DIARIO DE UN APÁTRIDA
Un examen al espacio foráneo puede revelarnos alguna que otra verdad silenciada en nuestro contexto, como que después de San Wifredo Lam, el artista cubano con mayor pedigrí es el desaparecido Félix González-Torres. Sin embargo, dentro de la citada bibliografía alienígena cubana apenas se le tiene en cuenta. ¿Ignorancia? ¿Conservadurismo? ¿Censura? Me temo que no se sabe. Aquellos que no lo mencionan pueden estar indistintamente dentro de cualquiera de esas clasificaciones. Ahora, y puede que esto sirva de algo: sé de un amigo, crítico incómodo para la oficialidad, que padeció hace un tiempo la censura de un monográfico suyo sobre el artista.
Por Jorge Peré
Mi arte, no es, como dicen algunos, arte gay.
Más bien es un arte que habla sobre el amor hacia un hombre.
FGT.
Se me ocurre pensar en una posible “Generación Perdida” dentro del arte cubano. Y digo “Perdida” en el sentido que tuvo para la literatura norteamericana a comienzos del siglo pasado, cuando visiblemente todos los buenos escritores de ese país, tenían residencia en el exilio europeo. O sea, pensando en los artistas diaspóricos, los que no compilan dentro de la ortodoxa bibliografía que hoy se edita en Cuba. Pero, esa es materia para otro texto.
Un examen al espacio foráneo puede revelarnos alguna que otra verdad silenciada en nuestro contexto, como que después de San Wifredo Lam, el artista cubano con mayor pedigrí es el desaparecido Félix González-Torres. Sin embargo, dentro de la citada bibliografía alienígena cubana apenas se le tiene en cuenta. ¿Ignorancia? ¿Conservadurismo? ¿Censura? Me temo que no se sabe. Aquellos que no lo mencionan pueden estar indistintamente dentro de cualquiera de esas clasificaciones. Ahora, y puede que esto sirva de algo: sé de un amigo, crítico incómodo para la oficialidad, que padeció hace un tiempo la censura de un monográfico suyo sobre el artista.
Se sabe que Félix González-Torres (1957-1996) salió de Cuba a los trece años, junto a su hermana mayor, rumbo a España. Allí vivió una parte de su adolescencia hasta mediados de los años 70, cuando viaja a Puerto Rico al encuentro de unos tíos paternos, los cuales sustentan su educación profesional en una Academia de Arte local. El joven adquiere sus primeras nociones estéticas, y muy pronto recurva hacia Nueva York, donde culmina definitivamente su constante peregrinar. Una vez instalado en EE.UU, su vida artística asume una notable escalada, en principio, involucrado en varias becas, y luego por la notoriedad que le gana su debut en la Andrea Rosen Gallery (1990).
Pero es un poco antes, en el año 1983, que González-Torres (FGT desde ahora) encuentra su lei motiv originario de cara a la producción visual. Tras su unión afectiva a Ross Laycock, hecho que deja en claro su homosexualidad, su obra alcanza ese status inconfundible, capaz de negociar la permanencia sin conflicto de lo poético-visceral junto al más depurado y metódico Conceptualismo.
Detengámonos ahora en la generación artística de los 80 en Cuba, en la que FGT encaja por razones etarias, y pensemos en los aires en que esta se desenvuelve. En las obras del bíblico Volumen Uno (1981) se respira el deseo transgresor de una guerrilla acuartelada en contra de la tradición cubana –desde Víctor Manuel hasta Raúl Martínez–, bastante retrasada respecto a los caminos que tomaba el arte en Europa y Norteamérica. La puesta al día del arte made in Cuba, de manera abrupta e inconsecuente, se torna un principio –quizá el único– de creación entre los artistas emergentes del llamado “Renacimiento Cubano” o “Década Prodigiosa”. El pretexto era atentar contra lo viejo y establecido, reubicar las coordenadas visuales de una producción simbólica adulterada por los peores vicios de una cultura a merced de la ideología totalitaria. En otras palabras, tomar revancha por al menos veinte años de ceguera estética.
Se hace evidente el contraste entre el contexto de producción cubano, y el que le toca vivir a FGT entre finales de los 80 y comienzo de los 90 en Nueva York. La obra de Félix está muy lejos del esnobismo estético de aquella generación de cubanos, asida a la tabla de salvación posmoderna en medio del decadentismo visual que asolaba la isla. El artista, convencido de ser un apátrida, encontró sus referentes en la “nada cotidiana”, perpetuando su extrañeza frente a un contexto inexistente en tanto nación.
De cualquier manera, el tiempo se encargaría de posicionar a FGT en un punto cenital, precisamente cuando la generación a la que debió pertenecer fenecía dentro de la isla con sus bríos prematuros y Gerardo Mosquera profetizaba la aparición de una nueva camada artística como “la mala hierba” en el baldío del crudo Período Especial.
De aquella primera exposición en el umbral de los 90, al desenlace final en la vida de FGT, no transcurrió demasiado tiempo. La vertiginosa carrera del cubano-americano se redujo apenas a seis años, luego de su iniciación en Nueva York. Estos años –a partir de 1991, cuando Ross Laycock terminó consumido por el SIDA en un hospital de la ciudad– no serán sino una cuenta regresiva hacia el deceso. La obra de FGT, estará conectada más que nunca al universo íntimo y subjetivo de sus experiencias vitales, fijando una serie de intimaciones alrededor de la muerte, la soledad y el vacío.
Alguien ha comentado que el arte de los 90, tanto en Europa como en EE.UU, era lo más parecido a un carnaval, donde todos se disfrazaban según la moda y jugaban a festejar en medio de la ruina ideoestética y la inflación mediática que infligía el mercado (“el arte noventiano del mainstream llegó a encontrar respaldo en algunos corsarios de Wall Street”, asegura Rick Lowe). Sin embargo, pese al margen de razón que pueda haber en ese juicio, a este momento pertenecen las piezas más serias de FGT. La madurez creativa, que en su caso se hizo acompañar por la agonía de ver extinguirse todo en derredor, le confiere al artista un estado procesual a medio camino entre la meditación filosófica de Joseph Beuys y el pragmatismo objetual de Jeff Koons.
La vida artística de FGT, efímera y contingente, describe una inquietante parábola que finaliza en el abismo de lo trascendente (hecho que se repite en otro mito finisecular, el escritor chileno Roberto Bolaño (1955-2003). Finalmente, en enero de 1996, hospitalizado en Miami, FGT ve cumplirse su ciclo vital. Un ciclo, por demás, demasiado corto, insuficiente. Enfermo de SIDA y en soledad –síntomas que también acechan unos años antes al exiliado escritor cubano, Reinaldo Arenas– sintió el inminente descenso de la muerte sobre su cuerpo. Reviso ahora unas imágenes y tengo la certeza de haber hallado a FGT en una fotografía de John Akomfrah. Esto es lo que veo: un hombre llevando un traje de cosmonauta en medio de un paisaje que parece eterno. En realidad, un valle enorme se extiende a sus espaldas hasta morir en una línea irregular a punto de difuminarse en el cielo violáceo. Anochece.
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