UNA MORADA CON LOS BRAZOS BIEN LARGOS
Yudinela Ortega
Hago el viaje al interior
divisando iluminada que yo dicto
el último renglón de mis ideas.
W.G. Ropa interior
A todas las que fui, a todas las que soy.
Al torbellino y al manantial;
a la marea alta, a la baja mar. A todas ellas
que concurren y levitan aquí adentro,este texto
1.
El cuerpo de Alicia Rodríguez Alvisa (La Habana, Cuba, 1995) es un mapa en el que se avistan los morfemas que problematizan lo personal, entendido como territorio. Como la crítica, mirada aguzada sobre la imagen que se empaña ante tanta prosa vacía, es un hecho tácito su insensato afán por despojarse del simulacro para por fin, descubrirse ella. El cuerpo, que en sus fotografías es arquitectura de lo propio y encuentro con lo otro, esa otra que también es, forma parte de una escenografía de la cotidianidad, de la vida no instagrameable con sus flecos y sus derivadas manías.
Mientras leo esas autoras y autores que discurrieron sobre la semiótica de la representación más sensual e íntima del cuerpo; teorizaron sobre su equidistancia traumada por el encorsetamiento, la violencia y el pudor; mientras todo eso pasa como una fuga de gas por mis ojos – la diletante excusa de la autorreferencialidad, la reiteración infinita y cóncava de una imagen frente al espejo, posiblemente en una habitación propia-; sepan que por algún tiempo vamos a residir aquí, en esta cúpula de tejidos que nos protege y nos abastece. Sobre estas capas de huesos duros y piel esponjosa encaramos la vida. Aquí dentro suceden cosas. Programados desde su interior, cultivamos, modelamos y esperamos pacientes el florecimiento del germen que ha sido plantado. Unas veces la sequía, otras tantas el aguacero, intentarán impedir nuestra laboriosa tarea: la de sembrarnos en suelo propio.

Plantar el cuerpo, aferrarse rodilla en tierra como los ancestros, a la idea de querernos, simplemente es ser conscientes de que crecer, es un camino que se bifurca siempre en dos sentidos, dos pares, dos historias, dos miradas sobre las divergencias. La una y la otra: El cuenco terrenal y el dique espiritual que se desborda ante el eco: You are there, Are you there? There you are.
El cuerpo destila una poesía filosa que sabe a metal; costumbres que baten sus alas acompasadas al ritmo de aquella angustia dulzona de quien se despoja de sus ropajes para salir volando. El cuerpo es viaje; frontera; equipaje y recurso expresivo. Es aquel lugar que entre imagen y reflejo nos señala al otro lado de la habitación, del espejo, de la pantalla, de la atrevida ignorancia que nos engaña afirmando que, conocemos las cosas tal y como son. cuando es nuestra imaginería, esa maniera propia de estar al tanto de “algunas cosas del mundo”, la que nos hace vagar por el desierto de lo real.
2.
En un piso de Boston una, dos y tres miradas construyen situaciones que amparan la tentativa handmade de una joven que intenta encontrarse y equilibrar sus emociones utilizando como herramienta lo que sabe hacer: Obra. Vuelta introspectiva, ensayo psicológico, capricho de sentir que puede con todo. A sus ojos, su ropa interior negra o su ropa de andar por casa, blanca, a sus rizos tranquilos y despeinados, antecede la lucha, el pulso de fuerzas en ese desdoblamiento en el que conviven dos Alicias. Hay silencio en cada escena; respiran; se observan; ¿comen? Miran hacia adelante y hacia arriba como quien sabe que no está solo. La sociedad ha instaurado en nuestras cabezas el síndrome de la individualidad frustrada, sin embargo, basta un pequeño gesto: recostar el hombro sobre la inerte sinfonía que explora el alma a través de un lente para intentar adivinar: ¿Conozco a las dos Alicias? ¿Se conocen ellas?

3.
No ha sido el azar quien nos ha traído hasta aquí, precisándonos atentas y conscientes frente a las versiones de una historia cuyo desenlace es el centro neurálgico de esta exhibición. A Long Hug – ese apretado y largo abrazo- te reconoce a ti, me reconoce a mí, nos reconcilia y nos devuelve al uno, a ese ser indivisible en el que nuestras partes, estas y otras, las palpables y las imperceptibles del “yo” como entidad condicionada y alimentada por la sociedad, la religión y la cultura de los tiempos que nos precedieron, soportan el relato individual de esas entidades que somos. Sí ha sido el azar del movimiento, el misterio de la migración, la búsqueda de un espacio seguro para ser y estar, lo que ha movido a Alicia Rodríguez Alvisa a desdibujar en imagen fija la dualidad de su cuerpo. (Desdibuja y captura) desde la otredad aprehendida, el yo candoroso y maternal; el yo ególatra e inseguro.
4.
El espacio doméstico es el escenario en el que ocurren la mayor parte de las situaciones que la artista ha dejado capturadas en las fotografías que el público encontrará en Espacio Copiloto – refugio para el reencuentro, motor para comulgar y propulsar la iluminada experiencia de la amistad creadora- como lo han definido sus fundadores. Las fotografías que se han realizado en el período que comprende de 2019 a 2021 muestran cada rincón de ese vasto universo corporal que Alicia juega a componer y a desarticular. Ella colocada frente al espejo, dormida sobre un sofá; ella alargando su brazo para alimentar, vigilando el sueño. Ellas, siendo también refugios en ese pretendido viaje poético que, por momentos, no tiene a nadie al volante, buscan salvarse.

5.
A Long Hug es una sinfonía corporal. Apoderada de la vitrina de cristal que ha heredado Copiloto, la artista ha emplazado su abrazo en vertical. La melodía intimista y reveladora que es la de acariciarse ella; abrazar todo lo que sus manos abarcan con la fuerza telúrica de la reparación, se traduce en la intención restauradora de saberse amar. El cuerpo una vez más se nos presenta fragmentado, como en las escenas que no siguen un guión en las fotografías, simplemente son llevadas por el recurso cotidiano del estar presente. Tocar, palpar, contener, aceptar, todos en su infinitivo argumento relata la invitación que Alicia nos extiende hacia el camino de la reconciliación, el bienestar y la sabiduría que es conocerse a sí mismo.
6.
Un largo abrazo nos llega a inicios de junio. Atravesando el Atlántico se ha pertrechado en una calle de Carabanchel, juguetón escenario que sueña ser un Soho y reposa en su Caraban, la misma que en tiempos pasados transitaba de un lado a otro, comunicando pueblos. Un largo abrazo nos ha robado horas de sueño y nos ha devuelto los encuentros de domingos, el estudio lleno de gente vociferando la algarabía que no es otra que la de sentirse en casa.
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