DEL CINISMO O HIPERREALISMO DE LA APARIENCIA. Parte III*
Elvia Rosa Castro
Ahora bien, si las manías de Diógenes se hubieran “masificado”, si todo el mundo hubiera querido ser un renunciante diogenista, ¿se mostraría contento el performer o buscaría otras vías para seguir epatando y así dejaría de ser un cínico?
A todas luces Sloterdijk (¡no es para menos!) se deja seducir por Diógenes cuando en la Crítica de la razón cínica expone al materialismo cínico como algo saludable frente a la teoría platónica, como la vuelta a la sensualidad perdida:
“El quinismo griego descubre como argumentos la animalidad del cuerpo humano y de sus gestos y desarrolla un materialismo pantoquímico. Diógenes refuta el lenguaje de los filósofos con el del payaso: ‘Cuando Platón formuló la definición de que el hombre es un animal bípedo e implume (…) Diógenes desplumó un gallo y lo soltó en la escuela con las palabras: ‘Esto es el hombre de Platón (…) con uñas planas. (Tomado de Diógenes Laercio). Diógenes y los suyos oponen una reflexión esencialmente plebeya”. (1)
Es evidente, ya desde Antístenes, cuando habló de caballos y caballeidad, que los cínicos tendían al nominalismo (negación de la verdad del concepto), que aborrecían las abstracciones, dislocando así, desmontando, poniendo en solfa, los métodos filosóficos en boga. (2) Más adelante, Sloterdijk resume: “Su arma no es tanto el análisis como la carcajada”. (3) ¿La risotada de Lezama Lima ahogando el canto de La Lupe?). (4)
Existe una máxima pascaliana que creo, está aludiendo a Diógenes: “Burlarse de la filosofía es verdaderamente filosofar”. (5) Walter Benjamin, ubicado en el otro punto, llama la atención sobre la risa y aclara como nadie este punto: “En sus edificaciones, en sus imágenes y en sus historias la humanidad se prepara a sobrevivir, si es preciso, a la cultura. Y lo que resulta primordial, lo hace riéndose. Tal vez esta risa suene a algo bárbaro. Bien está. Que cada uno ceda a ratos un poco de humanidad a esa masa que un día se la devolverá con intereses, incluso con interés compuesto”. (6)
Más allá de esa inexacta y extraña dicotomía que Benjamin establece entre humanidad y cultura, describe por aleación justo lo que ha sucedido con Diógenes. Es menester no pasar por alto el hecho de la simpatía con que el griego es mirado y recordado, incluso hasta en aquellos artículos o reseñas en que es comparado con un homeless o, todo lo contrario, un dandi, pero de manera despectiva. Esta ambivalencia en las analogías, esa refracción de su personalidad, ese enfrentamiento entre una apariencia pordiosera y una jactancia intelectual han convertido a Diógenes y al cinismo en arquetipos, por supuesto, pero más que eso en ideal. A lo largo de la historia él ha recogido el plus-valor que se merece y el que no. ¡Hijo de banquero al fin! A estas alturas, un poco tarde quizás, debo hacer una observación de rigor: Sloterdijk utiliza el término quinismo para referirse a los antiguos y cinismo –con c– cuando habla de los modernos. “El quinismo antiguo, el primario, el agresivo, fue una antítesis plebeya contra el idealismo. El cinismo moderno, por el contrario, es la antítesis contra el idealismo propio como ideología y como mascarada.” (7) El teórico alemán apela al legado de Adorno y Horkheimer en relación con las morales emancipatoria e instrumental y establece la analogía que sigue: el cinismo moderno es un “cinismo de los medios”, mientras que en el antiguo predomina el “quinismo de los fines”. (8)
Me gustaría pensar en una razón práctica –la cínica- poniendo en solfa a la razón pura. Las dos recibieron sus arrolladoras críticas en su momento como que las dos contienen su verdad a medias. Como se ha visto líneas arriba, siempre he utilizado el término a la usanza: con c. Ello tiene su explicación en dos razones fundamentales. La primera tiene que ver con una discrepancia. Me parece que Sloterdijk yerra cuando ve en Diógenes a alguien que tenga que ver con los fines, convirtiéndolo así en el precursor de lo que ahora todos conocemos como “moral emancipatoria”. A mí me gustaría ver en Diógenes un filósofo del despropósito en el mismo punto en que sabemos que su propósito se reduce a algo tan general y abstracto como “estar preparado para todo”. La otra razón se encuentra en la médula de todo este estudio, y es esa que ubica a la apariencia y a la renuncia en la mira de todas mis especulaciones, actitudes que se presentan tanto en la antigüedad como en la contemporaneidad. Siendo así, intuyo que estas optarán por un camino que flirtea con el del pensador alemán, más sólo a veces. Ergo, usar un único término, en este caso, cinismo con c no resulta una desobediencia teórica.
Sin embargo, no le falta razón a Sloterdijk cuando ve y aplaude en Diógenes el regreso a lo sensual. Es cierto que a tanta solemnidad teórica le faltaba la risa (ya Aristófanes estaba haciendo de las suyas en sus comedias, sin ser precisamente un cínico). Es muy posible que Alexis Jardines, teórico cubano que ha estudiado el tema de lo sensual, no comparta ni el entusiasmo pascaliano citado con anterioridad ni el del alemán. En sus libros El cuerpo y lo otro y Los afanes del yo (9) , paradójicamente, no le dedica al griego ni una línea siquiera, lo cual puede llevarme al siguiente razonamiento:
1) en el campo de la Filosofía tradicional o fundamentalista gastar el tiempo en Diógenes significa algo poco serio (10) y;
2) ¿debe la filosofía complicarse solamente con los enunciados teóricos? ¿La producción teórica debe constituir un a priori de sus intereses? ¿Se deshace esta ciencia de algo tan vital como el performance cínico o el llamado hedonismo en Filosofía?
El cinismo enseñó maneras inéditas de protestar, dando lecciones anárquicas y eventuales, moralizando debido al efecto de perplejidad que provocaba, pero acaso su gran mérito es haber enseñado un mundo lleno de posibilidades y opciones ante el fastidio de la razón, ante la tiranía de la norma. Una mezcla ambivalente de mortificación y hedonismo se encontraba en la base de sus actos. Esto, junto a la práctica cínica de moralizar y nublar cualquier frontera entre razón y cuerpo fáctico, tal vez sean los aromas que guiaron el razonamiento de Sloterdijk al pensar la actitud cínica como la primera evidencia del existencialismo, si tenemos en cuenta que una de las principales divisas de éste es que el mundo está lleno de posibilidades. A esto viene a sumarse otro argumento consistente en la presencia de cierta sensualidad o humanismo, o mejor aún, en ese afán de deconstruir el pensamiento filosófico anterior contenida en la noción del “ser para la muerte”, de Martin Heidegger, que puede homologarse con la actitud anti academicista del griego y sus constantes ataques desacreditadores para con los filósofos de la época. Por cierto, una de las críticas más atinadas al autor de Ser y tiempo, Hölderlin y la esencia de la poesía, etcétera, etcétera., la he encontrado en Ciorán:
“Heidegger creyó demasiado en las palabras (…). No resolvió las dificultades, simplemente pasó por encima de ellas con la ayuda de las palabras. Considero esto altamente deshonesto. No niego que Heidegger haya sido un genio, pero también lo considero como un estafador. En lugar de darle solución a los problemas, se conformó con mostrarlos, creó palabras, desplazó los conflictos y les dio respuesta –como diría- con una producción de vocabulario (…) Para mí Heidegger era realmente demasiado ingenuo, aunque al mismo tiempo haya sido astuto como un campesino (…) Era un hombre, me atreveré a decirlo, inconscientemente taimado.” (11)
Es muy posible que a Alejandro Magno le hubiera gustado ser Diógenes… de no ser él mismo, claro. Sin embargo, no sabemos las preferencias de este al respecto. ¿Le gustaría poder hacer lo que desde su mordacidad e indigencia le estaba vedado? ¿O más exactamente, desde su procedencia? O a la inversa, ¿seguiría siendo él toda vez situado en el poder? Siempre he intuido en el performance cínico algo de engañifa, algo metafórico. Diógenes no era tan autónomo como se piensa. Fue un auténtico performer que necesita del otro para existir. Esa pretendida autarquía de vivir conforme a la medida necesaria nos deja, al menos, dos dudas: ¿dónde están los límites de esa medida necesaria?, y, si esa necesidad se reduce, como se ha intuido anteriormente, a la necesidad de reconocimiento de la cual Diógenes es presa, ¿no es este un síntoma de megalomanía, ambición peor que la de sus congéneres? “Presentar la intención verdadera bajo una faz ilusoria” (12), sintetizó Emilio Ichikawa cuando se refirió al cinismo. Algo que también para Kant era absolutamente normal, aunque no se haya referido a esta escuela: “El arte de fingir se ha convertido en nuestra segunda naturaleza”. (13) Así no sería difícil entender la actitud de cualquier ser humano.
La indumentaria de Diógenes bien puede ser un disfraz que guarda, como vimos, su vanidad. Bastaría una pregunta: ¿Por qué él, tan radical, no andaba desnudo como su discípulo Crates de Tebas? Nuestra condición acepta como lícito esta conducta pues con certeza somos animales, políticos pero animales, y se dice que lo que nos diferencia del resto es el pensar, no la vestimenta. Cualquier miembro de una tribu, de las que tienen por tradición andar desnudos aún, no deja de ser humano por un acto de descubrimiento físico. Cuando Dios quiso conocer cuán fiel le era Job y mandó a destruir todos sus bienes, “entonces Job se levantó, y lleno de dolor se rasgó la ropa, se rapó la cabeza y se inclinó en actitud de adoración.
Entonces dijo: —Desnudo vine a este mundo, y desnudo saldré de él (…)” (14) Luego vinieron las maldiciones que acercan a Job a esa corriente que conocemos como “filosofía de la vida” y, a ratos, al existencialismo.
No sabemos ciertamente si Diógenes profirió alguna diatriba respecto a la creación (en este caso creación del mundo) pero es muy probable. Y aunque afirmara, en una ocasión, ser ciudadano del mundo, un hombre global, como quiera que se mire, él no era más que un hijo de sus circunstancias. No obstante, de esa confesión diogenista se pueden extraer otras características: la desidentidad, el desarraigo y el nomadismo como una condición inherente al cinismo.
Eurípides, el poeta trágico griego, respondía a una lógica circunstancial que les era muy afín y de la que he hablado aquí, gustando de una idea fija: el disfraz. Aristófanes, también poeta y haciendo gala de su espíritu burlón, pone en boca de Eurípides la ocurrencia de que un hombre se presentara vestido de mujer a las fiestas de Ceres y Proserpina:
“Eurípides:
-Agatón, ‘es de hombres sabios el decir muchas
cosas en pocas palabras. Herido por una desgracia
nueva vengo a suplicarte.’
Agatón:
-¿Para qué me necesitas?
Eurípides:
-Las mujeres, reunidas en el templo de las
dos diosas, han resuelto hoy mi perdición, porque
hablo mal de ellas.
Agatón:
-¿Y qué socorro puedes esperar de mí?
Eurípides:
-Uno grandísimo. Si te mezclas furtivamente entre
las mujeres de modo que parezcas una de tantas, y defiendes mi causa elocuentemente, conseguirás salvarme (…)” (15)
El comediante (Aristófanes) usa un arma que no le pertenece. Parodia, por supuesto. La idea del disfraz está en el propio poeta trágico cuando en Las bacantes, Dionisos propone a Penteo, Rey de Tebas, que presencie disfrazado el desafuero y la danza de las mujeres seducidas por las ménades, incluyendo a su madre Agave, hija de Cadmo. (Penteo luciría “larga cabellera, manto talar y gorro asiático, un tirso en las manos y una piel de manchado cervatillo”). (16)
*En este blog se está publicando, por partes, el libro Aterrizaje. Después de la crítica a la razón cínica. Imagen de portada: Broselianda Hernández en Bacantes, del grupo Buendía.
NOTAS
(1) Peter Sloterdijk. Ob. cit.P. 178.
(2) Hegel, por ejemplo, contrario a Sloterdijk, no entendió el desmontaje de los cínicos. Aquí es cuando piensas que Filosofía y soma no se llevaban bien que digamos.
(3)Ibídem. P. 254.
(4) Se trata de una paráfrasis de la siguiente cita que se refiere a Cuba –años 50 y La Habana-:
“…entre una generación de Orígenes que vio una Habana protegida por el Padre Gaztelu y otra que la vio sacudida por La Lupe. Para darse cuenta y experimentar la diferencia entre ambas, solo había que cruzar el espacio entre Infanta y Radio Centro. Algunos lo cruzaron para quedarse de ese lado, otros no se atrevieron y otros, entre los cuales yo me encuentro, lo cruzaron para regresar ahítos a Trocadero donde la risotada de Lezama ahogaba los gritos de La Lupe
”. Carlos M. Luis. “Notas de un origenista acerca de Ciclón”. En Unión, No. 25, 1996. p. 8.
(5) Blaise Pascal. Pensamientos. s. d.
(6) Walter Benjamín. Experiencia y pobreza. Editorial Taurus, p. 173.
(7) Ibídem. p. 189.
(8) Ibídem. p. 301.
(9) Alexis Jardines. El cuerpo y lo otro. Introducción a una teoría general de la cultura. Ciencias Sociales, La Habana, 2004. ——————–. Los afanes del yo. Ciencias Sociales, La Habana, 2005.
(10) Hegel tampoco veía mucho en la filosofía postsocrática.
(11) Hans-Jürgen Heinrich. “Emile Ciorán: soy un hombre del fragmento”. En revista Unión, No. 35, 1999. p. 41.
(12) Emilio Ichikawa. El pensamiento agónico. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996. P 23.
(13) Enmanuel Kant. Crítica del juicio. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana. Libro Segundo, 1990.
(14) “Libro de Job”. En Dios habla hoy. La Biblia con Deuterocanónicos. Sociedades Bíblicas Unidas. P.463.
(15) Aristófanes. “Las fiestas de Ceres y Proserpina”. En Comedias de Aristófanes. Librería de los Sucesores de Hernando, Madrid, 1914. pp. 21-22. El primer parlamento sobre los sabios pertenece a Eurípides en el Eolo. ¿El intertexto es posmoderno?
(16) Eurípides. Bacantes. Librería el Ateneo Editorial. Argentina, 1966. pp. 608-609.
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