueológico con lo que aún se preserva como organismo vivo.
Qué pedrada me ha dado Toirac
Cada vez que me enfrento a una obra o exposición de José Ángel Toirac (muchas de ellas en coautoría con Meira Marrero), siento un impacto contundente que me hace ver viejos fenómenos desde nuevas perspectivas. Detrás de cada una de esas apariciones visuales existe una profunda investigación y la agudeza de su pensamiento, comprometido con un acontecer que involucra a toda la sociedad. Entre sus andanzas preferidas se localizan las de desacralizar héroes y mártires y poner al desnudo una series de actuaciones que van ocurriendo con aparente normalidad, siempre en nombre del fanatismo hacia una ideología o un líder; y que arrastran a notables mayorías hasta una especie de absurdo o esquizofrenia.

Para seguir este rastro me apoyo en obras como Con permiso de la historia (1994) y Grises (1996-2004). En la primera Toirac con la colaboración de otros artistas escenifica un grupo de fotografias transformadas por el poder en iconos de la gesta revolucionaria, denunciando con sutileza su carácter teatral y manipulador; dichas instantáneas quedan intervenidas por la ironía de sus nuevos protagonistas. En Grises retoma una serie de fotos muy publicitadas de Ernesto Guevara para convertirlas en oleos difuminados que transitan por el negro, el blanco y el gris; dejando depositada en ellos una especie de niebla o sensación en la que la realidad parece fracturarse.
Cuando el arte se interna en una experiencia de esta naturaleza, suelen ejercerse dos tipos de violencia; una sobre el referente utilizado, y la otra la acomete el creador sobre sí mismo. Su ser queda atrapado en un riesgo, o cuerda floja, ya que sobre todo se encuentra traficando con la memoria colectiva, y con algunas variantes de sus imaginarios. Estamos ante una manera intima de polemizar sobre un pasado al que le han pretendido imponer un velo intocable
La obra de Toirac ha progresado con una coherencia poco común por estas latitudes. Su mayor fuerza se concentra en una capacidad de renovación o energía secreta que se activa según van mudando las circunstancias. En enero del 2017 nos vuelve a sorprender con la muestra compartida con Octavio Cesar Marín a la que titulan Diógenes y la luz, y donde impera una lectura extremadamente critica a fragmentos muy bien localizados de nuestra historia. Dejando al descubierto fallas y grietas de una sociedad donde supuestamente imperaría el quehacer hegemónico del “hombre nuevo”. A través de un uso sagaz y diversificado del retrato en sus diversas fases se estampa un vínculo inquietante entre las interrogantes del pasado y las frustraciones del presente.
Me voy a un cine de Hong Kong con Sandra Ceballos
Antes de que comience la proyección de un filme sin subtítulos ella y yo seguramente hablaremos de su Museo de arte maniaco (2012), desde donde brotan descarnadamente sus raíces; lo que el cuerpo, y el aprendizaje de este junto a la mente le han dictado. Se destaca su forma tan particular de acercarse a los héroes y la Historia; la sinceridad al tratar los conflictos, y dudas que esta ha ido generando. En ningún momento pone una venda sobre lo que su mirada ha tenido que soportar; más bien lo proyecta a través de unas imágenes contundentes, que en ningún caso corren el peligro de convertirse en panfletos.
Al valor de cada una de las piezas presentadas en dicha muestra se le suma un valor medular y único, vinculado a la intención de provocar; crear un hervidero o punto de contacto, a partir del cual se abra una brecha para un arte más “problemático”; un arte que se olvide un rato del mercado, capaz de reencontrarse con sus propios orígenes; y sobre todo con la capacidad de renovar sus ideas de siempre. Más que una exposición aislada, anclada en el pasado, por su efecto esta corre la suerte de convertirse en un proyecto con continuidad, en otra manera útil de percibir la creación, y de inscribirse en la fabulosa opción del Eterno Retorno de Nietzsche.

Ya estamos preparados para asistir a sus Mangas (una serie de cuadros en progreso), desde donde capta el automatismo del discurso del poder, en esta ocasión personalizado por una voz que en un principio engatusa a las masas, pero después las aburre y oprime, pero ya en ese momento no hay nada que hacer, dichas masas se encuentran inmovilizadas por fuerzas instaladas en todas direcciones. Entonces lo que queda es el discurso como un fetiche; la caligrafía de la artista reproduce una y otra vez esa letanía y encima de ella da rienda suelta a la pintura como signo de libertad. Dicha pintura se sincroniza de forma paródica con el ritmo del cine manga; aventura que entonces nos secuestra para asistir a una tanda tras otra.
En resumen el quehacer de Sandra Ceballos por su maña de no bajar la cabeza ante situaciones límites, termina enfrentándose, como antídoto, a las mansas expresiones, que a través de una estética totalmente resuelta fabrican un compendio de todo lo que puede resultar agradable para el espectador. Así revuelve en la llaga, nos pone ante el monstruo que incubamos y derroca lo fatuo que por lo general emiten las imágenes vacías de contenido.
¿Para donde mira Ezequiel Suárez?
Ezequiel Suárez apoya su obra en la riqueza de hacer creer al espectador que él está mirando para un lado cuando en efecto mira para el otro. Y creo que no se podrá llegar a saber a ciencia cierta si lo hace para una zanahoria, o hacia una valla propagandística implantada por el Departamento de Orientación Revolucionaria del P.C.C.
Este es un creador que aborda lo político a partir de las fallas que va generando la propia condición humana, esas debilidades son comprendidas por su trabajo como un precedente inapelable para que la ideología logre hacer de las suyas en las más diversas circunstancias. De ahí debe interpretarse el carácter variopinto y democratizador de los elementos que va incorporando en cada una de sus piezas y exposiciones. Dejando entrever una actitud bastante onderground, con la intención de que el torrente civil entre por la puerta de atrás.

Su muestra El Pantano de Odorto (que se remite al año 2010) constituye una praxis inmejorable de la actitud que he venido describiendo. Allí acedemos a textos tan sugerentes como: “me preocupa lo que pasa en el mundo y en el extranjero”. “No todo es política siempre, ni arte siempre, ni buenos sentimientos”. Así como uno en portugués tomado de una propaganda angolana con fecha de 10 de diciembre de 1978 que dice: O mais importante é resolver os problemas do povo.
En cada una de sus pisadas (huellas) se experimenta una tensión que advierte sobre un espacio de turbulencia en medio de él y la realidad, espacio que aprovecha para hacer re-significar las cosas que suelen parecerle hostiles. Los textos como he mostrado son el corazón de esta poética, ellos provocan una magnitud conceptual extraordinaria, y son en sí los que establecen un orden en el caos.
El discurso de las obras de Ezequiel tiene su principal basamento en aquella disyuntiva de tolerar o no tolerar, esa es la clave. Nunca uno puede tener la certeza de lo va a suceder, hay un uso de la sorpresa, una ironía soterrada que nos atrapa, y termina por seducirnos hacia una inestabilidad, con la cual se establece una relación difícil pero productiva. Sus pinturas, y otros escenarios plásticos han construido una crónica sobre la extrañeza de estar vivo, la incomodidad de compartir el espacio con otros que también emergen de sus extrañezas particulares.
*Texto cortesía del autor y publicado originalmente en 2018 en Hypermedia Magazine. En portada, Fidel Castro ha muerto. Acción alternativa de José Hidalgo, Bienal de Venecia, 2005.
NOTAS:
(1) La #00Bienal de La Habana fue un evento independiente que organizó un grupo artistas, teóricos y curadores cubanos realizado del 5 al 15 de mayo de 2018 en La Habana. Cuba. Se trató de un evento inclusivo, democrático, planificado desde la colaboración entre los artistas y buscando establecer conexiones con el pueblo cubano. Este proyecto fue iniciado por el artista Luis Manuel Otero Alcántara y la curadora Yanelys Nuñez Lleyva. El slogan del evento era In Every Studio a Biennial. En cada Estudio una Bienal.
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