AMALINA A LA INTEMPERIE
Elvia Rosa Castro
De alguna manera el performance es un dispositivo mediante el cual ins-cribes tu biografía personal en el dibujo social de manera ex-crita, extravagante, alter-ada. En la tesis de grado para su graduación de Historia del Arte, titulada La condición performática, la artista Glenda León afirmó que “el performance representa el discurso excéntrico por excelencia”. Aquel que se desorbita respecto al centro, a la convención, y la norma. Su estudio tenía como plataforma teórica las seductoras ideas de Omar Calabrese en Neobarroco, sobre todo aquella referida a “experimentar la elasticidad del confín”. Hermosa imagen pero sin dudas decimonónica y medio chejoviana que el pensamiento posmoderno sustituiría por “periferia”, “márgenes”, y “límite”.
Hablaba, a qué dudarlo, de lógica cultural pero el caso es que en lo que al performance se refiere, ese rebelde gesto no se realiza sin la presencia del cuerpo actual, en el sentido otorgado por Ortega y Gasset. Esto, de por sí, supone una herejía pues Occidente sublimó la condición somática para convertirla en evocación religiosa y en el mejor de los casos inexacta por ideal. De hecho, es esa momentánea (la différance de Derrida) actualidad del soma la que le permite salirse del centro, entendiendo este como una parcela virtual y de representación, como el comfort zone de la razón.




Amalina Bomnin ha decidido evacuar parte de su historia personal a través de la impactante y reciente serie de performances Secuelas de franqueza, realizada en la ciudad de Guayaquil, 2023. Esta serie, hasta ahora, está compuesta por Estado de litio y I like Ecuador and Ecuador likes me. Esta última, a su vez comprende varias acciones, a saber, una en la que besa el suelo de la tierra ecuatoriana, y otra en la que se cubre con una sábana blanca y realiza sus rutinas diarias, omitiéndose como sujeto.
En momentos de crisis y post-trauma o acudes al especialista, o te manifiestas, te traes a presencia, o pones el cuerpo (o todos a la vez), no solo para denunciar sino y sobre todo para sanar. Esta ha sido la manera en que Amalina entendió que puede lidiar con eventos violentos de su vida personal reciente. En lugar del típico diván sicoanalista, ella prefirió la intemperie. Escogió publicarse.




En Estado de litio, un bellísimo título de referencia clara al tema Lithium, de Kurt Cobain, Amalina echa mano a su herencia religiosa, católica por excelencia pero además, quién dice que no, a la fuerte tradición de procesiones religiosas que tienen lugar en los países andinos. En un ejercicio de subversión de la lógica hegemónico-patriarcal y más cerca de aquella idea de Sor Juana Inés de que Dios debía ser mujer, ella Recorre 14 km con una cruz de 30 lbs. a cuestas interpelando a su propia educación y al pasado personal. Lo que parece algo personal se extiende a la denuncia al contabilizar los abusos de género y feminicidios, cuya violencia entra en contraste con la mansedumbre e hipocresía de cualquier misa de domingo.
Al apelar a un arquetipo milenario, el estado de shock y la comunión con el observador está garantizada. En definitiva “el acto performático implica un encuentro colectivo donde dos o más intersubjetividades se reúnen, tensando las relaciones en el acto a partir de la dinámica entre presencia y representación”.
En clave de Crista punk, la penitente performer termina destruyendo la cruz, esto es, el peso simbólico que ha debido cargar como mujer y el sentimiento de culpa que la embargara. Allí se manifestaría el estado de litio, figura que encierra ligereza, calma y sedación. Ah!, pero si en Lithium, oblicuamente Cobain reconoce el efecto sedativo y enajenante de la religión, en esta versión neoritualizada del Via Crucis Amalina entiende que es desprendiéndose de sus ataduras y normativas morales que comienza el camino de la sanación espiritual. Vean cómo le entra a hachazos a la cruz: desobediencia e iconoclasia en un espacio público de sobresalientes tonos cristianos.
De hecho, sus performances serían ilegibles si no tenemos en cuenta este componente de cura y reconciliación consciente. De ahí también la cualidad terapéutica de sus acciones. En la edición de I like Ecuador and Ecuador likes me (donde canibalea el título del conocido performance de Joseph Beuys para hablar de la ruptura emocional entre sociedad y naturaleza), un performance en curso en que Amalina besa, en ofrecimiento y sacrificio, el suelo ecuatoriano, aparece al afecto, el agradecimiento, y el amor por la madre tierra. La acción comenzó el 21 de junio pasado, día de las festividades del Inti Raymi. El goal de Amalina es ofrendar 17.8 millones de besos a la tierra ecuatoriana (cifra equivalente al número de habitantes del país).
Esta acción de raíz panteísta y muy empática posee un vuelo poético increíble, limpio y sin pirotecnia. Y no sólo reconecta a Amalina con esa tierra que le dio cobija dada su condición de inmigrante, sino que la acerca a las prácticas de body art y land art de su coterránea Ana Mendieta y de la guatemalteca Regina Galindo. Con I like Ecuador… Amalina evita las argollas epistemológicas y el floreo propios de los sistemas logocéntricos –incluida la academia que le da de comer- para enfocarse en la “ecología de los afectos”. Es interesante apreciar el arco que traza Amalina con estos dos performances: uno tremendista, enraizado en el catolicismo y que al liberarse deriva entonces en un ritual de naturaleza pagana, de identificación con la “pacha mama”, aunque debo observar que este binarismo no existe ya en las culturas andinas. Faltaría echar un vistazo a la procesión del Corpus Christi en el Cuzco, por ejemplo.
Hace años, tratando de encontrar una figura para explicar a mis estudiantes aquella idea de lo actual tanto en Aristóteles como en el español Ortega y Gasset, apelé al F5, tan a tono con los tiempos. Sería algo así como oprimir esa tecla cada dos segundos. Ese lapso –arbitrario debo decir pero que es básicamente imperceptible- explica el “yo es otro”, el estado actual, la presencia, y la naturaleza “alterada” del performance. La alteración es un refrescar, un actualizar. Con sus incursiones expansivas, por ese camino anda Amalina. Lo hace de manera honesta y franca. Pone literalmente el cuerpo. Y esto es condición indispensable de la condición performática.
📸 Ricardo Bohorque
🎥 Jimmy Rockertho Franco
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