OBRA DE LA SEMANA LX
Rafael Villares (1989)
Paisaje itinerante, 2012
En el 2010 tuve la oportunidad de escribir las palabras al catálogo para la expo de Rafael en el CDAV en virtud del premio de creación que había obtenido. Mi textillo comenzaba así:
Rafael es un sensualista empedernido. Hay en él una mezcla de espíritu romántico y sensualismo inglés y francés a lo Rousseau que lo inserta en una cierta newwave reivindicativa de lo natural a nivel artístico, y que tiene sus máximos exponentes en el continente asiático. Esa restitución de las sensaciones y vocación nostálgica por la naturaleza lo ha llevado a crear grandes y bellas instalaciones, como es el caso.
Paisaje itinerante consiste en la reproducción de un pequeño paisaje natural: un árbol de laurel, césped y un banco de parque dentro de una maceta gigante suspendida en el aire a través de una grúa. El público puede subir las escaleras y sentarse a la sombra del árbol. La obra itineró por tres puntos de la ciudad: Parque Morro Cabaña, La Piragua (Malecón e/ 19 y 17) y Fuente de La Juventud (Malecón y Paseo) durante la 11na Bienal de La Habana. Una mega producción que fue posible gracias a la generosidad de Bustos, dueño de la galería privada Avistamientos, el mismo que patrocinó, en idéntico año, Fango, de Elizabet Cerviño.
Rafael siempre ha tenido en cuenta el hecho de involucrar todos lo sentidos del espectador en las piezas instalativas que produce. Un tipo de contemplación a partir de la saturación. En este caso fue más lejos al magnificar la escala del objeto y “llevarlo a pasear”.
El statement de Rafa Villares dice lo que sigue:
La idea era lograr una apariencia semejante a las macetas que abundan en patios, ventanas y balcones y así establecer una relación entre lo privado de un objeto que a través de la escala se convertía en público y participativo. Su itinerancia daba la posibilidad de hablar sobre la multiplicidad de paisajes, volcándose uno dentro del otro y generando experiencias que lograban la idea de integración total al paisaje de la obra y sus espectadores. Esto era posible en el momento que un gesto de encuentro individual se tornaba colectivo y aquellos participantes de la obra que apreciaban el panorama en el que este paisaje se había instalado, a la vez eran objeto de observación de los que habitaban el otro paisaje mayor donde este – de tránsito – se había emplazado. El micro espacio creado al interior de la maceta invitaba a una contemplación consciente y transformadora hacia el exterior cambiante en cada itinerancia de la obra.
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