DEL CINISMO O HIPERREALISMO DE LA APARIENCIA. Parte IV*
Elvia Rosa Castro
La artista cubana Glenda León, quien dedicó su tesis de grado al estudio del performance, viene a darme una mano cuando afirma que “el performance representa el discurso excéntrico por excelencia” (1). Y explica, apoyada en Calabrese: “Ser excéntrico en términos de comportamiento humano significa ser ‘alguien que sitúa su propio centro de intereses o influencia desplazado hacia la periferia del sistema o de sus márgenes’”. (2)

Estoy segura de que Glenda está hablando desde la teoría del arte y de su propia experiencia performática pero aún así llega a la misma conclusión que cité anteriormente y que tiene que ver con “la lógica del contrario”. “Pareciera que alguna lógica interna, un mecanismo regulador (la cultura, la sociedad) se encargara por siempre de normalizar gradualmente cada trasgresión. Entonces, sería tal vez mejor hablar de un re-encentramiento, pues cada ruptura busca en el fondo, su consumación y legitimación”. (3). Genial. ¡He topado con la validación, tópico que andaba buscando!
En realidad, Diógenes era un insolente y vanidoso, además de un absorbido, legitimado y re-encentrado en su descentramiento, desde sus márgenes, en el perímetro de sus acciones. Un outsider no multado. En términos de actitud estaba off the grid aunque, paradójicamente, no podía prescindir de la urbe. Sloterdijk no lo confiesa de este modo pero me da una pista y, a su vez, la razón: “Incluso ha debido de dormir bajo el techo de la sala de columnas de Zeus, con la irónica indicación de que los atenienses habían levantado el edificio especialmente para él, como su domicilio.” (4)

Aquí aparece una de las respuestas. Diógenes nunca sería rey como el macedonio, hijo de Filipo II. ¡Él era Dios! (5) ¡Su naturaleza era divina! Ser rey era muy poco para él, en verdad. Y posee su lógica. La supuesta práctica de la autarquía como carencia de necesidades, hacía aparecer a los cínicos como de naturaleza divina, pues la divinidad, según Sócrates, carece de necesidad (recordar a Nietzsche también). Aquí hay una convergencia de propósitos y métodos con otros seres humanos cuya aspiración era acercarse a la divinidad. El desprecio hacia las cosas materiales como vía para estar más cerca de Dios está presente en las sectas medievales que genéricamente son conocidas como órdenes mendicantes y en las que se destacan dos: la “Secta de los Cátaros” (puros), alrededor de 1163 y los “Hermanos Menores”, conocidos posteriormente como Franciscanos. No he encontrado indicios de que haya sido precisamente el comportamiento de los cínicos griegos el referente de estas y muchas más sectas entre los siglos XII y XIII. Todo parece indicar que su fuente son los Evangelios mismos.
Siendo así, puede deducirse que el cinismo constituye una actitud arquetípica en el sentido en que Carl Gustav Jung explica estos procesos si tenemos en cuenta la forma de manifestarse sin que exista una evidente relación intertextual entre ambos fenómenos.
En dichas órdenes, y en el cinismo, no solamente está presente la renuncia de lo que en el mundo se tiene por buena vida (o consumo material), sino que le es común la exposición de cierto desencanto y desdén frente al status quo. (El cinismo como consecuencia del pesimismo viene a ser una de las deducciones más útiles para este ensayo en tanto la desilusión o el desencanto son una de sus principales características en la actualidad). Sólo los diferenciaba, además de la relación con Dios, claro está, el hecho de que Diógenes ironizaba con todo ello, mientras las órdenes y sectas mencionadas exhibían una relación más sincera y humilde. El performance diogenista pasaba por una operatoria intelectual del acto, mientras a los otros les asistía la convicción.
De esa presunción pro-divina se ha escrito: “Los estoicos presumen de estar muy cerca de los dioses –nos dice Erasmo de Rotterdam por boca de la Locura. Pues bien, dadme uno que sea tres, cuatro, o si se quiere mil veces estoico, y tened la seguridad de que, si no consigo que se corte su barba, atributo de sabiduría (…) por lo menos lograré que desarrugue el entrecejo y alise la frente, que abandone sus inflexibles dogmas, y que cometa algunas tonterías y calaveradas (…)”. (6)
Cuando Erasmo dice “estoicos” se refiere también a los cínicos. “El fundador del estoicismo, Zenón (de Citio), tuvo por maestro y por modelo de vida al cínico Crates. Esto explica la orientación general del estoicismo, el cual se presenta como la continuación y el complemento de la doctrina cínica. Al igual que los cínicos, los estoicos no buscan ya la ciencia, sino la felicidad por medio de la virtud”. (7)
Más adelante, da en el quid al traer el disimulo y el enmascaramiento como una característica latente en la conducta cínica. “Aunque los mismos estoicos no desprecian el placer, sin embargo, lo disimulan sagazmente, y dicen mil injurias delante de la gente, es sólo a fin de que les dejen campo libre para gozar ellos a sus anchas”. (8)
Los estoicos a los que se refiere Rotterdam, quienes por alusión son también los cínicos, viven desprejuiciadamente pero su actitud es hipócrita. Siguiendo el hilo lógico de Ichikawa en un texto suyo titulado El vacilón: “el prejuicio es un límite real, un alto en un desenfreno conductual; la hipocresía es la apropiación del texto del prejuicio y el rechazo a la frontera que establece. Se renta la eticidad de la letra para dignificar el rebajamiento moral que implica la consumación del gozo en lo prohibido. Se luce la prescripción pero a la vez se la transgrede. Esta lógica conduce entonces a un exhibicionismo vergonzante”, concluye de manera brillante Emilio Ichikawa. (9)
Bernard Mandeville, en la segunda década del siglo XVIII, publica La fábula de las abejas y allí desenmascara las supuestas posturas humildes: “El hombre más humilde entre los vivos tiene que confesar que la recompensa de una acción virtuosa consiste en un cierto placer que se procura a sí mismo, placer que, unido a la ocasión que le dio lugar, constituye un signo tan cierto de orgullo, como el temor y la palidez ante el peligro inminente son síntomas de miedo”. (10)

Marguerite Yourcenar, por su parte, sistemáticamente se refiere al cinismo en boca de Adriano y lo hace desde la duda, desde la fascinación ambivalente. El mismo embelezo que experimento.
“Yo me sentía diferente, dispuesto a otras elecciones. La austeridad, el renunciamiento y la negación no me eran completamente ajenos; había mordido en ellos a los veinte años, como ocurre casi siempre. Aún no tenía esa edad cuando fui a visitar… al viejo Epicteto en su covacha de la Suburra, pocos días antes de que Domiciano lo exiliara. El ex esclavo a quien un amo brutal había roto antaño una pierna sin hacerle exhalar una sola queja, el achacoso anciano que soportaba con paciencia el largo tormento del mal de piedra, me había parecido dueño de una libertad casi divina. Había mirado con admiración aquellas muletas, el jergón, la lámpara de terracota, la cuchara de madera en un vaso de arcilla, simples utensilios de una vida pura. Pero Epicteto renunciaba a demasiadas cosas, y yo no había tardado en darme cuenta de que nada era tan peligrosamente fácil como renunciar.” (11)
Para Adriano el acto del renunciar era “peligrosamente fácil”, de lo cual podemos deducir que Diógenes, con su renuncia a las convenciones sociales y a la norma, no estaba haciendo algo extraordinariamente complicado. El peligro no radica precisamente en la renuncia sino en la facilidad que ella supone, sobre todo cuando esta se reviste de otras pretensiones, aquellas que tienden a convertirte en mito o modelo a seguir. La aspiración de generaciones y más generaciones de seres humanos.
Decididamente coincido con Adriano… o con la Yourcenar, que eso no nos consta. Todavía puede constituir algo más peligroso si el acto de renunciar, como es lógico, se vuelve falta de responsabilidad. El renunciante es, al mismo tiempo y por serlo, un irresponsable. Pierde la noción del deber y la norma o se desentiende de ellos, de su carga pesada. Es un cínico, hablando con propiedad. Luego, un renunciante de este tipo es un antisocial.
Augusto, el César, sostiene una conversación bien interesante con Virgilio, el poeta, padre de la Eneida. Ellos exponen, en realidad, los argumentos políticos del teórico Hermann Broch en su obra La muerte de Virgilio. Hablan del estado y del papel del hombre (sujeto) en él. Sagaz, y no sin razón, Augusto, célebre por haber establecido en su imperio la conocida pax romana, le reprocha al poeta un determinismo desmedido que deja al hombre atado de pies y manos. “-Atribuyes al tiempo la responsabilidad de las acciones humanas (…) Descargas así al hombre, y naturalmente también a ti mismo, de toda responsabilidad; esto es peligroso…Prefiero cargar sobre los hombres la responsabilidad del tiempo en que viven”. (12). Sin decirlo con todas sus letras, Augusto, quien admiraba a Virgilio, ve a este como un genuino cínico.
De modo que regresa la noción del peligro cuando se habla de la renuncia, de la dejación del deber en todos los casos, ya para criticar o ya en el plegarse, adherirse a una realidad por considerarse –de hecho lo es- una vía fácil. Vivir en la atemporalidad que se nota al sustraerse también espacialmente –sensación de globalidad- es cómodo, claro, más entraña el riesgo fácil de ubicarse fuera de la historia, aparentar estar fuera de órbita y de sí. Sería como estar más allá del bien y del mal.
Estar, todo el tiempo, en la condición de otredad, de alteración.
Llegado este punto podemos arribar a tres conclusiones. Más allá de lo anecdótico, lo cual hace de Diógenes un personaje atractivo y hasta pintoresco, 1) el cinismo –desde su renuncia- supone autonomía –a la que aspira todo ser humano; 2) el cínico está abstraído, aunque sea aparentemente, de lo que le rodea, y ello implica desarraigo; y 3) la virtud del cínico se expresa –necesariamente- en la representación, en su condición performática.
Como “giro apolítico, retraimiento y marcada indiferencia ante todo lo que venga del exterior” (13), lo define Werner Jaeger en una de las escasísimas alusiones que hace del cinismo, por no decir la única. Como consecuencia de todo lo anterior, puede devenir otro desenlace, más ambicioso: el cinismo, en tanto estado de autonomía, puede resultar un ideal, algo al que se aspira. Su naturaleza puede tener visos teleológicos. Por lo que no está de más preguntarse, ¿está en lo cínico la aspiración del hombre?, o, ¿aspira el hombre a ser un cínico? ¿Es lo cínico una condición inherente a lo humano? ¿Puede expresarse lo cínico como proyecto? ¿La no-renuncia desembocaría por fuerza, en la renuncia?
Del mismo modo es menester detenerse, tomar un poco de aire fresco, pues he utilizado en el trayecto varios términos y frases que serán claves en el desarrollo del texto:
-Renuncia/-Representación/-Encubrimiento/-Mundo hecho para los ojos/-Engañifa/-Performance/-Faz ilusoria/-Pretensiones/-Disfraz.
Todos apuntan a una categoría deliberadamente utilizada, tanto por la teoría como por el saber lego en esta materia, a la par que muy incomprendida: la apariencia. Esta se tomará en el presente texto como uno de los rasgos fundamentales del cinismo, ya antiguo, ya moderno, ya posmoderno. Al mismo tiempo, será la categoría rectora de toda esta disertación, lo cual permitirá despojar al cinismo de la común y precaria creencia de que se trata únicamente de descaro y desfachatez, como ha llegado hasta nuestros días ya en la opinión popular o doxa o en la instruida y culta.
Así es como se manifiesta. Pero más que eso, el cinismo, en sus orígenes, renunciaba a toda imposición social –mediante la impudicia básicamente- y en esa renuncia, que sí ha sido una constante desde sus orígenes hasta ahora, aunque con diferencias que veremos más adelante, por supuesto que se nos encima el tema de la crítica social y de la resistencia. Teórica, filosófica e históricamente hablando, el cinismo no posee la connotación peyorativa con que ha llegado hasta aquí.
Para llegar a la categoría de apariencia debemos recordar que existe una tríada sin cuyo entendimiento sería imposible comprender la tesis de este ensayo: apariencia-fenómeno-esencia. Según la teoría del conocimiento, en ese orden es que se aprehende la realidad. Por tanto, al formar parte del mismo proceso, las tres se presuponen, se contienen, se truecan. La esencia aparenta. (14) Se oculta. Damos una vuelta de tuerca, invertimos la relación y resulta que la apariencia posee determinaciones esenciales. Hegel lo resume de la manera que sigue: “Por consiguiente la apariencia es ante todo la esencia en su existencia; la esencia se haya de modo inmediato en ella. El hecho de que no está como existencia inmediata sino reflejada, constituye en ella el momento de la esencia; o bien la existencia, como existencia esencial, es apariencia”. (15)
Se sigue que, al estar en relación con nosotros, la esencia nunca existirá de modo inmediato, sino de manera reflejada, aparencial. La esencia, en cuanto tal, no existe, depende de la apariencia para hacer valer, proyectar, algunas de sus determinaciones.
*Entrega de la IV parte del primer capítulo de Aterrizaje. Después de la crítica a la razón cínica. Reeditado.
Imagen de portada: Epicteto, detalle.
NOTAS
(1) Glenda León. La condición performática. Letras Cubanas, La Habana, 2001. P. 9.
(2) Idem. P. 14.
(3) Idem. P. 17
(4) Peter Sloterdijk. Ob. cit. p. 260.
(5) En próximas líneas veremos esta idea en Erasmo de Rotterdam.
(6) Erasmo de Rotterdam. Elogio de la locura. Editorial Bibliotex, S.L, 1999. p. 19.
(7) En Nicolás Abaganano. Ob. cit. p. 142.
(8) Ídem. P. 20.
(9) Emilio Ichikawa. “El vacilón”. En www.eichikawa.com
(10) Material fotografiado.
(11) Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano. Editorial Arte y Literatura y Editorial Sudamericana, La Habana, 2001. P.104
(12) Hermann Broch. La muerte de Virgilio. Editorial de Arte y Literatura, La Habana, 2005. p. 239.
(13) Werner Jaeger. Paideia. Los ideales de la cultura griega. Editorial de Ciencias Sociales, 1971. Tomo Uno. P. 435.
(14) Cfr. George W. Friedrich Hegel. Ciencia de la lógica. Solar/Hachette, Argentina, 1968. Tomo II. pp. 345-349.
(15) Ibidem. p. 439.
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