LA HABANA EN SU LABERINTO III
Nelson Herrera Ysla
La Habana, como pocas ciudades en el mundo, está urgida de futuridad. Pero si apenas se construye en ella desde 1969 ¿Cómo puede identificarse entonces esta ciudad en el mundo sino desde esa, su condición museable? ¿Hasta cuándo continuar repitiendo esos símbolos del pasado, esas edificaciones que han hecho de ella estereotipo cultural, retórica de fácil digestión visual que martilla tanta propaganda y difusión? Han pasado 50 años por fuera y por dentro de esta ciudad entrampada en un laberinto que bien puede conducirla, sin apenas darnos cuenta, a su extinción paulatina o llegar a ser considerada la ruina viva más grande del mundo.
La ciudad es un organismo vivo en constante movimiento, jamás anclado en la añoranza de un pasado por significativo que fuese. No es solo la acumulación y exaltación de su historia (a la que habrá que recurrir, por supuesto, cuando sea necesario) la que habrá de salvar del deterioro u olvido a La Habana. Hay que reconocer lo que sucede alrededor, en sus contextos ambientales fuertes y tangibles. La ciudad debe retomar del pasado aquello que le permita andar hacia adelante, en una mezcla orgánica, dialéctica, de movimientos arquitectónicos y urbanos, de movilidad social, de participación ciudadana hacia el futuro, que a la larga siempre han actuado como motores impulsores de la cultura. Tomar en cuenta lo pasado pero también lo moderno y contemporáneo, es un modo de reactivar las funciones vitales y complementarias de toda ciudad a sabiendas de que surgirán códigos formales y signos nuevos que la acompañen en su desarrollo.
¿Hasta cuándo los carros antiguos seguirán acompañando, a veces sustituyendo, los legitimados símbolos arquitectónicos? ¿No existen otros nuevos capaces de ofrecer una imagen diferente de la ciudad? Hay que luchar contra el envejecimiento y empobrecimiento de La Habana pero no sólo desde el pasado sino desde el presente, incluso desde su proyección futura. La Habana, como pocas ciudades en el mundo, está urgida de futuridad. Pero si apenas se construye en ella desde 1969 ¿Cómo puede identificarse entonces esta ciudad en el mundo sino desde esa, su condición museable? ¿Hasta cuándo continuar repitiendo esos símbolos del pasado, esas edificaciones que han hecho de ella estereotipo cultural, retórica de fácil digestión visual que martilla tanta propaganda y difusión? Han pasado 50 años por fuera y por dentro de esta ciudad entrampada en un laberinto que bien puede conducirla, sin apenas darnos cuenta, a su extinción paulatina o llegar a ser considerada la ruina viva más grande del mundo. ¿Es que estamos condenados a sentirnos orgullosos de tal nominación? ¿Nos sentiremos felices de vivir entre ruinas y ser nosotros mismos hermosas ruinas vivientes?
Hay que cuidar y defender su forma urbana actual, la morfología auténtica de barrios y repartos que la han dotado de una personalidad única con sus edificaciones art nouveau, art deco, eclecticismo, movimiento moderno. Defender Centro Habana, como defender a El Vedado, Miramar, Playa, La Víbora, Flores, Regla, Guanabacoa, entre otros, es parte también de su salvación. Pero resulta que por momentos es imposible disfrutarlos en su verdadera magnitud por mucho amor y entusiasmo con que los observemos. Creo que primero que todo, valdría la pena realizar una descomunal “limpieza”, eliminar todos estos elementos para que la ciudad recupere, en parte, su rostro verdadero, su piel ocultada detrás de tan estruendosa parafernalia de pobreza y precariedad. Nada de seguir añadiendo más y más objetos y estructuras artificiosas o verborrea ideologizante… sino quitar, apartar, suprimir, en un primer intento por salvar a la ciudad.
La ciudad no es museo para visitarlo de vez en cuando: es la más moderna de las estructuras físicas y ambientales, culturales, inventadas por el hombre. Es su verdadera naturaleza, más allá de ríos y montañas, valles y volcanes, océanos y bosques pertenecientes a su reino ancestral. La ciudad se ha construido de miles de modos y maneras para imponerse como el hábitat natural del hombre (hoy el 50 por ciento de la humanidad vive en ciudades: existe ya una imparable urbanización del mundo) por lo cual genera una diversidad de sentimientos y emociones en cada uno de sus habitantes.
Hay que verlas, pensarlas, como totalidad. Una acera, un banco, un árbol, una luminaria, un parque, son tan importantes como una copia elegante de capitel romano, un arco colonial de medio punto, una puerta art deco, una fachada cubierta de brise soleil. La arquitectura es condición sine qua non de su existencia, por supuesto, pero se complementa con otros elementos para que la ciudad sea habitable por encima de toda otra intención. Tiene que gozarse cuadra por cuadra, barrio por barrio, brindarnos placeres múltiples. De no ser así, empujamos a sus ciudadanos a permanecer en sus casas, a no salir a las calles, a aislarse del entorno urbano. O, en el peor de los casos, ignorarla, vandalizarla a ratos con grafitis, basura, desprecio.
¿De cuál Habana estamos hablando cuando hablamos de La Habana? ¿Cuál de las nombradas aquí debiéramos exaltar, adherir, privilegiar, legitimar? ¿Cuál de ellas es la escogida para celebrar 500 años de fundada? ¿Debemos ocultar algunas de sus partes para favorecer ese breve todo atractivo? ¿Debemos resaltarlo siempre bien que nos pese, mal que nos pese?
Las consignas implementadas con motivo del 500 aniversario de La Habana destacan, creo sin proponérselo, un cierto grado de vaciedad pues se torna difícil descubrir su verdadero significado: Por La Habana, lo más grande…Mis héroes, lo más grande…Ciudad maravilla… Mía, tuya, nuestra…Cantarle a La Habana, lo más grande…Mas conectada….Lejos de pretender algo concreto o activar zonas de nuestra conciencia e inteligencia, enfatizan una noción de ciudad en tanto ente abstracto, una suerte de entelequia poco tangible. ¿Frases sin un respaldo físico y ambiental, sin sostenibilidad económica ni cultural? ¿Qué representa para muchos habitantes de la periferia de esta ciudad el 500 aniversario de su fundación?
La ciudad nos habla, dice qué fuimos, qué somos, qué queremos ser. Es parte de nuestra alma. Si no estamos conformes con la que hoy vivimos o con esas muchas otras que algunos no saben ni siquiera que existen (“invisibles”, al decir de Italo Calvino en su extraordinario libro), entonces hay que re-inventar la ciudad. Es un deber de quienes asumen la responsabilidad de organizar y ordenar su vasto territorio. Debemos re-inventar La Habana sobre bases nuevas. Con absoluto respeto a cada uno de sus espacios y rincones por muy alejados que se encuentren de sus diversos centros.
Los políticos, los decisores en cualquier nivel, son y serán los responsables del futuro de La Habana; no sólo sus ciudadanos que cargan además, sobre sí, innumerables problemas individuales. Y les corresponde también su cuota de responsabilidad a urbanistas, arquitectos, diseñadores, sociólogos, paisajistas, geógrafos, economistas si son respetados como debe ser. ¿Cuándo se convocarán a todos estos profesionales para evitar así la aparición diaria de pequeños y grandes engendros, desde un minúsculo parque hasta un hotel de 5 estrellas? ¿Cuándo se convocará a concurso la realización de las más importantes edificaciones de la ciudad? ¿Por qué ha desaparecido esa democrática forma de participación profesional tan común, y casi obligatoria, en tantas ciudades y países? ¿Cuándo los arquitectos y diseñadores cubanos serán parte del desarrollo arquitectónico y urbanístico de esta ciudad? ¿Hasta cuándo las autoridades municipales y provinciales seguirán subestimando o subvalorando el talento, más que reconocido, de tantos profesionales y estudiantes de nuestras escuelas universitarias? ¿Hasta cuándo las importantes decisiones en materia de arquitectura y diseño seguirán en manos de funcionarios y administradores sin ninguna formación académica? ¿Hasta cuándo vamos a estar, vivir, fuera del mundo? ¿La Habana seguirá siendo una ciudad fuera del mundo, fuera del tiempo, a pesar de los elogios que provocan algunas de sus edificaciones? ¿Viviremos solo de elogios, coloquios, premios, homenajes, celebraciones y ser nuevamente testigos y protagonistas de aquella canción que dice: “…la ciudad se derrumba y yo cantando…”?
¿Qué estamos esperando? ¿Es que La Habana se fundó… para esperar, como escribió Abilio Estévez? ¿Esperar qué? ¿Saldrá La Habana del laberinto en que se haya encerrada? Más nos vale a todos. No hay que darle tantas vueltas al asunto.
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