VIAJAR POR LOS SENTIDOS: LA VIDA, EL ARTE, Y EL ARCHIVO DE RAFAEL SORIANO
Por Lydia Milhon
Me he interesado por la obra de Rafael Soriano (1920-2015) pues mi trabajo de investigación se centra en los legados del arte concreto en Cuba y Brasil y sus matizadas confrontaciones de raza e identidad. Soriano fue miembro de Los Diez Pintores Concretos, el primer grupo de artistas cubanos que se presentaron juntos en la Galería Color-Luz del Vedado en noviembre de 1959, antes de disolverse en 1961. Me inspira especialmente la pluralidad semántica de la abstracción geométrica. Al encarnar anteriores prácticas artísticas y políticas de formas nacionales e internacionales, los artistas concretos de la década de 1950, como Soriano, trabajaban en contextos específicos de Cuba y aún formaban parte de intercambios transnacionales.

Mis experiencias en la Fundación Rafael Soriano confirmaron y complicaron varias cuestiones de mi investigación. Dada la íntima amistad y colaboración de Soriano con artistas afrocubanos como Roberto Diago y Agustín Cárdenas, las genealogías del arte concreto experimental deberían considerar estas redes de producción e interacción artísticas. Además, al observar la evolución de la obra de Soriano de la experimentación geométrica a la mística a partir de su exilio en 1962, este artista vuelve a trazar el potencial semántico, transnacional y político del concretismo. Junto al análisis de Alejandro Anreus sobre la versatilidad discursiva y material de las pinturas de Soriano, Elizabeth Thompson Goizueta sugiere:
“Esta fluidez, además de suscitar una reacción emocional, invita al espectador a discernir significados complejos. Mediante este uso de la luminosidad onírica, [un término utilizado también por Ricardo Pau-Llosa para describir la poética de la obra de Soriano], Soriano sugiere múltiples influencias, tanto una raigambre en América Latina como un empeño de universalidad” (Soriano 17). La evolución del arte concreto de Soriano es transnacional y diaspórica al tiempo que señala “una estética artística reflejo de una cosmología peculiar de América Latina.” (18).
En consecuencia, Rafael Soriano es una figura clave para el estudio de los marcos de concretismo a través de la región, ya que su obra reitera las capacidades multimateriales y metacomunicativas del arte concreto.

Antes de profundizar en el increíble legado de Rafael Soriano y mis experiencias en su fundación en Miami, Florida, es esencial reconocer a las personas, los lugares y las relaciones que han contribuido y siguen contribuyendo a este viaje formativo. Desde 2018, la Dra. Linda Howe de la Universidad de Wake Forest y la crítica de arte cubana, Elvia Rosa Castro, han guiado mis colaboraciones dentro de Cuba, así como el apoyo actual de mis mentores en el Departamento de Español y Portugués de UC Berkeley y la Iniciativa Académica de UC Cuba. En el verano de 2024, visité El Apartamento, una galería de arte en el barrio del Vedado, donde me reuní con el curador principal y crítico de arte Jorge Peré para hablar sobre la producción de arte cubano contemporáneo y las historias de las artes plásticas en toda la isla.
Un espacio reconocido internacionalmente, El Apartamento transforma a los espectadores en participantes. La intimidad del espacio ofrece obras de arte que invitan a la reflexión, incitan a la experiencia sensorial y destacan la heterogeneidad y la maestría de la creación artística cubana. Durante nuestras conversaciones, Peré mencionó al prestigioso historiador del arte cubano Roberto Cobas y más tarde nos puso en contacto. A través de mis conversaciones con Cobas conocí a Hortensia Soriano, hija de Rafael Soriano y directora de la Fundación Rafael Soriano. De este modo, mi experiencia en el estudio de la obra de Soriano tiene sus raíces en la interconectividad y en las personas, que suelen borrarse o ignorarse en la investigación de archivos. Dado que estas conexiones entrelazadas hicieron posible llegar a la fundación en Miami, las relaciones y la empatía no deberían quedar fuera del archivo, sino que deberían reconfigurar la interacción archivística como intercambios vivos y vividos entre seres, geografías y narrativas.
Al conocer a Hortensia Soriano, su compasión y humildad me llamaron la atención mientras aprendía sobre la historia de su familia y la misión de la fundación. Junto con Lisa Faquin, miembro de la Junta Directiva de Soriano, me acogieron durante una semana de estudios en la que viví junto a la casa y el taller originales de Soriano en Miami, Florida. Con diversas conexiones con colecciones, museos, académicos, artistas y universidades, la Fundación Rafael Soriano es una organización interdisciplinaria que contribuye no sólo a Soriano y su obra, sino al legado de la producción cultural cubana y a la visibilidad de los artistas y comunidades diaspóricos. A través de la cortesía de Hortensia y la inmersión en el taller de su padre, la Fundación Rafael Soriano trae una dinámica innatamente visceral y humana a la investigación. Parte de este intercambio incluye la lectura de los detallados mensajes dejados por otros investigadores que visitaron el archivo. Al leer las reflexiones de visitantes anteriores en el libro de visitas y sus artículos publicados sobre la obra de Soriano que se guardan en la fundación, me he sentido formando parte activa de este archivo en lugar de limitarme a diseccionar documentos. Gracias a las personas de esta iniciativa y a su admiración por la familia y la historia, los archivos de Soriano son sensibles. Esta experiencia trascendió generaciones y fronteras al fusionar las temporalidades del pasado, el presente y el futuro y abrir dimensiones espirituales. Otra capa única es que trabajé en el mismo espacio con algunos de los mismos materiales que en su día utilizó el propio artista y otros académicos a los que admiro, como Cobas y Abigail McEwen. Sin duda, la dimensionalidad trascendental y la discursividad de la obra de Soriano seguirán revelándose en futuras interacciones con estos espacios y personas.

En la génesis artística de Soriano está presente su adoración por el arte, la familia, los amigos y la espiritualidad. A lo largo de décadas de entrevistas, Soriano destaca continuamente también el papel de su mujer, Milagros, y de su hija, Hortensia. Tras formarse con figuras como Juan José Sicre en escultura y Leopoldo Romañach en pintura, Soriano priorizó las relaciones con sus instructores y compañeros durante toda su trayectoria como artista. Al graduarse con tres títulos en pintura, escultura y dibujo en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, Soriano se convirtió en cofundador de la Escuela de Bellas Artes de Matanzas junto a José Felipe Núñez Booth y Manuel Rodulfo Tardo, e inmediatamente propuso a su amigo Roberto Diago un puesto en la facultad. En los años siguientes de 1953 en la Galería de Matanzas, Soriano expone junto a Roberto Diago, Rodulfo Tardo y Nuñez Booth en 2 Pintores 2 Escultores. Combinando pintura y escultura de nuevo en 1955, Soriano y Cárdenas presentan sus obras en el Palacio de Bellas Artes de La Habana, donde se muestran sus obras concretas como Paisaje (1953) y Luciérnaga (1955). Sin menoscabo de su innegable maestría y distinción dentro del arte cubano, el arte de Soriano está impulsado por la conexión y la comunicación a lo largo de su carrera dedicada a trabajar con estudiantes y colegas. En su pintura hace que los mundos circundantes, las relaciones y los sentimientos no sólo sean accesibles, sino también más sensibles. Su obra presenta códigos visuales kinestésicos que van más allá de la bidimensionalidad o la tridimensionalidad y buscan algo más corpóreo, relacionable y metacomunicativo.
La multidimensionalidad material y semántica de su obra comunica complejos estadios de experiencias humanas, interpersonales y espirituales. Partiendo de la abstracción geométrica, la pintura de Soriano encarna una poética material de accesibilidad sensorial que amplía el diálogo y la interacción. La pluralidad visual, auditiva y material de la obra de Soriano busca reflejar las especificidades insulares de la experiencia y la cultura cubanas, al tiempo que teje redes transnacionales de relación.

Diversos autores han destacado la poética de la obra de Soriano, como Alejandro Anreus, Elizabeth Thompson Goizueta, Roberto Cobas Amate, Ricardo Pau-Llosa y Juana Rosa Pita. Incluso la famosa poeta y amiga cercana de Soriano, la matancera Carilda Oliver Labra, escribió sobre su obra en la revista local Galería de artistas en 1951. Ella detalla la trascendencia de su obra, ya que sus planos visuales se extienden más allá de las limitaciones materiales y espirituales de nuestras realidades terrenales y de nuestra imaginación. En particular, Pau-Llosa describe las infinitas resonancias sensoriales y la estética cerebral de la abstracción geométrica de Soriano como “su subyacente sensibilidad hacia el espacio, la distancia y el balance” (Pau-Llosa 182). Esta espacialidad y conciencia pueden identificarse en su “Luminismo Onírico” que se manifiesta en la reconfiguración de la relación entre la solidez y el vacío, la luz y la oscuridad, el cuerpo y el terreno” (183). Del mismo modo, Juana Rosa Pita afirma que la pintura de Soriano es poesía basada en la capacidad de sus imágenes para manejar la sensibilidad de espectadores de diferentes temporalidades, lugares y perspectivas (Pita 177).[1] Estos análisis del arte de Soriano como poesía reiteran la pluralidad discursiva de la experimentación concreta que aún resuena en los giros etéreos y místicos de su obra en el exilio.

Históricamente, estudios han subrayado los vínculos entre la pintura concreta y la poesía, en particular con sus iteraciones compartidas de abstracción geométrica. Sin embargo, la cuestión de la sonoridad se ha referido sobre todo a las consideraciones de la poesía concreta con la práctica experimental de lo verbivocovisual.[2] Igualmente, los paisajes sonoros de las pinturas de Soriano no han sido un punto central de discusión, mientras que, al conversar con Hortensia y observar el espacio del estudio de su padre, queda claro que la música es un componente integral de la praxis de Soriano. Ordenados en su estudio y en el salón, los armarios de la casa de Soriano están repletos de CD. Una mezcla ecléctica de sinfonías, electrónica, ritmos afro, son cubano, jazz, tango, cumbia y bachata, la heterogeneidad musical de Soriano reverbera en los enredos materiales y temáticos de sus cuadros. Además, Pita confirma la rutina de Soriano de escuchar música mientras pinta, y explica por qué en su obra el espectador no ve “cosas, sino reminiscencias, magnetismo, hechizos, armonía, presencias. Más que plasmar la vida, [Soriano] revela y celebra las transmutaciones, afinidades, conjunciones y relaciones que la cumplen y la trascienden” (Pita 178). Reconstruida a través de las historias orales y los recuerdos de su hogar, su familia y sus compañeros, incluidas las trazas materiales de sus bandas sonoras, la sonoridad soriana o la sonoridad de la pintura de Soriano da cuenta de la hibridez sensorial y semántica de su obra, que replantea las genealogías del arte concreto.

Al enfatizar la interseccionalidad de culturas, técnicas y artes, la práctica concreta de Soriano demuestra la fluidez de lo concreto y subraya intersecciones que antes se pasaban por alto, como las influencias del sonido y la diáspora en las Américas, específicamente del Caribe. En particular, acentúa la materialidad sonora de la pintura concreta como praxis metacomunicativa a través de los sentidos y la producción material. Aunque Músicos tocando un órgano (1949) es un ejemplo más evidente de la musicalidad de los lienzos de Soriano que se presentó en su exposición individual de 1950 en La Caseta de Educación del Parque Central de La Habana, su práctica visual se basa en la colectividad de los sentidos, que puede percibirse en su abstracción geométrica y su experimentación mística, como se observa en Músico (1969). Como un vinilo que gira o un casete que se enrolla, hay una continuidad de estructura y sensibilidad que gira a lo largo de la pintura de Soriano. La fluidez y rigidez simultáneas de una pintura concreta que materializa pluralidades visuales y semánticas sólo puede lograrse mediante una praxis multisensorial como la de Soriano. A pesar de los intentos de limitar la forma concreta a una especificidad visual que atrapa la imagen dentro de una estética confinada, la movilidad semántica de la abstracción geométrica yuxtapone esta aparente fijeza y funde una fluidez discursiva. Complicando los binarios de género, frontera e identidad, Soriano visualiza una conciencia universal y heterogénea que da forma al discurso a través de nuestras interacciones con las resonancias de la imagen. Sin duda, la obra de Soriano proporciona intersecciones fundamentales de concretismo dentro de las rutas transnacionales de producción visual y literaria.

[1] Publicado en la edición de Pau-Llosa de Rafael Soriano y la poética de la luz, Juana Rosa Pita escribe un artículo, “Rafael Soriano: Su pintura es poesía” (Pita 177-181).
[2] Puede consultarse el manifiesto “plano-pilôto” (1958) escrito por los poetas concretos del Grupo Noigandres de São Paulo, Brasil; Augusto de Campos, Haroldo de Campos y Décio Pignatari. El Centro Internacional de las Artes de las Américas del Museo de Bellas Artes de Houston tiene una versión digital y bilingüe.
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