NIELS REYES CADALSO, EL PESO DE UNA BOTA Y LA COSA EN SÍ
Danilo Vega Cabrera
Todo parece abrirse con la imagen de esa muchacha que quizás comienza su día anudando sus pesadas botas. Para colmo de su presumible pereza, el pelo le cae hacia adelante tapándole el rostro. Porque pareciera que aquí los rostros y el estudio de la mirada importan menos que antes. Sin embargo, no deja de ser un ejercicio de concentración de la pintura logrado magistralmente.
Es la primera imagen que nos topamos en Universo indiferente. Así llamó Niels Reyes Cadalso (Santa Clara, 1977), a su exposición personal conformada por quince pinturas y nueve dibujos, abierta desde julio y hasta finales de septiembre en la Casa de México, en la Habana Vieja.

La definición de crisis como stand by entre lo viejo que no acaba de morir y lo nuevo que no acaba de nacer, atribuida a Bertolt Brecht y que muchos otros han merodeado, fue lo primero que me vino a la cabeza para comentarla; y viene muy bien incluso si quisiera detenerme en el recorrido generacional y estético de este artista por el arte cubano contemporáneo, que no es poco y por eso mismo mejor pasamos de ello ahora. Porque ese “estado medial” aludido condicionó a su generación, si miramos con ojos históricos las últimas décadas de la pasada centuria; lo experimentan las figuraciones de Niels, como también tiene mucha relación con el modus operandi de este pintor ―que en esencia es lo que es, y así lo prefiere― que transita creando nuevas series y no precisamente cerrando ciclos.
Mencionaba su grupo generacional pues, en efecto, el haber vivido entre dos mundos explica que en Niels y otros colegas haya un gusto por evocar la imaginería rusa o china; luego varios plantaron bandera en la escuela de Leipzig ―curioso que no se voltearan a los fantasmas del vanguardismo insular de la Escuela de La Habana―, y sería mucho más largo el inventario de influencias hasta que fueron estacionándose en sus estilos más singulares. La primera vez que visité su estudio hace algunos años, me afirmaba en calidad de voz o ideólogo generacional, que en unión de sus contemporáneos representaban “la primera generación coherentemente global”; a menudo acusados de no exponer “lo cubano” y sí lo pop, el manga, lo precolombino, los (neo)expresionismos…en actitud natural. Estoy seguro que una afirmación así muchos la ripostarían de inmediato. Ya sabemos que esa nueva pintura cubana de los 2000 ha tenido no poca discusión, defensores y enemigos, voces críticas en su momento y brillantes análisis a posteriori, varios bautizos para nombrarla y muchísima gente sigue sin entenderla.

La amnesia, rebatir la idea de que todo estaba hecho, el canibalismo sin complejos o esa habilidad para “fusilar” los referentes en un proceso altamente intelectualizado con la pintura, revelaban en Niels y sus colegas a los protagónicos de una reacción a lo colectivo a la vuelta del nuevo siglo y milenio, ubicándonos en el accionismo grupal de aquellos años en el Instituto Superior de Arte; o la voluntad de aposentarse de nuevo en la individualidad del discurso plástico-visual y, asimismo, en otra teoría, mucho más nutrida esta de la cocina del taller pictórico. En esto último, no es ocioso recordar que más allá de cualquiera de las asociaciones o atribuciones de los especialistas, solo al artista le es dado ese privilegio de hablar con su propio vocabulario y de un modo que termina escapándosenos a los que miramos desde fuera del proceso creativo. Siempre hay un “algo” intraducible, muy difícil de explicar y de entender, que es parte de ese misterio de siglos de la pintura y en ese instante todos los de afuera somos novatos.
De Niels en particular nos habíamos acostumbrado a ver sus retratos. Hizo centro de ellos a una generación de nuevo rostro, marcada tanto por una también nueva poesía como por el trauma; en tanto ya otros han comentado ―para seguir con lo de los estados mediales― que son casi siempre rostros adolescentes, o que son sujetos andróginos.

Por qué representaba esto o por qué hacerlo con esa ambigüedad podría ser interesante para estudiarlo todavía más. No dejaba de ser un documento muy revelador del paso de los tiempos, del cambio de muchas cosas y de la efectividad secular de la pintura para testimoniar la propia existencia. No dejaba de ser, además, una lupa por donde mirar un tipo de pintura con un trasfondo muy específico, que debe comprenderse no quedándonos solo en lo estético, ya que como siempre va a contextos, actitudes, posicionamientos, o a una ética diferente.
Mas, Universo indiferente ―al decir del propio artista― confirma una transición o viraje en su carrera, ya planteada en El toro por los cuernos, su muestra anterior en Galería Servando el año pasado.
La imagen de la niña citada al principio, que con la pereza habitual del cuerpo aún somnoliento amarra sus botas y el pelo se le voltea cubriéndole el rostro, es de un peso difícilmente disimulable y hay mucho en esa obra condensado en un perspicaz sistema de signos.
Estamos asistiendo al nacimiento y primeros pasos de una serie cuyo basamento estético es la relación con el lenguaje y todas las posibilidades brindadas por la autonomía del arte. No es nada nuevo en Niels, o nunca ha dejado de ser así. Rigoberto Otaño lo resumía tranquilamente a propósito del gesto con que Niels empezó a ‘meterle el cuerpo’ a sus cuadros: “Como una fuerza mágica, adictiva, la pintura comenzó a volverse su verdadera forma de expresión, esa otra voz con que enriquecía y le añadía dimensiones al lenguaje” (1). Y es que Niels nunca parece alejarse de “la cosa en sí”, otea su stock de posibilidades para generar un discurso propio. De hecho, pienso que dentro de sus contemporáneos ha sido de los más constantes en la práctica pictórica e inclusive el más fiel a los resortes del (neo)expresionismo con el que muchos de ellos empezaron a darse a conocer.


Pero a Niels, quien ya ha dicho que el qué representar siempre le ha resultado más difícil que cómo hacerlo, no le preocupa menos la cuestión del contenido, uno de los ítems en debate cuando se quiso cuestionar la propuesta de la llamada nueva pintura cubana de los 2000. Tal vez ha habido un desenfoque al querer mirar las cosas por separado (nos habituamos a una parcelación en ocasiones muy rígida entre forma y contenido) y, por demás, solemos olvidar que el artista habla ―opina, comenta, cuestiona…― con su propio lenguaje, de las mismas cosas que pueden ocupar a un economista o a un político o que nos preocupan en la vida cotidiana. Como no parece preocuparle menos ahora el contexto ―otro aspecto de aquella discusión en torno a su hornada―, pues Universo indiferente no puede ser más contextual. Ya antes Niels, junto a otros, había dado muestras de esa proyección hacia el contexto desde la “ingeniería” permitida al arte: recuérdese Marina 255. Confinamiento colectivo (2007), Información desplazada (2008), o cuando pensó Selección Natural (2005) o Hidden (2008).
También ha manifestado análogas inquietudes sin salirse del caballete. Muchos recordarán el niño consternado en Desde el muro, memorable cuadro de Niels de 2008. Ahora recupera parte de esa metodología de los “rostros de signos” y en menor medida el esquema de figura compleja/fondo complejo. En la mayoría de los casos de Universo indiferente los fondos complejos van cediendo a figuras en primer plano. Para ello le sirvió bastante su entrenamiento con el retrato. Pero ha depurado mucho más el lenguaje partiendo siempre del dibujo, hasta hacerlo más gráfico. El dibujo como base ―los nueve dibujos pequeños en la primera sala ameritan verse― marca el camino de la expresividad (imagino que por su origen villaclareño consumió de la verdadera “escuela” que en ello supone la revista Signos); y en esa meditación posterior satura el color hasta volverlo semejante al pop, va poblando las áreas de las figuras como un collage de símbolos y textos ―bien elocuentes y en su mayoría muy reconocibles para el espectador― de una barroca memoria cultural; mientras, líneas quebradas aquí y allá sugieren figuras y composiciones que parecen querer decirlo todo cual presagio funesto. Nótese las formas amenazantes ―acaso goyescas, ¿los caprichos?, ¿la razón que se adormece?― que invaden como murciélagos la figuración: representan formas peligrosas, dentadas, violentas, esperables en un artista distintivo por el golpe de violencia inoculado en su obra y por lo cual en la práctica neoexpresionista ―digo yo― siempre se sintiera tan cómodo.





Lo cierto es que nos deja la sensación de un tiempo y de un lugar en el que todo ha quedado suspendido, todo se hace viejo y lo impregna un aire indefinido que parece estar más allá del silencio, sumergido en el desaliño y en una brutal indiferencia. Los títulos constituyen un apoyo fundamental en la producción de sentido: Vivir bajo sospecha, Nuevas generaciones NG, De eso sí se habla,… pueden ser ejemplos de obras que reflexionan el contexto en coordenadas ideológicas y sociológicas. También Alturas de Nuevo Vedado, pongamos por caso, pudiera ser de las más poéticas ―a la par que compleja plásticamente―: tiene un acorde tranquilo, pero jamás respiramos la felicidad del tránsito de la espera de aquel Esperando a Carolina hace diez años. No obstante, en mi criterio, lo más interesante es la manera en que Universo indiferente testimonia un decaimiento de expectativas que a todo nivel venía anunciándosenos hace algún tiempo y el hecho es que ya Niels lo adelantaba en obras anteriores a esta serie. La crítica también supo verlo en su momento. Tal fue así que Rufo Caballero en sus palabras para la exposición Recarga en 2009, parece estar escribiéndonos en el presente e interrogándose delante de Universo indiferente: “¿Cuál fue el punto donde la historia nos abandonó? ¿Dónde ubicar ese momento en que el sujeto se sintió un buen día suspendido, desprovisto, a merced de un arbitrio que no era ni una ley universal ni una elección personal? ¿Cómo ubicarlo en ese devenir que insistimos en preservar como memoria, cuando todo parece indicar que persevera el olvido? ¿Cuándo, dónde fue que el individuo se descubrió un día sin asideros, sin muletas afectivas, sin creencias poderosas, sin fundamentos que alcanzasen a explicar los días?”. (2)
Quince años después, Niels Reyes Cadalso ha encauzado un formidable ejercicio con los llamados fundamentos de la forma. Pero quizás ya no habla de crisis, o la palabra se le antoja blanda o vieja. En cambio, con Universo indiferente, a mi modo de ver, propone un documento pictórico expresivo de un estado espiritual generalizado, un alegato del individuo ante el peso de cualquier autoritarismo. Un alegato que nos hacía falta, urdido más bien desde un tiempo en que ni parece que pulsean fuerzas en pugna, rendido a ese permanente estado de suspensión y somnolencia, ubicado en algún punto más allá de la historia.
NOTAS:
(1) Rigoberto Otaño: “Niels Reyes: El tiempo y el gesto”, en Niels Reyes. Rostros, Catálogo, NG Ediciones, 2017, p. 8.
(2) Rufo Caballero: «El voltaje de Niels vira La Habana al revés», en Recarga. Exposición personal de Niels Reyes, Catálogo, Galería Servando, La Habana, enero, 2009, p. 1.
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